La batalla por la vida: el egoísmo, la desigualdad, la ambición, y el rumbo de la humanidad

 

El egoísmo

Lo primero que hago al despertarme,  dijo, es ver la evolución del coronavirus en mi condado, y al interior de mi condado, en mi pueblo. Estamos en peligro, dice el informe, pero estamos ganando la batalla, tenemos menos muertos y los muertos continúan lejos de mi capa social, pienso sin decirlo, tenemos menos infectados y los infectados se encuentran lejos de mi vivienda. Siento piedad y me siento mejor.

 

La desigualdad

Lo segundo, visión más amplia, es mirar el país, estamos ganando la batalla, tenemos los medios, tendremos los medios, los primeros en el mundo que tendremos los medios, regresamos, regresaremos al liderazgo, me siento poderoso. Miro a los otros países, aquellos que pertenecen a mi rango y me digo, estamos ganando la batalla, tenemos menos muertos que otros países, aquellos que están lejos, tan lejos de mi órbita, tan lejos de obtener la vacuna. Respiro, siento piedad y me siento mejor.

 

El individualismo

Lo tercero, y con temor, es ver mi lugar en la lista de espera para obtener la vacuna, llamo a mis amigos, por algo tengo nombre y presencia, lo sé, todos tienen nombre, pero unos nombres no tienen presencia. Presiono, tengo que cortar la fila, la espera no es para mí, no es para nosotros, yo valgo lo que tengo y los otros no tienen nada. ¿Quién es más necesario en esta sociedad?, ¿quién grabará su nombre en la historia?, ¿en un libro?, en un diploma?, ¿quién será alguien en el devenir de la humanidad?

Imagino a los otros, los incapaces, los flojos, los sin ambición, los sin educación, los de color que empaquetan en los supermercados, los que limpian las calles que piso, la oficina en la que trabajo, el peldaño más bajo de la sociedad, el primer peldaño de las escalinatas, aquél que sostiene mi mundo, mi mundo y mi ego. Ellos esperan sin esperanza su turno para vacunarse. Yo espero mi turno haciendo valer mi riqueza, repartiendo, si es necesario una limosna a los corruptos. Sentí lástima por ellos, los que carecen de medios y contactos, y me sentí mejor.

 

La ambición

Por conservar el poder alguien dijo: si no se hacen tests para detectar el avance del Covid, no hay enfermedad y mi imagen de salvador al enfrentar la pandemia funciona”.Brillante estupidez.

Otro se dijo: si oculto los muertos, mi plan para enfrentar la pandemia funciona, basta rebajar a la mitad el número de muertos en los hogares de ancianos. Así no entrego armas a mis enemigos políticos, total, el doble de viejos muertos, o la mitad, ¿a quién le interesa?Brillante estratega.

 

La guerra del fin del mundo

Desde oscuros tiempos el hambre ha sido utilizada como arma para someter a los pueblos. Lo primero fue cercarlos para impedirles buscar ayuda, huir de la muerte, lo segundo, someterlos por el hambre.

Las historias de pueblos comiendo ratas para sobrevivir abundan en los libros de historia, historias relatadas en páginas que se leen con rapidez para soportarlas, para olvidarlas. Las historias de caravanas de seres huyendo de la muerte llenan las páginas de la historia moderna.

Las armas cambian, se perfeccionan, se achican. Una jeringa hoy en día puede ser un arma de destrucción masiva, se la puede negar a quienes desesperadamente la esperan, se la puede utilizar como arma de influencia geopolítica, como un muro invisible para dividir. Puede ser una nueva cortina de hierro, o una nueva ruta de la seda, puede ser el entronizar a un dictador sin necesidad de desembarcar los “mariners”. Puede ser la consumación de la división del mundo, norte contra sur, desarrollados contra subdesarrollados. Puede ser la potencia engullendo al débil, pueden ser los débiles devorándose entre ellos. Puede ser que sea que la historia se repite, se repite en el mundo, se repite en tu ciudad, se repite en nuestro mundo.

Y al llegar a esta parte de la historia apago el computador, cierro el libro y me pregunto, ¿cuál será el destino de la humanidad en esta perenne lucha contra las peores de las plagas?

Y que conste, me dijo Heródoto, las plagas no salieron de un laboratorio, salieron de nosotros, nosotros los humanos, como al comienzo.

* Escritor y director de teatro chileno, miembro correspondiente de la Academia Norteamericana de la Lengua Española. Reside en los EE.UU.

Cuando varias crisis se juntan

Compartir
[fbcomments]