EDITORIAL
El incremento de inseguridad en el sistema de transporte público de Nueva York se ha convertido en una amenaza a los esfuerzos de recuperación de la ciudad por el impacto de la pandemia y tiene consecuencias económicas graves, porque afecta directamente a la fuerza laboral, a la lucha contra el virus, a retornar a la normalidad, que incluye el
funcionamiento al cien por ciento de los negocios de la ciudad y al retorno de millones de turistas.
La violencia e inseguridad en el transporte público se agravó por la convergencia de varias crisis: la mendicidad que se desató en la ciudad desde la recesión económica en el gobierno de Obama agravada por las rentas exorbitantes de la ciudad; el incremento del abuso de sustancias y drogas por la facilidad de acceso a las mismas; los problemas
mentales sin tratar; el debilitamiento a la fuerza policial por los casos de abuso y racismo, todo agravado por la pandemia que disparó la situación.
La que fue percibida como medida necesaria para luchar contra el coronavirus, liderada por el gobernador Cuomo que decidió cerrar el sistema de trenes durante cinco horas de la madrugada para su desinfección, quizás no fue tomada oportunamente, en el sentido que debió entrar en vigencia inmediatamente con la declaratoria de emergencia en marzo y no esperar hasta mayo.
Cuando se considera que efectivamente, los trenes son el refugio oficial de los mendigos de Nueva York, el esperar a que pasen las frías temperaturas de invierno para desinfectar los trenes, concuerda y tiene lógica con la nueva medida de esta semana, de reducir las horas de limpieza, para permitir que los mendigos descansen al interior de
los trenes y protegerlos del frío?
Faltaría esperar a que, -como el año pasado-, las temperaturas suban, para que los mendigos puedan pernoctar en los parques y calles de la ciudad, mientras se amplía el horario de desinfección de los trenes.
El manejo de la mendicidad en la ciudad continúa siendo uno de los retos más grandes del gobierno, que hasta la fecha ha demostrado incapacidad de control esta crisis por la que miles de personas que no tienen por sus circunstancias, la capacidad de mantener las normas mínimas de higiene, se convierten en potenciales focos de mantenimiento y propagación de un virus, que cada vez muta en versiones más resistentes.
En lugar de proponer soluciones prácticas, los defensores de los mendigos argumentan que las reglas son injustas con este grupo que usa los trenes como albergue, sin importarles la salud, la vida y el bienestar de una gran mayoría, fundamentalmente de la clase trabajadora, de los grupos populares que utilizan el sistema de transporte
público, -que no es barato-, para movilizarse a los trabajos que se mantienen funcionando en la ciudad.
Cada trabajador que utiliza el tren, representa a una familia y a una comunidad. Las cifras lo comprobaron, los latinos fueron de los grupos más golpeados por el coronavirus, son los que más utilizan el sistema de transporte público, al igual que cientos de miles de visitantes y turistas de una ciudad, en donde hay una guerra por el uso de los espacios para circulación, entre peatones, ciclistas y conductores.
El elevado peligro que representa el sistema de transporte de la ciudad, unido a los costos de tarifas, ha promovido que muchos trabajadores de clases populares utilicen otros medios, como bicicletas, patinetas, etc., para llegar a sus empleos, que son esenciales, como los de expendio, preparación y venta de alimentos, igualmente los trabajadores de primera línea, enfermeros, auxiliares, personal de limpieza, transportistas, etc.
Además de los peligros de trenes y autobuses, que se han convertido en riesgos habituales, como asaltos, robos, apuñalamientos, empujones a las rieles del tren, golpes, discriminación, acoso sexual a las mujeres, insultos, etc., los pasajeros están expuestos a la muerte silenciosa por la propagación del Covid-19, debido a la falta de higiene y de seguimiento a las directrices de la mayoría de los desamparados que inundan estaciones, vagones y autobuses.
Gracias a la tecnología fue posible atrapar a uno de los agresores más violentos del sistema de transporte, lamentablemente un latino de veintiún años de edad, que también era víctima de la falta de ayuda en salud mental, víctima de mendicidad y uso de drogas que dañan la mente y los órganos vitales..
Ante la realidad los neoyorquinos valoran más que nunca la presencia policial, sin embargo aún se sienten inseguros por la cantidad de personas con problemas mentales que abundan en trenes y calles y la falta de respaldo de las leyes locales para que la policía pueda proteger a la ciudadanía, garantizando simultáneamente los derechos
básicos de los infractores de la ley.
Algunos anarquistas, que se han dedicado a usar a inmigrantes y grupos segregados como caballo de Troya del crimen internacional organizado, argumentan que la policía está demasiado armada para lidiar con personas con desórdenes mentales. La realidad es que la ciudad clama por más protección y debe entrenar apropiadamente a los guardianes del orden, apoyando su labor con recursos y leyes apropiadas.
Si la ciudad renta cientos de cuartos privados en hoteles, para ampliar su sistema de albergues, ¿por qué el cierre de los trenes para limpieza deja a muchos mendigos a la intemperie en medio del invierno? Se necesitan estudios, informes, cifras para tomar medidas acordes a la realidad.



























