Nuestra herencia también se cocina

EDITORIAL

Cada año, durante el Mes de la Herencia Hispana, hablamos con orgullo de nuestras raíces, de nuestros artistas, de quienes abrieron caminos y de las contribuciones de millones de latinos a Estados Unidos. Recordamos nombres, fechas y grandes acontecimientos. Pero nuestra herencia también vive en lugares mucho más cotidianos.

A veces está en una cocina, en una olla sobre la estufa o en una receta que ha pasado de una generación a otra. La comida tiene una capacidad extraordinaria para conservar la memoria.

Quienes hemos vivido lejos del país donde nacimos sabemos que existen sabores capaces de transportarnos instantáneamente. Basta un aroma para recordar la casa de nuestros abuelos, una Navidad de la infancia, un domingo familiar o aquella comida que nuestra madre preparaba sin consultar jamás una receta.

Y esa experiencia se repite de México a Argentina y del Caribe a Centroamérica. Una arepa puede significar Venezuela o Colombia. Una pupusa puede traer El Salvador a una mesa en Nueva York. El mangú nos lleva a República Dominicana; el mofongo, a Puerto Rico. Los tamales pueden despertar recuerdos completamente diferentes para un mexicano, un guatemalteco o un salvadoreño.

El ceviche, las empanadas, el arroz con pollo o un asado también cuentan historias que comenzaron mucho antes de que nosotros llegáramos. Lo hermoso es que esas historias cruzaron fronteras con nosotros.

Millones de inmigrantes llegaron a Estados Unidos con pocas pertenencias, pero trajeron algo imposible de confiscar en una aduana: sus costumbres. Trajeron maneras de hablar, música, creencias, celebraciones y recetas. Con el tiempo, esas recetas también comenzaron a cambiar.

Tal vez el ingrediente que utilizaba la abuela no se encontraba fácilmente y hubo que sustituirlo. Quizás los hijos aprendieron la receta, pero añadieron algo diferente. Los nietos, nacidos aquí, posiblemente hablan más inglés que español, pero saben perfectamente qué plato tiene que estar sobre la mesa en Navidad. ¿Eso hace que nuestra cultura desaparezca?

Creo que ocurre precisamente lo contrario.
La cultura nunca ha sido algo inmóvil. Cada generación recibe una herencia, la interpreta y después entrega una nueva versión a quienes vienen detrás. Eso también es ser latino en Estados Unidos.

Nuestros hijos pueden sentirse profundamente estadounidenses y al mismo tiempo emocionarse cuando prueban algo que les recuerda a su familia. Pueden escuchar música en inglés durante todo el día y saber exactamente cómo debe saber el arroz de su mamá.

Pueden haber nacido a miles de kilómetros del pueblo de sus abuelos y aun así sentir que una pequeña parte de ese lugar también les pertenece.

La mesa se convierte entonces en un puente entre generaciones.
También es un puente entre culturas.
Durante décadas, pequeños restaurantes, panaderías, cafeterías, mercados y vendedores ambulantes latinos fueron introduciendo nuestros sabores en los barrios estadounidenses.

Muchos comenzaron atendiendo principalmente a sus propias comunidades. Hoy personas de prácticamente todos los orígenes comen tacos, empanadas, guacamole, ceviche y muchas otras preparaciones que alguna vez fueron desconocidas fuera de nuestras comunidades. Esa también es una contribución.

Cuando compartimos nuestra comida, compartimos una parte de nuestra historia. Por eso este Mes de la Herencia Hispana debería ser algo más que banderas, festivales y mensajes de celebración. Es también una oportunidad para preguntarnos qué estamos haciendo para que nuestras historias continúen.

Quizás podamos comenzar de una manera muy sencilla.
Preguntándole a mamá cómo prepara aquel plato que siempre nos ha gustado.
Sentándonos con la abuela y escribiendo esa receta que ella todavía mide con “un poquito”, “un puñito” y “un chorrito”. Invitando a nuestros hijos a la cocina aunque inicialmente prefieran mirar el teléfono. Contándoles por qué determinada comida aparece siempre en nuestra mesa. Porque llegará un momento en que nosotros seremos quienes tengamos que explicarles cómo se hacía.

Y probablemente ellos cambiarán algunas cosas. Está bien.
Lo importante es que sepan de dónde comenzó la historia.
Nuestra herencia no vive solamente en los monumentos ni en los libros. Vive en nuestras palabras, en nuestra música, en nuestras celebraciones y en esos pequeños rituales familiares que muchas veces realizamos sin pensar en su importancia.

Vive también alrededor de la mesa. Allí compartimos mucho más que alimentos. Compartimos recuerdos, conversaciones, risas y enseñanzas. Allí las generaciones se encuentran y los países que dejamos atrás vuelven a sentirse un poco más cerca.

En este Mes de la Herencia Hispana celebremos todo lo que hemos aportado a esta nación, pero recordemos también aquello que llevamos dentro y que merece ser transmitido. Porque quizá una de las maneras más hermosas de conservar nuestras raíces sea también una de las más sencillas: seguir reuniéndonos, seguir compartiendo y seguir cocinando nuestra historia.

La identidad latina también se sirve en la mesa

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