
La imagen descubrió el corazón del gobernante, de pie, seco, desafiante, estatua de piedra sumada a rostros de piedra construidos en tierras sagradas, en tratados traicionados, montañas mudas testigos de que a veces la palabra empeñada se la lleva el viento, que no vale nada cuando está en juego la riqueza.
Nunca dictador alguno se llamó dictador, al contrario, llamaron dictadores a sus oponentes, nunca fueron victimarios, se presentaron como víctimas, nunca se presentaron como opresores, por el contrario, se presentaron como defensores de los más sagrados valores, de la historia reescrita a su antojo.
La extrema derecha tildó de extrema izquierda fascista a quien se le opone: “quieren asaltar el poder, destruir nuestros valores, nuestras tradiciones, borrar las estatuas que cimentan nuestra supremacía, la supremacía blanca”, resonó en las paredes de la montaña.
El 3 de julio, el odio se deslizó del discurso de Trump a las faldas de granito de la montaña: “violentos que mueren asfixiados bajo nuestras rodillas salvadoras de la ley y el orden, diabólicos seres que traen la destrucción de nuestra sociedad al reclamar derechos, el derecho a la vida, cuando el derecho a la vida o a la muerte lo decidimos nosotros, nosotros los defensores del viejo orden”.
“Quieren destruir la mente de nuestros hijos, quieren que piensen, que piensen, y peor aún, que digan lo que piensan, y que lo digan en voz alta, y en las calles”.
En un discurso de odio, el presidente erigía su legado, en su mente, sobre monte Rushmore se proyectaban los rostros de dictadores y autócratas del pasado; Adolf, Benito, Augusto, proyectaban sus rostros, duros, de fría mirada, cruel rictus en sus bocas, estatuas símbolo del poder blanco, símbolos del poder de una minoría.
A medida que avanzaba su discurso el aire se enrareció, la atmósfera se enfrió, helados fuegos artificiales nos mostraron cómo el granito invadía lentamente el cuerpo del presidente transformando su celebración anticipada del 4 de julio en vanas palabras, aquellas que se lleva el viento, palabras traicioneras que quieren atemorizar, palabras estériles que buscan dividir al país.
En la cima de la montaña de piedra cuatro rostros vomitaron, desearon ser volcán para arrojar fuego, abajo, convirtiéndose en estatua de piedra, seco, el presidente se veía entrando en la historia, su rostro deshumanizado grabado para siempre en la piedra, hasta que una humana ola de cambio suba por las barreras de la Casa Blanca y barra el odio de la historia.
De regreso a DC, el presidente estatua reafirmó el 4 de julio su posición: nuevo ataque, nueva negación de la realidad, nuevas alabanzas a un pasado supremacista, nueva declaración de principios en un discurso divisivo, racista, anunciando una supuesta destrucción de valores, la destrucción de nuestras ciudades, una carnicería desatada por aquellos que piden justicia social, ambos discursos de marcado tinte neofascista, pero esta vez el presidente lo firmó, protegido por un espeso muro antibalas y antivirus, distante de la gente y la realidad, añadió su firma a los discursos.
Sobre el cielo de Washington DC volaron aviones de combate, helicópteros de combate, jets de combate, cada uno representante de inútiles e interminables guerras, sacó del polvo de los hangares un bombardero de aquellos que arrojaban napalm sobre Vietnam, helicópteros que participaron en la operación tormenta del desierto, los de la guerra de Irak, aviones promesa de una nueva guerra, el presidente estatua imaginando el sueño de todo autócrata: la guerra interna, la guerra contra su pueblo.
Guerras inútiles que costaron la vida a tantos, discursos incendiarios que explotan el miedo, discursos destinados a desencadenar el temor, el odio, el enfrentamiento.
En el cielo armas de muerte, la ley y el orden prometido por Donald J. Trump, al otro lado del muro de cristal el coronavirus se deslizaba entre las mesas buscando nuevas víctimas en otra guerra perdida, esta bajo la dirección del actual comandante en jefe.
En las calles, en nuestros corazones se encontraba un 4 de julio de esperanza, un 4 de julio de unidad, un 4 de julio que habla de futuro, que honra nuestros muertos, los caídos bajo el coronavirus, los caídos en manos de la violencia policial, los muertos debido a la desigualdad imperante.
Nosotros, el pueblo, nos pagamos un festivo hot dog soñando que un día nuestros hijos caminarán por las calles cabeza en alto, caminarán por las calles sin temor, caminarán por las calles bajo la sombra de los árboles y no de agresivas estatuas, caminarán por las calles sabiendo que al marchar en ellas están construyendo una nueva historia, nuestra historia, sabiendo que marcharemos tomados de la mano, de una mano negra, de una mano blanca, de una mano café.
En Nueva York, acompañado por un coro góspel del Bronx, el Empire State se iluminaba multicolor alejando el odio, abajo, en el cemento se iluminaba Black Lives Matter.
Lejos, en la Casa Blanca, caían las sombras de la noche cubriendo con su manto 127.000 muertos por el coronavirus, 2.548.000 infectados, sobre 50.000 nuevos casos por día, en esta nueva guerra, la de la ignorancia acompañada de la intolerancia en la América soñada por Donald J. Trump, mientras los aviones regresaban a sus hangares deseando que nunca más se les utilice para amenazar a nuestro pueblo y al 4 de julio de la esperanza, oponer un 4 de julio de odio y temor.
* Gustavo Gac-Artigas: Escritor y director de teatro chileno, miembro correspondiente de la Academia Norteamericana de la Lengua Española. Reside en Nueva Jersey, EE. UU.


























