No existe una cifra oficial, pero de acuerdo a información del Street Vendor Project, -la asociación que organiza y representa a este sector informal de la economía local-, se estima que en la ciudad de Nueva York hay veinte mil vendedores ambulantes.

Afueras de los sitios de construcción sobre Broadway, en Manhattan, esperan las mujeres con la comida lista, a los trabajadores que salen a su tiempo de “lunch”.

La pandemia obligó a la mayoría de habitantes de la ciudad al confinamiento, la vida social y cultural desapareció, las tiendas y centro comerciales, teatros y salas de cine cerraron, los juegos deportivos se cancelaron, las iglesias también cerraron sus puertas, pero algo que nadie pudo evitar fue la necesidad básica de alimentarse y precisamente ante el cierre de restaurantes y la desbordada demanda de productos en los supermercados, en la ciudad aumentaron las ventas de comida ambulante y los camiones y kioscos con productos, que ahora se encuentran por todos lados.

Sin embargo, hay un tipo de negocio informal que ha florecido y muestra de ello es el trayecto sobre Broadway, en Manhattan, entre las calles 72 y 96, donde se pueden encontrar innumerables carritos y camiones de comida preparada, así como kioscos de venta de frutas y vegetales sobre las veredas, pero un fenómeno muy interesante y que es el centro de esta nota, es el florecimiento de la venta de comida en las construcciones.

A las afueras de los sitios de construcción sobre Broadway, en Manhattan, alrededor del mediodía, esperan las mujeres con la comida lista, a los trabajadores que salen a su tiempo de “lunch” buscando los sabores de la cocina casera con los que crecieron. Aquí en Broadway con la calle 96.
A las afueras de los sitios de construcción sobre Broadway, en Manhattan, alrededor del mediodía, esperan las mujeres con la comida lista, a los trabajadores que salen a su tiempo de “lunch” buscando los sabores de la cocina casera con los que crecieron. Aquí en Broadway con la calle 96.
En Broadway con la calle 91, otras dos mujeres esperan a sus comensales para ofrecerles el almuerzo completo por diez dólares, incluyendo sopa, segundo con opciones de costilla de res o pollo salteado y una botella de agua, o una soda de lata o un “jarrito” mexicano en un recipiente de plástico.
En Broadway con la calle 91, otras dos mujeres esperan a sus comensales para ofrecerles el almuerzo completo por diez dólares, incluyendo sopa, segundo con opciones de costilla de res o pollo salteado y una botella de agua, o una soda de lata o un “jarrito” mexicano en un recipiente de plástico.
Además de las bebidas, se ofrece a los comensales la salsa picante o ají, un ingrediente muy importante de un almuerzo tradicional latino.
Además de las bebidas, se ofrece a los comensales la salsa picante o ají, un ingrediente muy importante de un almuerzo tradicional latino.

Anteriormente hemos publicado sobre vendedores ambulantes en Queens, Brooklyn y en el East Harlem del Alto Manhattan, pero hemos descubierto una modalidad diferente de vendedores de comida ambulante, que operan en torno a los proyectos de construcción de la ciudad. Este tipo de negocio ciertamente no es nuevo, ya que desde el 2000 y 2001 un gerente de negocios puertorriqueño de Long Island City, tuvo la idea de que la madre de su pareja sentimental, ecuatoriana, vendiera comida a los obreros de su sindicato en el sitio de trabajo.

Así se ha establecido en el tiempo, este negocio que atiende exclusivamente la demanda de comida de los trabajadores de construcción. Cuando la pandemia provocada por el Covid impactó a Nueva York, ante el cierre de los negocios y la falta de empleo, mucha gente optó por lanzarse a las calles para vender productos y alimentos preparados, entonces estos vendedores de comida para trabajadores de construcción creció, dado que esta industria de la construcción nunca dejó de operar, desde el inició y durante la pandemia, los proyectos privados e incluso públicos continuaron y con ellos el hambre de sus trabajadores y la nueva oferta de los “lunchs” o almuerzos latinos.

En la esquina de la calle 86 con Broadway, ya es conocida la señora que facilita los almuerzos a los trabajadores de construcción, la cual los vendes frente a la pequeña cafetería que durante décadas fue el lugar obligado de esa esquina donde buscar alimento, ahora esta cafetería compite con esta vendedora, dos camiones de comida halal y mexicana, un carrito de comida mexicana y dos que ofrecen desayunos.

