Antonio José de Sucre, 185 años de su asesinato

Como militar, como ciudadano, como magistrado, Sucre siempre fue modesto; sin ambición, sin codicia (ese orín de las almas ruines).

                                                                      Federico González Suárez 

 

Portada de la obra Sucre, Soldado y estadista, editada por el Dr. Enrique Ayala, con la participación de varios historiadores de los países andinos a los que liberó Sucre: Venezuela, Colombia, Perú y Bolivia.
Portada de la obra Sucre, Soldado y estadista, editada por el Dr. Enrique Ayala, con la participación de varios historiadores de los países andinos a los que liberó Sucre: Venezuela, Colombia, Perú y Bolivia.

 

Por Ximena Hidalgo-Ayala

IMPACTO

 

Al cumplirse 185 años del llamado Crimen de Berruecos, recordamos el asesinato de uno de los grandes personajes de la historia de América mestiza, no como una más de las manipuladas exaltaciones a los héroes, sino como la oportunidad de reflexionar sobre su ejemplo y legado a la historia común de Hispanoamérica, particularmente en la rectitud y trabajo por ideales superiores como la libertad, la justicia y la paz.

Si bien Sucre es motivo de innumerables estudios, libros y homenajes sin fin, su acción no se limitó al campo de batalla, además de sus funciones militares, ejerció brillantemente funciones diplomáticas, administrativas y jurídicas, en las cuales sobresalió su excepcional sentido organizativo, como estadista austero, modesto en extremo y de nobleza excepcional. El asesinato de Sucre es un hecho dramático, por las circunstancias en que ocurrió y por su repercusión en el desenvolvimiento posterior de la vida política de las nacientes repúblicas.

 

Mariana Carcelén, Marquesa de Solanda, esposa del Mariscal Antonio José de Sucre y madre de su hija Teresa, cuyo vestido cubría el féretro de su esposo cuando finalmente fue encontrado luego de ser escondido durante más de medio siglo.
Mariana Carcelén, Marquesa de Solanda, esposa del Mariscal Antonio José de Sucre y madre de su hija Teresa, cuyo vestido cubría el féretro de su esposo cuando finalmente fue encontrado luego de ser escondido durante más de medio siglo.

 

INDEPENDENTISTA

Antonio José de Sucre nació en el seno de una familia acomodada el 3 de febrero de 1795 en Cumaná, Capitanía General de Venezuela, colonia de España y vivió una de las etapas más convulsionadas del continente, no solo como espectador, con el tiempo se convirtió en uno de los más influyentes actores, destacado por su magnanimidad y heroísmo. Desde 1810 Sucre al igual que su compatriota Simón Bolívar, -mayor para él con doce años-, se vinculó al ejército independentista sudamericano, los dos bajo las órdenes de Francisco de Miranda. Las luchas independentistas estallaron por todo el continente y como escribe el historiador Jorge Salvador Lara: “La contienda se incendió hasta lo inverosímil. El encono que cada hecho producía invitaba a la venganza acrecentada”.

 

Miembros de la Facultad de Medicina de la Universidad Central del Ecuador que examinaron los restos del Gran Mariscal de Ayacucho en 1900, para trasladarlo con honores a la Catedral Metropolitana de Quito, su última morada.
Miembros de la Facultad de Medicina de la Universidad Central del Ecuador que examinaron los restos del Gran Mariscal de Ayacucho en 1900, para trasladarlo con honores a la Catedral Metropolitana de Quito, su última morada.

