El día en que Donald J. Trump le dio la espalda a Dios

Al amanecer de la séptima noche de protestas, el reyezuelo se preguntó, ¿a qué poder me falta demostrar mi poderío para completar mi sueño?

Se acercó a la ventana y vio los manifestantes rodeando la Casa Blanca, al otro lado divisó una iglesia, aquella en que simbólicamente todos los presidentes han ido a orar.
El reyezuelo sonrió.
–Dios, el último poder –se dijo.

Se dirigió a la oficina oval y ordenó:
Necesito el mejor fotógrafo del reino, aquel que podrá reflejar lo histórico del momento, aquel que en un clic mostrará al mundo cómo asumí el poder supremo.
Necesito que se prepare mi séquito, blanco, aquel que muestre la pureza racial de mi poder,
¡que la guardia pretoriana despeje el camino!

En las afueras de la Casa Blanca, los manifestantes contra la violencia policial recibieron triple ración: gases lacrimógenos, balas de goma y golpes. Para mostrar un gesto de buena voluntad, el reyezuelo ordenó triplicar la violencia y el odio.

Las puertas se abrieron, el séquito encabezado por Donald J. Trump cruzó la avenida y se dirigió a la iglesia, en sus puertas le dio la espalda, tomó una biblia en sus manos y la levantó, al revés, como corresponde a todo rito satánico.

Su cara se fue transformando, seria, cruel, dictatorial, inhumana. Tomada la foto, investido del último poder, Trump el divino comenzó su camino de regreso a la Casa Blanca.

Atrás quedó una iglesia vacía, en el altar alguien se preguntaba, ¿a qué vino?, a orar no fue, a arrepentirse no fue, a orar por los muertos no fue, a meditar no fue.

Arrogancia fue, poderío infinito fue, odio fue, falta de humanidad fue.

Una vez en la oficina de los presidentes, tras desafiar a Dios desafió al pueblo, ¡hay que dominarlo!, ¡hay que doblegarlo!, ¡hay que someterlo! Yo, Donald J. Trump estoy para mandar no para gobernar, yo estoy aquí para aplicar la ley, mi ley y la de mis acólitos.

Y a aquel que no obedezca le echaré mi ejército, puesto que es MI ejército, por algo soy su comandante en jefe.

No lejos de allí, de la enfermedad de la Casa Blanca, de la locura de un mal gobernante, las puertas de una iglesia permanecieron cerradas, Dios salió a las calles a marchar por los derechos de la minoría, a marchar contra la violencia policial, a marchar contra el racismo, a marchar por la justicia, a marchar por el regreso de la decencia por sobre la foto vacía de un fantoche que, cada vez más solo, delira en la Casa Blanca.

* Escritor y director de teatro chileno, miembro correspondiente de la Academia Norteamericana de la Lengua Española. Reside en Nueva Jersey, EE. UU.

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