El teatro del fin del mundo presenta: Esperando la vacuna

 

Acto I. Las falsas esperanzas

Las falsas esperanzas son mejor que el amargo plato de la realidad, sobre todo en tiempos de insensatez y de amargura.

La pandemia es global y su solución es global. Y cuando comparamos los medios de que disponemos para ponerle fin con la realidad de la población global la verdad resulta amarga.

En la visión apocalíptica de un escenario paralelo, el agua, escasa debido al calentamiento del planeta, se ve como un elemento de supervivencia por el cual se producirán guerras. Más que los alimentos, será el agua, más que el petróleo, será el agua por la que se combata.

Por un vaso de agua se levantarán los vecinos unos contra otros, se violarán las puertas que protegen las casas, se arrancarán los vasos de las manos de los más pobres, el caos invadirá el vecindario.

Visión de un libreto mil veces repetido, pero nunca agotado puesto que siempre, en esa visión de fin de mundo, al final aparecerá un héroe y triunfará la esperanza sobre el amargo trago de la realidad, el agua se volverá cristalina y abundante y correrá por los labios de la población mientras cae el telón de la irrealidad sobre el escenario.

Acto II. Donde el hambre y la pobreza entran a escena

En la tragedia de la pandemia el trabajo representa el agua de los pueblos, el que alivia el dolor, permite reunirse alrededor de un plato de lentejas, ayuda a crecer y desarrollarse a los niños, pero los que detentan el poder cerraron el grifo y en el tablado de la amarga realidad millones de sin trabajo esperan esperanzados por un respiro, por lo que el plato de las esperanzas falsas es mejor que al amargo plato de la realidad.

Pero ello a nadie le importa, al menos no a los personajes que pueden abrir de una pequeña vuelta el grifo del mundo del trabajo, o de la ayuda, al mundo de los sin trabajo.

Y esta parte del libreto es invadida por las imágenes semiborrosas de la gran crisis que nos muestran el vagar de las familias llevadas por la esperanza de obtener un trabajo. Esas imágenes en blanco y negro donde al final lo único que brilla es la mirada de esperanza de una abuela y las manos agarrotadas sobre el volante de quien conduce el camión de la esperanza loca sobre el accidentado camino de la realidad.

En otra escena, la de la danza de la realidad, millones son infectados sin saber dónde, cómo, cuándo, y cientos de miles mueren preguntándose por qué el cielo les castiga.

A la escena del hambre se suma la de la enfermedad: cuerpos temblando en las camas de los hospitales –cuando tienen la suerte de tener acceso a una cama en un hospital– esperando que la muerte se detenga en la cama de al lado, o que saltándose la suya se detenga en la del paciente siguiente, amargo libreto en el cual el humano rostro de la esperanza se cubre con la máscara del inhumano rostro del egoísmo: tú mueres, yo me salvo, ese yo primero en los naufragios.

Pero esta obra tiene un defecto, no levanta el ánimo, y en tiempos de la desesperanza necesitamos un respiro, un libreto en que la esperanza triunfe sobre la realidad, una escenografía de cartón piedra que nos obnubile y no nos haga buscar una nueva forma de relacionarnos con el mundo, un libreto que nos haga aceptar y agradecer la tacañería del sistema, la doble cara de quienes manejan los cordones de la bolsa de las esperanzas locas.
El espectador pide una comedia en lugar de una tragedia.

Acto III. El camino de la esperanza

En el siguiente acto la esperanza se oculta en la ciencia.

Una vacuna, una vacuna salvará el planeta, y el escenario de la pandemia así iluminado brilló en los países desarrollados, la nueva escena incluso proyectó un halo de esperanza en los oscuros escenarios de los países subdesarrollados. A lomo de mula o de camello la nueva obra llegó a todos los rincones del mundo, incluso a aquellos en que el teatro y el cine de fin de mundo llegaban por primera vez.

Como en todo libreto de este tipo, se le ocultó al público la amarga realidad.
El crítico lo dijo, los espectadores lo sospechamos: la esperanza es elitista, no alcanzará para todos, mientras la vacuna no llegue a la mayoría no habrá un final feliz, la vacuna puede ser el agua del primer acto. Pero a nadie le importó.

Pasará mucho tiempo antes de que se llegue a paliar la triste realidad de tantos, de esa mayoría que somos espectadores en esta obra de falsas esperanzas.

La obra cierra con un final abierto, no hay moraleja, no hay conclusión, el destino nos espera.

Pero como es teatro moderno, la obra abre las puertas al entendimiento y en medio de la locura de la pandemia buscamos comprender con el anhelo de derrotar al destino.

Mientras tanto, la espera por un frasquito de esperanza de vida continuará vagando por los caminos de la amarga realidad en esta obra de fin de mundo en la que tal vez podamos cambiar el final dado que en ella todos somos actores.

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