
Por Fernando Campos
IMPACTO
Conocimos a la fascinante Yma Sumac en 1968, cuando vino a Nueva York por un par de semanas para presentarse en el Chateau Madrid, en aquel entonces el cabaret hispano más elegante de la “Ciudad de los Rascacielos.”
Y luego de entrevistarla para la revista Temas, la bella artista peruana de imagen exótica e increíble voz nos brindó una amistad que realmente no esperábamos, y con ella compartimos momentos que nunca olvidaremos con Marlene Tovar, José Bovantes — y otros tantos de mi círculo de amistades.
En los años 50, cuando cobraba fuerza la “leyenda Sumac,” se desató una absurda conjetura de que la legendaria artista había nacido en Brooklyn, y no en las cumbres andinas, en la aldea de Ichocán, donde fue bautizada con el nombre de Zoila Augusta Emperatriz Chavarri del Castillo. Pero su reacción era tajante: “Por nada en el mundo voy a hablar de esas cosas que tanto se han repetido.”
“Yo me diferencio por completo de otras artistas, en que respeto mucho mi vida privada. No es que tenga nada en contra de la prensa; pero tiene que comprender que todo lo exageraron demasiado, demasiado...”
“Puede decir que soy una mujer de temperamento, no de escándalos, que no hablo mal de nadie, que me encanta la naturaleza. Pero nada que se preste a malas interpretaciones.”
Sin embargo, las historias contradictorias de los agentes de prensa, las que el mismo público fabricó para sublimarla, jugaron un papel importantísimo en establecerla, en hacer de ella una figura enigmática, única, que también se podía dar el lujo de ser dueña de una voz excepcional y de un estilo interpretativo casi indefinible, cuya influencia se dejó sentir hasta en la “nueva ola.”
El primer paso profesional de Yma Sumac fue en 1942, a raíz de casarse con el compositor Moisés Vivanco, con quien grabó una serie de discos para el sello Odeón. Pero la fama internacional le vino cuando en 1950 firmó contrato con Capitol Records, que sería un preludio a su presentación en Broadway en la obra musical “Flahooley,” y sus exitosas giras por toda Europa, Asia y Latinoamérica.
Cuando la Sumac murió en un centro geriático en Los Ángeles, California, se estimaba que que había cumplido 86 años. Pero como casi todo alrededor de su vida y de su profesión, hasta su edad estaba encubierta por un manto de misterio.



























