Vivimos tiempos históricos, no nos los dejemos robar

Protestas en Estados Unidos
El racismo se manifestó en aquellas instituciones que debían defendernos, la violencia policial contra las minorías se hizo costumbre, la ley de Atila imperó.

Nos encontramos navegando en aguas tormentosas. La nave nodriza está a la deriva, su comandante perdió la brújula, delira, perdió contacto con la realidad, se siente atacado en su poder, desobedecido, el mar y la tripulación se vuelven sus enemigos.

Las leyes del mar, las leyes de la razón determinan que cuando no se puede confiar en las irracionales decisiones de un comandante por lo que pone en peligro la vida de los otros, hay que relevarlo del mando.

Ello es lo que acaba de hacer el exsecretario de defensa Jim Mattis frente al abismo al que se conducía el país: frente a la posibilidad de que el comandante supremo opusiera las fuerzas armadas al pueblo reprimiendo a los manifestantes, relevó a Trump del mando moral.

Cumpliendo con las leyes de la razón, advirtió a las tropas: estamos aquí para defender la constitución, no para pisotearla, el derecho del pueblo es sagrado, todos somos iguales frente a la ley.

El comandante en jefe sin comando moral se encerró en la Casa Blanca, intentó risiblemente compararse a líderes del pasado, aquellos que lucharon por su pueblo, que representaron su pueblo; necesitaba construirse una imagen para distorsionar la historia, como es su costumbre.

Vano intento. El espejo de la realidad le devolvía su imagen, no era la de Churchill, era la de Atila, el flagelo de Dios, el terror de los romanos.

Pero los Estados Unidos son mucho más que la nave nodriza, son miles de naves de distintos tamaños y con distintos roles que van desde establecer una ley en beneficio de la población y aplicar una justicia que sea igual para todos hasta preocuparse de una ciudad o de un barrio.

En esa enorme flota de poderes, pequeños capitanes nos han fallado.

El racismo se manifestó en aquellas instituciones que debían defendernos, la violencia policial contra las minorías se hizo costumbre, la ley de Atila imperó.

El racismo y la desigualdad se incrustaron en la educación, capitanes hicieron la vista gorda en las escuelas, en las universidades, en los municipios, en los lugares de trabajo, en los consultorios médicos y hospitales; pequeños capitanes que permitieron que se enraizara el lado más despreciable de la humanidad: el racismo, el desprecio del otro. Lo inhumano prevaleció sobre lo humano.

Condenaron a cuatro, un general de cuatro estrellas habló, pero ello no basta, fueron miles de jóvenes quienes los hicieron hablar, las manifestaciones en la calle desataron las lenguas, mostraron las heridas, rompieron el silencio.

Las calles impidieron que se continúe el camino hacia el abismo de la desigualdad, de una justicia clasista, de una educación clasista, de una economía al servicio de los poderosos.

Vivimos tiempos históricos. Un asesinato y una foto de una mente enferma remecieron la sociedad, y que aquellos capitanes de todo tipo que intenten continuar llevándonos por el camino de la injusticia social lo sepan, los miles de manifestantes nos convertiremos en millones y los relevaremos del mando moral y luego del mando político.

Quitaremos de sus manos los instrumentos de represión y cambiaremos el rumbo de esa enorme flota que comienza en nuestros hogares puesto que cada uno será su propio capitán y dueño de su rumbo y su destino.

Si es que no nos roban el momento histórico, como es la costumbre.

* Escritor y director de teatro chileno, miembro correspondiente de la Academia Norteamericana de la Lengua Española. Reside en Nueva Jersey, EE UU.

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