
Hace una semana las imágenes del asesinato y agonía durante nueve minutos de un afroamericano en manos de la policía recorrió el mundo, las pantallas de televisión nos hicieron agonizar junto a George Floyd, el hermano que no conocí.
Al igual que él nos faltó el aire, y reclamamos una bocanada, al igual que los innumerables afroamericanos muertos como consecuencia de la violencia policial
nos levantamos para reclamar justicia.
En nombre de esos muertos, nuestros muertos, reclamamos justicia, en nombre de esos golpeados, nuestros cuerpos, reclamamos justicia, en nombre de los marginalizados, nosotros los de piel oscura, reclamamos justicia, en nombre de las víctimas del racismo, reclamamos justicia.
En las calles resonaron los gritos exigiendo justicia. “No puedo respirar” se escuchó en todos los Estados Unidos, justicia para todos, se escuchó en los Estados Unidos, despierta hermano, se escuchó en los Estados Unidos.
Jóvenes negros, jóvenes blancos, jóvenes de todos los colores comenzaron a marchar en un hermoso ramillete de dignidad y humanidad.
Nuevamente la esperanza comenzó a marchar, nuevamente la voz de aquellos que fueron silenciados comenzó a escucharse, esperando, esperando un cambio más allá de palabras de consuelo, esperando un cambio, más allá de un nombre, reclamando en el nombre de todos el fin del racismo, de la desigualdad, de la injusticia.
No queremos poner los muertos, no queremos poner los cuerpos, no queremos la ignorancia, no queremos el hambre para nuestros hijos, no queremos temer que no regresen a casa cuando salen a caminar por las calles.
Los brazos levantados, los puños levantados, los pies pisando el asfalto manchado de sangre infatigablemente marcharon pidiendo que este uno sea el último de los miles y miles, que este uno sea el fin de la impunidad de un sistema que viola los derechos humanos, que a este uno, George Floyd, se le reconozca como ser humano, que se le trate con humanidad, que este uno seamos todos.
9 minutos de horror nos mostraron los primeros días, la gente marchando nos mostraron los primeros días y de repente las pantallas se oscurecieron dando paso a saqueos e incendios, grupúsculos intentaron apropiarse de lo ajeno, de la dignidad ajena, de la esperanza ajena, robaron no por necesidad, robaron bienes superfluos para robar el alma del clamor de una nación herida.
Cada saqueo es otra rodilla sobre el cuello de George Floyd, “no puedo respirar” claman los que reclaman justicia, cada edificio incendiado es un balde de agua fría arrojado al alma de los jóvenes manifestantes.
Las pantallas se oscurecieron para nuevamente alumbrarse y mostrar el intento de asesinato de un reclamo de justicia, cada incendio que muestran una y otra vez desvía la atención de la verdadera razón de las protestas.
Que el humo de los incendios no nos ciegue: buscan justificar la respuesta equivocada.
¡Llamen a la policía!
¡Llamen a la guardia nacional!
¡Llamen al ejército!
¡Hay que contenerlos,
hay que evitar el contagio!,
se escuchó en los círculos de poder.
El horror cambió de campo, intentan hacernos creer.
¿Cambió de campo? ¡No!, sigue campeando en un sistema que provocó la violencia.
Que se apaguen las pantallas y se prenda la conciencia, que nuevamente se escuche, no queremos poner los muertos, ni en manos de la violencia policial, ni en manos de la pandemia.
Y juntos, por esos muertos que son nuestros muertos exclamemos, ¡no podemos respirar! mientras reine la injusticia ¡no podremos respirar!
En homenaje a los George Floyd de este mundo.



























