El debate en Nevada: un juego de vida o muerte

Lo confieso, como todo el mundo, o al menos una parte importante del mundo, seguí el debate entre los candidatos demócratas en Nevada.
Lo confieso, como todo el mundo, o al menos una parte importante del mundo, seguí el debate entre los candidatos demócratas en Nevada.

Lo confieso, como todo el mundo, o al menos una parte importante del mundo, seguí el debate entre los candidatos demócratas en Nevada.

En un artículo había pedido a los candidatos que se sacaran las caretas y confrontaran ideas. No me entendieron, una vez más no me entendieron, no solamente se sacaron las caretas, se sacaron los guantes, se sacaron el pelaje, más aún se sacaron los trapitos al sol.

Tras la batalla no quedó títere con cabeza.

El escenario semejó a un campo de batalla, al Titanic hundiéndose, y los micrófonos, en el último bote salvavidas.

Y lo era, la gran mayoría enfrentó el debate como una cuestión de vida o muerte, un hasta aquí no más llegamos, o subo en las encuestas o me hundo, y el debate se transformó en un sálvese quien pueda en un tablón que se balanceaba de derecha a izquierda al compás de las olas surgidas de los ataques.

Saliendo de la tormenta, puesto que vengo de tierras de tsunamis y sé como sortearlas, el escenario se transformó en una sala de escuela primaria como las de mi infancia en Chile, una sala de clases alborotada mal manejada por malos profesores.

Los alumnos sentados en una sola fila pasaban el examen, a cada pregunta saltaba la traguilla, Elizabeth, aquella de señorita, señorita, yo sé la respuesta, y moviendo la mano intentaba trepar sobre su pupitre agitando sus brazos como molinete.

Todos hemos tenido alguien así en el salón de clases, los profesores, sea por falta de experiencia, sea por lo que estaban acostumbrados, sea por favoritismo, le daban la palabra sobre los otros, y cuando se tomaba la palabra sin que se la dieran, la dejaban hablar, no le fuera a dar un berrinche; además se jugaba la vida.

A su lado, izquierdo mirado desde el pupitre de los examinadores, el alumno que no sabe la respuesta, que está consciente de sus malas acciones, amurrado, pensando “cuándo van a parar y me van a dejar volver al partido de fútbol donde puedo ganar puesto que soy el dueño de la pelota, y si no me apoyan, me llevo la pelota a otro bando”. No es la primera vez que Mike se lleva la pelota y se cambia de bando.

Al otro lado del remolino, Bernie, el mayor entre ellos, puesto que quedó repitiendo en las anteriores elecciones, aquel que sabiendo la respuesta observaba cómo se comían entre ellos, y de paso le daban un feroz mordisco, y que repitiendo su discurso avanzaba seguro hacia el bote salvavidas no sin temer que al poner la mano para subir a él, alguien le diera con el remo en la mano o en la cabeza para dejar subir a su favorito o favorita.

En el medio del tablón, haciendo equilibrio, la voz de la experiencia, Joe, intentando, sin manejar las aguas, guiar al grupo hacia la tabla de salvación.

A su lado el joven grumete, Pete, la sonrisa fija, atacaba por todos los lados a los que hasta ayer eran sus amigos, y sin mucho brillo, desenvainaba sus cuchillos y daba golpes a diestra y siniestra.

Finalmente, Amy, la niña quiero que me quieran del curso, aquella que lograba sortear todos los obstáculos con una sonrisa de profesor, profesora, si no sé, recuerde que en la última composición fui brillante, y yo, yo no hago olas.

¿Quién ganó?, ¿quién perdió?

No sé, y no tiene importancia, en todo caso, gracias. El debate me devolvió al salón de clases de mi infancia, con la diferencia de que esta vez pude distinguir quién es quién, y ahora sé por quién votar.

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