
Brocados, sedas, lanas ligeras, lino y algodón son los materiales con los que María Álvarez-Gallegos hace "justicia" histórica sobre la presencia española en Estados Unidos, donde Pedro Menéndez de Avilés fundó la que hoy es la ciudad más antigua del país, San Agustín.
De origen español, Álvarez-Gallegos cose buena parte de los trajes y piezas con los que decenas de personas de la llamada Milicia Histórica de Florida (HFM, por su nombre en inglés), recrean mensualmente la vida civil y militar en San Agustín durante siglos.
En su opinión, las ropas "tipifican" a los españoles de entonces, dan una imagen sobre cómo eran y "transmiten exactamente" la importancia de su presencia en EE.UU.
Junto a ella participa en estas recreaciones su esposo, Robert Álvarez, cuyos antepasados procedían de Asturias y es uno de los directivos de ese grupo de amantes de la historia local.
Sin saber nada de este pasado, el matrimonio se mudó en 2010 desde Nueva Jersey a la ciudad fundada en 1565 por el español Menéndez de Avilés, quien tenía entre su tripulación precisamente a un Álvarez y un Gallegos cuando llegó a la costa floridiana.
Quizás era casualidad, pero lo que es real, comenta Robert, fue la "conexión" que les une desde entonces al país de sus bisabuelos y se sumaron a las representaciones históricas en las que interactúan con turistas y locales para explicarles la historia de la ciudad.
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Y en esa iniciativa didáctica la ropa juega un papel fundamental, dice Álvarez-Gallegos, que explica que pronto se dio cuenta de que algo había erróneo en las ropas de las mujeres: "Todas vestían iguales y de manera elegante, cuando los primeros habitantes de San Agustín eran humildes".
Se puso entonces a estudiar y se percató de que las vestimentas que, sobre todo, ellas usaban no estaban "ajustadas a la historia", pues eran de origen inglés, nada que ver con los colores y estilos de la época colonial española.
La reacción de sus compañeros en las recreaciones fue de sorpresa cuando Álvarez-Gallegos explicó un hallazgo que alejaba la imagen de los trajes femeninos que les habían enseñado en la escuela.
"Los libros de historia los escriben los ganadores, y ganaron los ingleses", indica Álvarez-Gallegos, para rematar que con el esfuerzo de la HFM están logrando que la historia sea más "un poco más justa" con los españoles.
Buen ejemplo de ello son dos documentales que se emitieron en EE.UU. sobre el papel de los españoles en el nacimiento del país y la relevancia que entonces tenía San Agustín.
Los productores del documental pidieron ayuda a María para que coordinase el vestuario de las decenas de personas que participaron en las recreaciones de los momentos claves de la historia de la ciudad.
Su reputación se debe a años de investigación y trabajo sobre la ropa que los descubridores y colonizadores españoles vestían desde el descubrimiento de Florida, en 1513 por Juan Ponce de León, hasta mediados del siglo XVIII.
Una vez define el diseño, ya sean único o una reproducción fiel al original, Álvarez-Gallegos busca las telas y accesorios en grandes almacenes de tejidos o a través de internet, por donde contacta a personas y empresas que le mandan botones, por ejemplo, desde Rusia o China.
Otros botones, estos de tela, los hace ella a mano, al igual que la confección final de los trajes, que le puede llevar cada uno hasta seis semanas. La clave está, dice, en las semanas que le toma el encontrar los complementos adecuados.
Uno de los más elaborados fue un vestido inspirado en uno con el que fue retratada en el siglo XVI Isabel Clara Eugenia, una de las hijas del rey Felipe II, y que solo cada manga le supuso una semana de trabajo.
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La calidad de los materiales es una de sus principales preocupaciones y en el caso de las lanas, para comprobar su autenticidad quema un pequeño pedazo.
Si se quema, es real, y si no es así, se derrite, lo que es un peligro para los actores cuando disparan sus armas de fuego con pólvora negra, que también consiguen por internet.
En San Agustín, hay varias tiendas de ropa y accesorios pero ella presume de ser la única en hacerlos a medida y a un precio que puede ir desde los 300 dólares los más baratos, las sencillas ropas de las lugareñas, hasta los 1.500 o 2.000 de los trajes de gala de los hombres.
Su esposo no duda en que hay una conexión entre lo que uno viste y lo que uno siente, lo que sumado a su sangre asturiana, le lleva a pensar que estaban predestinados a contribuir con la transmisión de la herencia española en Estados Unidos y modificar, aunque sea en una pequeña parte, los libros de historia. EFE



























