
Unipersonal titulado “Blacamán el Bueno, vendedor de milagros”, interpretado por Sebastián Ospina y basado en el cuento de Gabriel García Márquez. Presentado en única función en el Consulado General de Colombia en Nueva York.

En raras ocasiones nos hallamos en representaciones tan brillantes como a la que hace un par de semanas nos enfrentamos a su único protagonista, un soberbio actor colombiano de brillante trayectoria en su país, en el cine, el teatro y la televisión: Sebastián Ospina. Este destacado interprete, es uno de los fundadores del Teatro Libre de Bogotá y es ampliamente conocido por sus más de 30 años como figura principalísima en telenovelas y seriales, así como sus incursiones en el séptimo arte, además del teatro. Incursiona en el cine independiente con el mediometraje “Cuartico azul”, premiado corto latinoamericano en Festival de Cine de Cartagena de 1978, a finales de esa década estudia en Nueva York con el poeta Charles Laughton, mentor del no menos renombrado Al Pacino. Protagonista de la memorable película de 1985 “Tiempo de morir”, años más tarde para ser exactos en 1994 obtuvo el Premio Nacional de Cine en su patria por el guión “Adiós María Félix”, cuyo título en la pantalla grande fue “Soplo de vida”.
A viajado y trabajado en Francia, Alemania y España, y recientemente contrajo matrimonio en Nueva York.
Sebastián nos regaló todo su arte a plenitud, lo cual nos puso al tanto de lo que es ser un actor de buena estirpe y talla. Su trabajo fue relevante, paseándose el texto y deleitándonos con el aplomo de su espigada figura, la naturalidad y magnetismo de su actuación. Ospina nos ofreció lo magno de una labor esmerada, limpia y donde sus movimientos a través de la audiencia lograban una comunicación plena y más directa con el exigente.

El texto en cuestión fue el brillante cuento del premio Nobel de Literatura Gabriel García Márquez, “Blacamán el Bueno, vendedor de milagros”, publicado 1968 y perteneciente a una etapa donde el escritor experimentaba la búsqueda de estilo literario para su la novela “El otoño del patriarca”, poniendo de manifiesto su afamando realismo mágico que tanto le caracterizó y donde recuerda al famoso faquir Blacamán, tan popular en la década de los años 20, quien se recorría el continente de arriba abajo, resucitando ante las audiencia que le aclamaban, tras ser enterrado vivo. Esta historia que toma lugar en La Guajira colombiana, es un deleite en todos los aspectos literarios donde sus parlamentos logran una cohesión gracias a la naturalidad y espontaneidad del intérprete.
Para concluir, se nos ocurre catalogar la labor de Sebastián Ospina como memorable y aún más la simpleza y deleite que nos brinda oír tanta riqueza realizada por la pluma del oriundo de Aracataca. Una cuantía de naturalidad, algo irrepetible y al mismo tiempo como si se tratara de una clase magistral llena de virtuosismo.



























