¿Cuándo dejamos de pensar por nosotros mismos?

Vivimos en una época en la que tenemos más información disponible que cualquier generación anterior. En segundos podemos conocer una noticia, escuchar cientos de opiniones y descubrir lo que está ocurriendo al otro lado del mundo.

Pero tener acceso a más información no necesariamente significa que estamos pensando mejor. Consumimos tanto y a tanta velocidad que apenas tenemos tiempo para preguntarnos si aquello que vemos es cierto, de dónde proviene o por qué estamos de acuerdo.

Compartimos, reaccionamos, opinamos y seguimos desplazando la pantalla. Quizás por eso necesitamos recuperar una habilidad que hoy resulta indispensable: el pensamiento crítico.

Pensar críticamente no significa cuestionarlo todo

Pensar críticamente no consiste en desconfiar automáticamente de todo, llevar la contraria o creer que nuestra opinión es superior. Significa detenernos antes de aceptar algo como verdadero. Preguntar. Analizar. Buscar evidencia. Considerar diferentes perspectivas.

Y, quizás lo más difícil, estar dispuestos a reconocer cuando podemos estar equivocados. Una persona con pensamiento crítico no necesita tener todas las respuestas. Necesita estar dispuesta a seguir haciendo preguntas.

¿De dónde vienen nuestras ideas?

Hay creencias que llevamos tantos años repitiendo que nunca nos hemos preguntado de dónde surgieron. Ideas sobre el éxito, las relaciones, el dinero, nuestra apariencia o lo que significa ser una persona exitosa.

Muchas fueron aprendidas en nuestra familia. Otras llegaron de nuestra cultura, experiencias o sociedad.

Eso no significa que sean incorrectas, pero sí que merecen ser examinadas. Preguntarnos “¿por qué creo esto?” puede resultar incómodo, pero también liberador. Porque algunas decisiones quizás no nacieron de lo que realmente queremos, sino de lo que aprendimos que debíamos querer.

Las redes sociales también piensan por nosotros

Los algoritmos deciden gran parte del contenido que aparece frente a nosotros. Si interactuamos constantemente con determinadas ideas, recibiremos más contenido parecido.

Poco a poco podemos terminar rodeados de personas que opinan exactamente como nosotros. Y cuando todos parecen estar de acuerdo, resulta fácil pensar que nuestra visión es la única razonable.

Leer perspectivas diferentes no significa aceptarlas. Escuchar a alguien con quien no estamos de acuerdo tampoco significa darle la razón.

Significa reconocer que comprender otros puntos de vista también fortalece nuestra capacidad de pensar.

Pensar mejor también puede ayudarnos a vivir mejor

El pensamiento crítico no pertenece únicamente a las universidades o a los debates intelectuales. Lo utilizamos cuando evaluamos una oferta de trabajo, tomamos decisiones económicas, recibimos información sobre nuestra salud o decidimos iniciar o terminar una relación. Antes de reaccionar podemos preguntarnos:
¿Quién está diciendo esto?
¿Qué evidencia existe?
¿Estoy viendo toda la información?
¿Estoy reaccionando desde los hechos o desde mis emociones?
Pequeñas preguntas pueden evitar grandes errores.

Cambiar de opinión también es crecer

Por alguna razón hemos convertido cambiar de opinión en una señal de debilidad. Defendemos nuestras posiciones incluso cuando aparece nueva información que las contradice, como si reconocer que estábamos equivocados significara perder.

Pero si hoy sabemos más que ayer, nuestra manera de pensar también puede evolucionar. Cambiar de opinión después de analizar nueva evidencia no demuestra falta de carácter. Demuestra capacidad de aprendizaje. El problema aparece cuando nuestro orgullo se vuelve más importante que la verdad.

Pensar por nosotros mismos también requiere cuestionarnos

Es fácil analizar las ideas de los demás. Mucho más difícil es examinar las nuestras.
¿Realmente quiero esta vida o estoy intentando cumplir las expectativas de otros?
¿Esta decisión representa mis valores?
¿Estoy persiguiendo algo porque lo deseo o porque necesito demostrar algo?
¿Defiendo esta opinión porque la he analizado o porque llevo años repitiéndola?
¿Tomaría la misma decisión si nadie estuviera observándome?
Estas preguntas no siempre tienen respuestas cómodas, pero pueden acercarnos a una vida más auténtica.

No necesitamos pensar todos igual

Una sociedad saludable no es aquella donde todos tienen las mismas opiniones. Es aquella donde podemos pensar diferente sin convertirnos automáticamente en enemigos. Podemos cuestionar sin humillar, debatir sin insultar y escuchar sin necesariamente estar de acuerdo.

El pensamiento crítico también requiere humildad: reconocer que siempre tendremos algo nuevo que aprender.

Recuperemos nuestra capacidad de pensar

En un mundo que constantemente intenta captar nuestra atención, decirnos qué comprar, qué admirar, qué temer y hasta cómo debemos sentirnos, pensar conscientemente se convierte en una forma de libertad.

No necesitamos cuestionar absolutamente todo. Pero sí dejar de aceptar automáticamente todo lo que llega hasta nosotros. Detenernos. Preguntar. Investigar. Escuchar. Reflexionar.
Y después formar nuestro propio criterio.
Porque quizás una de las mayores formas de libertad no sea simplemente poder decir lo que pensamos.

Es aprender primero a preguntarnos por qué pensamos de esa manera

Cuanto más capaces seamos de cuestionar nuestras creencias con honestidad, escuchar otras perspectivas y reconocer cuándo necesitamos aprender algo nuevo, más cerca estaremos de convertirnos en personas conscientes, saludables y, sobre todo, auténticas.

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