Por Nilda M. Tapia
IMPACTO LATIN NEWS
Fotos por John Quilty
En un acontecimiento tan único como esperado, la Orquesta Sinfónica de Queens bajo la batuta de su ilustre director, el Maestro Maurice Peress, revivió la controversial y siempre mentada misa que la Fundación J. F. Kennedy encargara al Maestro Leonard Bernstein para inaugural el J F Kennedy Center en Washington DC, poco tiempo luego del asesinato perpetrado al Primer Mandatario.
La fecha de la revisión fue el 1 de noviembre, 2014 y el recinto, el Colden Auditorium, una sala con burns acústica, excelente para esta obra donde el mismo autor pide emisores de sonido en los cuatro ángulos del recinto donde se interprete esta pieza.
La producción fue presentada por Edward Smaldone, Director de Aaron Copland School of Music y el Kupferberg Center for the Arts.
La dirección de escena estuvo a cargo de Lorca Peress de MultiStages.
Con cerca de 100 personas en escena, entre solistas, miembros de tres coros y cuatro bandas: una de marcha, otra de música de la calle, una banda de ‘blues” y la no menos representativa banda de rock, fue una producción que sería muy difícil de reproducir en Broadway, por lo costosa de esta propuesta.
Pero con todo, los concurrentes a los dos conciertos de noviembre, tuvimos el placer de ver y oir esta misa casi con la misma concepción que le hubiera dado Leonard Bernstein si aún viviera, ya que el Maestro Maurice Peress fue su mano derecha en sus años de grandes producciones como “Candide”, “West Side Story” y tantas otras piezas célebres.
Se reprodujo muy prolijamente tratando de revivir los años 60s y 70s, cuando el salón de conciertos se beneficiaba con la gran revolución en el campo de la reproducción de sonidos.
Se jugó con este elemento con suma habilidad.
La voz de la soprano sonó a capella en el escenario, pero los sonidos de la orquesta surgían paulatinamente llenando la sala, provenientes del fondo del recinto, del piso y hasta cayendo de los techos.
En suma fue una invasión de sonidos que llegaban tan suaves como etéreos para ir “in crescendo” hasta invadir por completo el recinto.
La partitura consiste de varias canciones que van tratando los temas de la misa desde el Introito, el Kyrie eleison, el Gloria, la Epistola y el Evangelio.
Después de varias acciones del celebrante que se encargaban de escenificar la Homilia, vino la recreación del Ofertorio, momento en que el gran sacrificio comienza a cobrar formas.
El Santus es el momento crucial en donde el pueblo se hace notar para proclamar el acto tan solemne de la consagración, el momento culminante de la misa.
Tanto la música como la acción se prestaron para recrear tanta solemnidad.
Pero al concluir esta solemne transmutación, Bernstein le da paso a su genio y comienza el desenlace que todo show musical requiere para tener campo para una conclusión digna de lo que se acababa de desarrollar.
Luego de la tremenda transformación del pan y el vino en el cuerpo y la sangre del Salvador, el celebrante debe comenzar a partir en partes pequeñas ese sagrado cuerpo y su emotiva disposición que supuestamente está en la cresta de la ola, comienza a revelarse.
Luego de partir la ostia, se la da a los feligreses y los bendice y al volver al misal y leer las últimas oraciones que se refieren al partido de la ostia ya consagrada, el celebrante se desgarra sus vestimentas, destruye todas las piezas encima de la mesa del altar, y sigue disparatado destruyendo todo lo que encuentra en supuesta señal de protesta por haber tenido que desgarrar el cuerpo sagrado del Salvador.
Enajenado, el celebrante termina quitándose las últimas prendas que le quedaban encima y se arroja al vacío.
Bernstein luego trae a las personas del pueblo a concluir su misa con solos exquisitos y llenos de reverencia.
Victor Starksy como el celebrante nunca dejó de ser el centro de las miradas en escena.
Su rol físico lo ejerció con la máxima dignidad, adentrándose tanto en la musicalidad como en la verbosidad de los temas con una profunda devoción.
Su transición entre la devoción, la rebeldía y el rechazo a todo lo establecido lo ejerció con maestría actoral.
La labor de los otros solistas, aunque incidentales, marcaron entregas individuales de exquisita calidad, descollando la labor solista de la niña Cordelia Calberson.
Pero el que descolló en los temas “I Don’t Know” y “I believe in God” es el actor y cantante Eugenio Vargas, con una excelente voz y gran dominio de la escena.
Supo imprimirle a estas partituras esa fuerza operática al combinar su voz, con esos pequeños gestos tan necesarios para impartir gran profundidad a su entrega músical.
Nos reservamos un aparte para ponderar la labor de Justin Tricarico, a cargo del excelente sonido, a los integrantes de los coros “Street Chorus”, “Liturgical Choir”, “Queens youth Choir” que fueron los verdaderos animadores de este espectáculo singular que será recordado por mucho tiempo por el alumnado del Departamento de Música del Queens College.
El aspecto musical fue muy bien atendido por los músicos de la “Street Orchestra”, la “Rock Bank”, el “Blues Band”, la “Marching Band”.
La Orquesta Sinfónica de Queens tuvo esa tarea casi extraordinaria de saber traernos con la mejor reproductividad sonora esta obra que ya está cumpliendo el medio siglo de creada, pero que suena tan de hoy y tan futurística como pocas.
Esto tal vez se deba al genio del Maestro Peress, que supo llegar a nuestros oídos con una pieza excelentemente interpretada y con momentos muy bien logrados en su exquisita musicalidad.

















































