Esta nueva modalidad de venta de comida para un sector específico, se ha fortalecido además porque desde que inició la pandemia en el 2020, las restricciones y regulaciones para las ventas ambulantes en la ciudad prácticamente desaparecieron. Como la ciudad, con más de ocho y medio millones de habitantes tiene oficialmente solo cinco mil cien permisos para vendedores ambulantes y ochocientos cincuenta y tres permisos para vendedores callejeros de mercancías, es más que obvio que una gran mayoría de vendedores ambulantes no tienen permiso o licencia para operar.

Se ha establecido una nueva faceta en la historia de los vendedores ambulantes de comida en la ciudad de Nueva York, que no es para turistas, no es para residentes, si no para los trabajadores latinos de las construcciones, que ahora tienen una opción acorde a sus preferencias gastronómicas.
Se ha establecido una nueva faceta en la historia de los vendedores ambulantes de comida en la ciudad de Nueva York, que no es para turistas, no es para residentes, si no para los trabajadores latinos de las construcciones, que ahora tienen una opción acorde a sus preferencias gastronómicas.

Un ejército de carritos de venta de antojitos mexicanos, que es una cocina bien conocida y popular entre la comunidad internacional, particularmente entre los angloamericanos, se encuentra por toda la ciudad y Broadway tiene una muestra de esta floreciente presencia de la cocina mexicana, pero también hay una muestra del florecimiento de puestos de comida ambulante para obreros de construcción.

En la esquina Este de la calle 87 con Broadway, esta otra mujer ofrece los almuerzos directamente desde su auto. La comida está cubierta, para mantenerla caliente y además como protección en caso de que llegue un inspector de sanidad.
En la esquina Este de la calle 87 con Broadway, esta otra mujer ofrece los almuerzos directamente desde su auto. La comida está cubierta, para mantenerla caliente y además como protección en caso de que llegue un inspector de sanidad.

Los vendedores ambulantes de comida para obreros de construcción, al igual que la mayoría de vendedores de comida callejera de Nueva York, son mayoritariamente inmigrantes y el gran porcentaje son mujeres, de los diez lugares de comida conocidos, mayoritariamente las vendedoras eran de Ecuador y México. Las ecuatorianas eran el noventa por ciento de la ciudad de Cuenca y las demás de Naranjal y otros lugares de la Costa, ellas además de agua y sodas de lata ofrecen el tradicional “quaker”, una bebida preparada con frutas, canela y avena, además del famoso “encebollado”, sopa preparada en base a pescado, yuca y cebolla “paiteña” como llaman a la cebolla roja o colorada.

Estas vendedoras particularmente, no son parte de la comunidad del área, provienen de otros condados y zonas, se trasladan desde Brooklyn, Queens y del East Side. Al igual que los trabajadores de la construcción que son sus clientes. Es innegable que estos negocios reducen la posibilidad de que los comensales consuman alimentos de los negocios de comida ya establecidos en Broadway, incluyendo a cafeterías y restaurantes del área, pero si han florecido, es porque satisfacen la demanda de los consumidores.

Mayoritariamente estas mujeres trabajan en condiciones precarias, llenas de temor e incertidumbre, esperando en las esquinas frente a los proyectos de construcción, en medio de temperaturas extremas de calor o frío, pero también hay otras que venden la comida directamente desde sus autos, estacionados cerca de los proyectos de construcción. Todos estos vendedores no poseen permisos o licencias para venta de comida, lo que significa que su mercancía puede ser confiscada, pero corren el riesgo y se ganan la vida en forma honrada, en lugar de formar parte de los miles de mendigos o asaltantes que abundan en la ciudad.

 

COMPETENCIA SIN CUARTEL

Antes de la pandemia, los vendedores ambulantes de comida eran retados por los obstáculos burocráticos y por representar una competencia “desleal” contra los negocios de comida establecidos, como afirman sus dueños que alegan pagan sus permisos, esperan la visita del inspector de salubridad, que “desde que comenzó la pandemia en el 2020 no ha pasado”, que ofrecen fuentes de empleo a varios empleados y sus familias. Un propietario de una pizzería del área dijo: “con los carritos de comida y camiones que tengo alrededor de la cuadra, mis ventas, especialmente de desayunos, se han reducido notablemente, cuando eso sucede nos vemos obligados a despedir empleados o reducirles las horas de trabajo”.