 

LUCHA SANGRIENTA

La ola de violencia se acrecentó en 1815 con la llegada del general español Pablo Morillo, quien tenía órdenes de unir sus tropas a las de su compatriota Toribio Montes para avanzar “pacificando” hacia el sur y marchar sobre Buenos Aires. En el camino arrasó con varias ciudades, entre ellas Caracas, Cartagena, Bogotá y a decir del mismo Salvador Lara “durante su tarea represiva…se llevó a cabo la más nefasta obra de exterminio de los dirigentes patriotas, hombres y mujeres, de que haya recuerdo en la historia de Hispanoamérica. Se cuentan por millares los desaparecidos, apresados, vejados y torturados; por centenares los asesinados a sangre fría o los llevados al cadalso”. A pesar de que la guerra le arrebató a casi toda su familia y a ser víctima de los excesos terribles de las pasiones generadas por el conflicto, Sucre se distinguió siempre por su nobleza. Los años sangrientos obligaron a suscribir el “Tratado de Regularización de la guerra” para lo cual Bolívar designa a su Ministro de Guerra, el Gral. Antonio José de Sucre para la negociación de la paz.

 

Luego de su asesinato los restos de Sucre fueron ocultados por su viuda en el Convento del Carmen Bajo. Setenta años más tarde se verificó su autenticidad y fueron trasladados con honores a la Catedral Metropolitana de Quito el 4 de junio de 1904, en donde reposan en una cripta de nueve toneladas de granito de las canteras del volcán Pichincha en donde triunfó.
Luego de su asesinato los restos de Sucre fueron ocultados por su viuda en el Convento del Carmen Bajo. Setenta años más tarde se verificó su autenticidad y fueron trasladados con honores a la Catedral Metropolitana de Quito el 4 de junio de 1904, en donde reposan en una cripta de nueve toneladas de granito de las canteras del volcán Pichincha en donde triunfó.

 

PRECURSOR DEL DERECHO HUMANITARIO

Sucre no se dejó llevar por el rencor, el odio o la venganza y para finalizar la guerra, firmó dos tratados y un armisticio, entre ellos el tratado antes mencionado, cuyos artículos los redactó personalmente y cuya firma el 26 de noviembre de 1820 finalizó la sangrienta guerra entre independentistas y realistas. Por ello es reconocido por los historiadores profesionales como precursor del Derecho Internacional Humanitario posteriormente desarrollado y adoptado en Ginebra para su aplicación a nivel mundial. El mismo Bolívar sobre el tratado de regularización de la guerra escribió: “Este tratado es digno del alma del general Sucre; la benignidad, la clemencia, el genio de la beneficencia lo dictaron; él será eterno como el más bello monumento de la piedad aplicada a la guerra; él será eterno como el nombre del vencedor de Ayacucho”

 

PRINCIPIO DEL FIN

Luego de su triunfo en la Batalla de Pichincha (1822) Sucre conoció en Quito a la Marquesa de Solanda, una bella joven de 21 años, en cuya hacienda reposaría durante unas semanas para recuperarse y con quien se casaría en 1828, luego de seis años de un noviazgo alargado por su ausencia trabajando por la independencia en Perú y en la creación de Bolivia.

Cuando Sucre finalmente deseaba retornar a su hogar en Quito para retirarse del servicio público y gozar de su familia, fue asesinado el 4 de junio de 1830 en Colombia, en una emboscada en la ruta de Popayán a Pasto. Su muerte fue resultado de una conspiración internacional en la que participaron varios personajes: la orden fue del general venezolano Juan José Flores, quien querían separar el departamento del sur (Quito, Guayaquil y Cuenca) para formar un país independiente y convertirse en su primer presidente. Sucre muy popular y querido por sus triunfos en Pichincha, Tarqui y Ayacucho, era un peligro político. Se encargó de ejecutar el crimen José María Obando, jefe militar de Popayán, con ayuda de varios cómplices que fueron muriendo para ser callados. Francisco de Paula Santander, aunque indirectamente involucrado con la muerte de Sucre, participó directamente de intento de asesinato a Bolívar y por ello fue exiliado.

Sucre fue mucho más que el leal lugarteniente o ejecutor de las órdenes de Bolívar, eso lo convertiría en un simple lacayo. Sucre fue un estadista que confrontó los profundos conflictos de la conformación de las nacientes repúblicas, fue un administrador a carta cabal y un humanista, cuyo ejemplo constituye un reto para la patriótica defensa de la libertad y el ejemplo del auténtico trabajo de un servidor público.

 

 

 

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