Nuestros hijos no deberían crecer atrapados en una pantalla

EDITORIAL

Durante años aceptamos las redes sociales como una parte inevitable de la vida moderna. Primero llegaron como una forma divertida de mantenernos comunicados. Después se convirtieron en una herramienta para compartir fotografías, noticias y experiencias. Hoy ocupan horas de nuestra vida y, lo más preocupante, también de la vida de nuestros hijos.

El problema ya no puede reducirse a decir que los jóvenes utilizan demasiado el teléfono. Las recientes demandas contra algunas de las compañías tecnológicas más poderosas del mundo han colocado sobre la mesa una pregunta mucho más seria: ¿qué responsabilidad tienen las empresas que diseñan plataformas específicamente para conseguir que sus usuarios regresen una y otra vez?

Cuando hablamos de adultos, podemos discutir hasta dónde llega la responsabilidad personal.
Pero cuando hablamos de niños, la situación cambia.
Un niño no posee la misma capacidad que un adulto para reconocer cuándo una herramienta está manipulando su atención. Tampoco comprende completamente cómo los algoritmos aprenden sus gustos, cómo las notificaciones buscan hacerlo regresar o por qué siempre aparece otro video precisamente cuando estaba dispuesto a cerrar la aplicación.

Detrás de esa pantalla existe una tecnología extraordinariamente sofisticada.
Y nuestros hijos están compitiendo contra ella.
Esto no significa que las redes sociales sean completamente malas. Sería absurdo ignorar sus beneficios. Permiten comunicarnos, aprender, descubrir nuevas ideas y mantener relaciones a grandes distancias. Para muchos jóvenes incluso representan espacios donde encuentran personas con intereses similares y sienten que pertenecen a una comunidad.

El problema comienza cuando una herramienta deja de complementar la vida y empieza a reemplazarla.
Cuando reemplaza horas de sueño.
Cuando reemplaza el deporte.
Cuando reemplaza conversaciones familiares.
Cuando reemplaza amistades personales.

Cuando un adolescente comienza a medir su valor por el número de seguidores, comentarios o  “me gusta” que recibe, debemos preguntarnos qué estamos permitiendo que determine su autoestima.
Las demandas y acuerdos multimillonarios que estamos viendo representan una señal importante.
Los gobiernos finalmente están cuestionando si es razonable permitir que las mismas estrategias utilizadas para maximizar la atención de adultos sean aplicadas prácticamente sin límites sobre menores.

Pero tampoco podemos entregar toda la responsabilidad a los tribunales.
Los padres seguimos siendo la primera línea de protección.
Debemos conocer qué aplicaciones utilizan nuestros hijos. Tenemos que establecer límites de tiempo, proteger las horas de sueño y crear momentos donde el teléfono simplemente no participe. Debemos hablar con ellos sobre lo que ven, enseñarles que una fotografía perfecta puede ser completamente artificial y recordarles que la popularidad digital no determina el valor de una persona.

Y quizás existe algo todavía más difícil: debemos dar el ejemplo.
No podemos pedirles que guarden el teléfono durante la cena mientras nosotros contestamos mensajes. No podemos decirles que disfruten el mundo real si constantemente nos ven mirando una pantalla.

Las compañías tecnológicas también tienen una enorme responsabilidad. Si poseen algoritmos capaces de conocer exactamente qué mantiene a un niño mirando durante horas, también poseen la capacidad tecnológica para crear límites efectivos, controles parentales sencillos y protecciones verdaderamente diseñadas pensando primero en el bienestar del menor.

La tecnología seguirá avanzando. Nuestros hijos crecerán rodeados de herramientas digitales mucho más poderosas que las actuales. Intentar detener ese proceso sería imposible.

Nuestra obligación es asegurarnos de que aprendan a controlar la tecnología antes de que la tecnología aprenda a controlarlos.
Porque una infancia solamente ocurre una vez.
Los años que deberían estar llenos de conversaciones, deportes, juegos, descubrimientos, errores, amistades y experiencias no deberían terminar reducidos a incontables horas deslizando un dedo sobre una pantalla.
Las redes sociales pueden formar parte de la vida de nuestros hijos.
Lo que nunca deberíamos permitir es que se conviertan en su vida.

Redes sociales bajo juicio: el costo que están pagando los niños

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