Los clientes de construcción sin duda prefieren la comida de estas vendedoras ambulantes, porque de muchas maneras representan una mejor opción, no solo en los precios, además en el tipo de comida que los trabajadores prefieren, su comida, es decir existe una identificación cultural. Por ejemplo, un plato con medio pollo pequeño, arroz y frijoles en un restaurante de Broadway cuesta dieciséis dólares más impuestos, en estos puestos ambulantes un almuerzo completo, que incluye sopa, acompañante que en la mayoría de casos ofrece opciones y una bebida, tiene un valor total de diez dólares, todo viene listo, empacado con sus cubiertos, etc. los trabajadores no tienen que esperar, solo preguntan las opciones y pagan.

La comida lista, fresca, caliente, espera por los trabajadores de la construcción mayoritariamente latinos, que en esta encuentren la mejor opción para el almuerzo, por precios y porque es ante todo, la comida con la que crecieron y que les mantiene conectados a sus raíces.
La comida lista, fresca, caliente, espera por los trabajadores de la construcción mayoritariamente latinos, que en esta encuentren la mejor opción para el almuerzo, por precios y porque es ante todo, la comida con la que crecieron y que les mantiene conectados a sus raíces.

Estos vendedores de comida para construcción añaden variedad de representación cultural, de opciones, de diversidad en la ciudad, que en esta área específica no hay, porque los trabajadores de construcción que mayoritariamente son ecuatorianos y mexicanos, no encuentran opciones de comida de sus países de origen en esta zona. Las mujeres venden un tipo de comida diferente, que los negocios de comida formales no ofrecen a este tipo específico de consumidores.

Los obreros de construcción latinos no consumen diariamente pretzels, pizza, bagels, croissants, ellos quieren su pan, sus productos, sus platos tradicionales y en ese sentido estos vendedores de comida les ofrece lo que desean. Sobre Broadway y sus alrededores no hay un solo restaurante ecuatoriano, pero abundan carritos y camiones de comida mexicana, lo que es indudable es que estos negocios especializados en proyectos de construcción, se han convertido en una competencia incluso para los carritos de comida y los camiones.

De acuerdo al testimonio de los comensales, la comida de estas mujeres es muy sabrosa, comida casera y nunca les ha enfermado. Estos vendedores al contrario de lo que afirman sus defensores, no promueven la activación de un corredor comercial, porque en esta zona, desde antes de la pandemia, ya existía un grave problema de locales abandonados, debido fundamentalmente a los elevados costos de las rentas comerciales que continúan siendo el principal obstáculo para que pequeños empresarios latinos y emprendedores, abran restaurante latinos en el área.

Los restaurantes en la ciudad no están libres de plagas como cucarachas y ratones, por su parte los vendedores ambulantes preparan la comida para el día a día y entre nuestros entrevistados, unos se levantan a las 2AM otros a las 4AM para cocinar, empacar y movilizarse hasta Manhattan, con el almuerzo que ofrecen desde las once de la mañana a los obreros de las construcciones.

Este es un asunto complejo y la ciudad requiere asegurarse de que estos trabajadores informales, tengan oportunidades de progresar y establecerse para operar en mejores condiciones, que tengan opciones de crecer. No se trata de evitar permisos y multas eliminándolas, deben existir mecanismos y sistemas de control de calidad de la comida, de la higiene de su preparación, del uso de implementos que no dañen al medio ambiente, sobretodo reducción de plástico, asegurarse de que termine su posición de vulnerabilidad, ya que trabajan con temor, casi en forma clandestina.

Hay casos de mujeres que son solo empleadas que venden esta comida, algunos afirman de restaurantes latinos de otros condados, a quienes los propios obreros de construcción informan del inicio de nuevos proyectos. La ciudad debería absorber a esta fuerza laboral y productiva para que se incorpore formalmente al sistema, facilitando que pueda operar en buenas condiciones, sin afectar a otros negocios de la comunidad.­­­­

Los vendedores ambulantes sin licencia de Nueva York, hartos de las multas

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