Urgencias de la democracia

Las urgencias de la democracia se han complicado en todas partes, en unas más que en otras. Se trata no solo de la voracidad territorial de los grandes, sino de las flaquezas de sus liderazgos y de su comprensión frente al resto del mundo.

A esa crisis de las democracias actuales se suma la dramática debilidad de las pequeñas y medianas naciones, esas que con acierto el premio Nobel de literatura V. S. Naipaul llamaba “sociedades a medio hacer”. Y aunque el delicado escritor no pensaba en Venezuela al lanzar sus afirmaciones, no tengo la menor idea de que hoy nos encontramos en ese mismo saco de gatos y solo con sacrificios tal vez un día salgamos de él.

Me vienen a la memoria estas reflexiones al leer unas declaraciones del inefable Henry Ramos Allup, conforme a las cuales la Plataforma Unitaria venezolana no participará en negociaciones de acuerdos que excluyan a alguna de sus organizaciones miembros. Las opiniones de Ramos son cuando menos desconcertantes, porque él se ha dedicado a excluir de Acción Democrática a quienes luchan por una dirección partidista colectiva.

Hace ya mucho tiempo AD dejó de ser un partido democrático, con debates de ideas, para convertirse en una mera bazofia. AD perdió su rumbo al caer en las manos de un solo hombre, para satisfacer su empecinamiento de anclarse en el poder sin tomar en cuenta el deseo ciudadano del renacimiento de las instituciones nacionales.

Cité a Naipaul por el alcance de sus críticas y sugerencias, por el sueño de ver amplitud en las “sociedades a medio hacer”, esas que con dignidad luchaban por salir del colonialismo. En nuestro caso, debemos admitirlo, estamos ante el retorno de la dominación extranjera, empujados incluso por actitudes tan demagógicas como la de Ramos Allup y esa, precisamente, fue una de mis razones para escribir el libro En voz alta.

Los partidos políticos venezolanos están “a medio hacer”, plagados de debilidades y contradicciones de todo tipo, cuando deberían comenzar por invitar a procesos con amplia participación popular para la selección de sus propias autoridades, porque sin partidos con democracia interna mal podríamos hablar de una verdadera sociedad democrática.

Hoy nos planteamos la salida del poder de los hermanos Rodríguez, de Diosdado Cabello y otros de su claque, pero el reto no puede circunscribirse al debate de quién será el próximo presidente de la República. Es indispensable adecentar la política, formar instituciones pulcras y eficientes y, por supuesto, establecer un sistema educativo para formar nuevas generaciones de ciudadanos decentes. ¿Lo lograremos?

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