
Con un libro interesante y provocativo de la ya reconocida dramaturga neorriqueña Carmen Rivera, Teatro Círculo de Nueva York presentó una importante y cuidada producción de los últimos años del dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo.
La obra narra los acontecimientos más prominentes extraídos del dominio público, trayendo a los personajes del entorno del dictador en primera plana y usando la ficción para sintetizar conceptos que quiso remarcar.

Su voz suena evidentemente con una marcada tendencia de las impresiones que Trujillo generó en el medio norteamericano.
Al dictador se lo ve firmísimo en sus tareas de despotismo, implacable con sus contrarios, inseguro hasta dudar de los seres más cercanos y ya en el final con visos inquietantes y vislumbrándolo todo.
El tratamiento a la esposa del dictador es de una mujer de grandes empresas; muy distinta a la típica sumisión y obediencia de la proverbial mujer hispana.
Doña María es dispuesta, sagaz, capaz de llevar a cabo grandes empresas comerciales y financieras y velar muy cuidadosamente por su familia.

Es precavida y astuta, al punto de usar los mismos subterfugios de su marido para velar sus pasos y descubrirle sus andanzas románticas fuera del hogar.
Al eterno lugarteniente del Generalísimo, el entonces vicepresidente Joaquín Balaguer, se lo pinta cuidadoso de sus pasos y palabras y protector a todo dar del poder dominicano, a tal punto que cuando el dictador cae.
Él sabiamente hereda por peso propio todo el poder, salvando a la República Dominicana del consabido caos después de toda tiranía: la anarquía.

Carmen Rivera creó el personaje del diplomático estadounidense como la voz de la cordura.
Para cada desmán que perpetraba la dictadura, este personaje se las arreglaba para pedirle explicaciones al dictador, quien con sagacidad de felino se deslizaba para obrar a su antojo sin pensar que había sido puesto allí para guardar un orden continental para los grandes intereses del hemisferio.
También el texto tiene connotaciones estratégicas, usando el usted y el tú con que el diplomático trata al generalísimo para insinuar esa dualidad con que Estados Unidos manejaba su política en los años 50 y 60, cuando Fidel Castro le estaba cambiando las fichas al ajedrez político del Caribe hispano.
José (Cheo) Oliveras lo pintó a Trujillo en toda la gama de composturas que la opinión pública ya tiene fijadas.
El actor logra esa magia de agrandarse en escena y nunca flaquear ni siquiera frente a los encantos femeninos que tanto le atraían.
Oliveras juega con mucha astucia entre la firmeza y la desconfianza para encarnar al más despótico de los dictadores del hemisferio, usando recursos actorales sumamente subjetivos para evitar la sobreactuación.

Adriana Sananes nos pinta a la esposa de Trujillo con pinceladas del afán con que una primera dama lucha en convivir un poder que no ha buscado y que ella ejerce, sin herirse por los desmanes de su consorte.
En el personaje súper medido de Joaquín Balaguer, Fermín Suarez acude a su gran histrionismo para jugar con una intensidad especial esa medida con que Balaguer se escudaba para continuar velando por el poder entre bastidores.
La historia confirma su triunfo cuando registra al vicepresidente convertido en el caudillo que conservaría el balance político de ese país, preparándolo así para una democracia que –aunque con algunos desaciertos—es un ejemplo que ha perdurado hasta nuestros días. Iván Camilo en el personaje del esbirro visual de esta gran dictadura, Johnny Abbes, tiene momentos de firmeza muy bien logrados.
No nos impresionó para nada el tratamiento que se le dio a Jesús de Galíndez, mostrándolo como un despojo humano, siendo que fuera una personalidad admirada por su magnífica pluma y presencia en todo el mundo de habla española.

Otro personaje que no se le dio la importancia debida en la obra fue a Porfirio Rubirosa, una estampa que irradiaba seguridad sabiendo ubicar su dominicanidad tanto en los medios sociales y deportivos como en las altas esferas del quehacer político: un promotor de su país.
Se lo mostró sumiso y algo servil, impresiones que jamás le llegaron a la conciencia colectiva.
Johary Ramos mostró una gran fuerza para perpetrar las tareas desagradables del despotismo pero no tuvo material para hacer brillar su Rubirosa.
El Paco Escribano de Marco Antonio Rodríguez fue muy caricaturesco; sólo en sus apariciones finales logramos ver el fin de este personaje de representar al consabido coro del teatro clásico del Mediterráneo.
La participación de la talentosa Eva Cristina Vásquez fue real y emotiva en el personaje de “la amiga y amante” del dictador en un momento en que éste intuía su fin y necesitaba tanto un desahogo emocional y físico.

La dirección de Cádido Tirado logró actuaciones buenas en la persona del dictador, su esposa, y sus allegados, pero como dijimos más arriba, le faltó cierto control de excesos y le restó importancia a dos figuras muy relevantes en la obra, el gran pensador Jesús de Galíndez y la preponderante figura de Porfirio Rubirosa, que tuvieron mucho peso en esa época.
El manejo de la acción también tuvo logros al evitar que Trujillo se viera de pie ante Balaguer; los actores contrastaban en las alturas reales de ambos personajes.
El ritmo de la obra fue ágil, contribuyendo muy bien a recrear los hechos.
La fuerza teatral usada para recrear momentos muy cruentos de la dictadura y el uso del escenario de este teatro arena se manejaron muy bien, haciendo buen uso de la proyección circular que brinda este tipo de instalación teatral.
En síntesis, su dirección le faltó el punto de vista dominicano.
El vestuario fue acertado para los personajes principales.
Las luces y los efectos de sonido estuvieron a la altura de esta gran producción de Teatro Círculo, que cumple 20 años de fecunda labor teatral en el Teatro en Español (TeE) de Nueva York.


























