IATI reune a grandes valores del teatro en español en “El Mandatario Idiota”

Lo novedoso de esta puesta fue la elección de dos actrices para encarnar al mandatario y a su mayordomo, la norteamericana de origen argentino, Susan Rybin (d) y la uruguaya Viviane Deangelo (i).
Lo novedoso de esta puesta fue la elección de dos actrices para encarnar al mandatario y a su mayordomo, la norteamericana de origen argentino, Susan Rybin (d) y la uruguaya Viviane Deangelo (i).

 

Por Nilda M. Tapia

IMPACTO

 

En una elaborada puesta, IATI presenta desde el 23 de febrero al 20 de marzo 2015 la obra del peruano Walter Ventosilla, “El Mandatario Idiota”, una pieza que recurre al teatro del absurdo para marcar con rotundos momentos de exageración ese comportamiento que el dictador manifiesta para avasallar a sus dominados.

Lo novedoso de esta puesta fue la elección de dos actrices para encarnar al mandatario y a su mayordomo, la norteamericana de origen argentino, Susan Rybin y la uruguaya Viviane Deangelo.

Ambas actrices tienen una trayectoria muy reconocida en el teatro en español de Nueva York, que lleva ya casi medio siglo de ininterrumpida labor por grupos ya muy bien establecidos.

Ambas se esmeran con gran histrionismo en agudizar el notable juego del absurdo en un diálogo caprichoso, donde el mandatario va sometiendo al mayordomo y éste le responde con las adulaciones más marcadas en un diálogo que va cobrando cada vez más fuerza absurda hasta llegar a un climax en donde ambos personajes quedan nitidamente dibujados.

 

IATI presenta desde el 23 de febrero al 20 de marzo 2015 la obra del peruano Walter Ventosilla,"El Mandatario Idiota”.
IATI presenta desde el 23 de febrero al 20 de marzo 2015 la obra del peruano Walter Ventosilla,"El Mandatario Idiota”.

 

Viviane Deangelo encarna a Jeremías, el mayordomo que se entrega sumiso a un poder  maniático y avasallante.  Deangelo se esmera en un gran esfuerzo físico que se traduce  en marcadas expresiones corporales denotando sometimiento sí,  pero sin dejar de insinuar un cierto raciocinio que  la otra parte rechaza con aseveraciones cada vez más ridículas.

En un constante forcejeo de palabras, la Deangelo se agranda actoralmente y busca nuevos recursos en posturas casi forzadas para llenar ese escenario monótono y mantener latente la acción.

No es sino al final que el autor, Ventosilla, le ofrece un vuelco a este personaje que reivindica en cierto modo tanta entrega miserable,  depositándole todo el poder en sus manos. (Los espectadores dominicanos reconocieron aquí la creativa postura de Joaquín Balaguer, luego de la dramática caída de Rafael Leónidas Trujillo, salvando a la República Dominicana de la anarquía que sucede caprichosamente a toda tiranía).

Susan Rybin en el mandatario trae a escena toda la fuerza exigida por un personaje ridículamente despótico e irracional. Busca toda la gama de la técnica actoral para trabajar su personaje desde el interior y aprovecha esos momentos estáticos que le brinda la trama para detenerse en la actuación subjetiva, algo que la Rybin sabe hacer siempre con mucha garra y sutileza a la vez.

Este personaje tan absurdo como cambiante, le brinda a esta actriz una gama de circunstancias para sacar a flote y con mucha tabla todos los vericuetos que el autor ha marcado en su tramado discursivo.  Su locura por el poder va ‘in crescendo’ y la Rybin en la cúspide de su poder, sabe bajar de esa locura para refugiarse en una realidad que, aunque destructiva, la libera del terrible peso del poderío que ahoga y enloquece.

Todas las manifestaciones están presentes en este duelo que crece sin el apoyo del raciocinio, pero que encuentra su cauce natural en el derrumbe. ‘No hay mal que dure cien años’, dice el adagio y el autor trae al pueblo para acabar con tanta egolatría, pero lo curioso que subraya también es que el mismo mandatario termina desahogado de tanto peso. ¡Qué bueno que se haya marcado ese sentimiento! Cuando cae un fuerte, nadie se imagina la gama de sentimientos encontrados que lo acosan y le sirven de consuelo en el momento posterior e inmediato a la caída.

Muy buena la labor del colombiano Fabián Zarta en el manejo de la cámara enfocando a cada actriz y remarcando sus momentos más culminantes. Bárbara Kent se lució en maquillar las dos actrices y marcar sus rasgos sin demasiado dramatismo. Nos hubiera gustado un vestuario menos rígido para ambas actrices. Una vestimenta más casual las hubiera ayudado en la fluidez de sus movimientos.

La puesta y montaje escénico fueron atractivos y su minimalismo y perfecto balance nos deleitaron pero no nos distrajeron. Muy acertada la dirección de Jorge Merced, especialmente en las individualidades de ambas actrices.

Me pareció estupendo el cuidado escénico brindado con soberbia intervención de la directora de escena Alejandra Maldonado Morales muy  ‘a lo Tito Cappobianco’ que en el mundo de la ópera dio cátedra como regisseur en el Teatro Colón de Buenos Aires en los 60’s y que terminó haciendo lo mismo en el NY State Opera en Nueva York en los 70’s. Influenciado tal vez por la técnica cinematográfica, Walter Ventosilla cierra su melodrama absurdo con la misma expresión con que comienza la acción, un indicio que nos dice con mucha altura que lo que acabamos de ver, se puede repetir.

 

 

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