EDITORIAL
En varias ocasiones Impacto Latino ha reportado sobre conflictos en las calles de la ciudad de Nueva York, desde la guerra entre los taxis amarillos y Uber, entre restaurantes y vendedores ambulantes, entre policías y protestantes contra brutalidad policial, entre peatones y automovilistas, sin embargo la pandemia ha provocado una guerra simultánea en diferentes frentes.
La ciudad de Nueva York es una de las que tiene mayor densidad poblacional por metro cuadrado y una de las más pobladas del mundo, -con o sin pandemia-, pero ésta, al obligar a los habitantes al confinamiento y a tomar precauciones para evitar el contagio, ha desencadenado nuevos fenómenos.
Durante el pico de la primera ola entre marzo y junio del 2020 los habitantes de la ciudad de Nueva York casi desaparecieron y en sus calles solo desfilaban interminablemente las ambulancias y camiones de abastecimiento o entregas a domicilio.
Paulatinamente la ciudad ha retornado a su ritmo casi normal, a excepción de los espectáculos musicales, eventos públicos masivos y reuniones sociales, sin embargo sus más de ocho millones de habitantes, reclaman de diferentes maneras, más espacio de la abarrotada ciudad, en donde las calles y aceras son un bien escaso.
Es innegable que la pandemia ha cambiado el funcionamiento de la vida urbana de la ciudad de Nueva York y su paisaje cotidiano. Desde que golpeó la pandemia, la propiedad de automóviles se ha disparado, avivando las tensiones por los lugares de estacionamiento y crecen cada vez más las dificultades para encontrar un lugar para estacionar.
La primavera pasada, cuando la pandemia se apoderó de la ciudad, la gente lidió con la escasez de productos básicos como papel higiénico, toallas de papel y desinfectante para manos, experimentando largas colas para adquirir productos de primera necesidad o para recibir ayuda en iglesias, centros comunitarios u oficinas gubernamentales.
En el verano las calles se llenaron de miles de desamparados que salieron del sistema de trenes subterráneos, donde habitan durante el invierno para guarecerse del frío. La congestión en parques y calles gracias a los mendigos incrementó la necesidad de espacios abiertos entre los peatones.
El aumento en las ventas de automóviles, impulsado en parte por personas que desconfían del transporte público, ha creado no solo una nueva escasez provocada por la pandemia, los espacios de estacionamiento tanto para autos como para bicicletas, pero además una nueva ola de violencia contra vehículos y sus propietarios.
Igualmente la necesidad de transporte de bajo costo, ha acelerado el robo de bicicletas y de autos por todos los barrios de la ciudad.
En toda Nueva York, los conductores se quejan de que el estacionamiento gratuito en las calles es cada vez más difícil de conseguir, sobretodo cuando regresaron las personas que se fueron durante el verano y las fiestas de fin de año.
Entre las alternativa al problema del parqueo se han multiplicado las ocupaciones de lugares ilegales, incluso sin tener los famosos permisos de empleado municipal, arriesgándose a ser multado, en tiempos de escasez o verse obligado a rentar un lugar de parqueo que dependiendo del área, es tan costoso como de cuatrocientos dólares
mensuales o más.
Esta escasez de parqueo también ha provocado más violaciones y abuso de los permisos de parqueo de los empleados municipales e incluso de los policías.
El programa de servicio al aire libre de los restaurantes, que ha ocupado aproximadamente diez mil espacios de estacionamiento y el uso de las veredas por parte de los vendedores callejeros, ha reducido las opciones de espacios para los transeúntes, incrementando el temor, la ansiedad e incertidumbre, al igual que la producción de desperdicios y la acumulación de basura.
El programa de comedor al aire libre ha logrado salvar aproximadamente noventa mil puestos de trabajo en restaurantes en toda la ciudad y fue percibido inicialmente, como una nueva posibilidad de uso de los espacios públicos para fomentar incluso el turismo, lo cual se ha visto frenado por el momento debido al incremento de contagios.
En esta guerra por las calles, entre peatones, conductores, ciclistas, mendigos, incluso estudiantes y hasta vendedores ambulantes, el reto para las autoridades es muy grande. El costo del retroceso en los avances de un movimiento por la conservación del medio ambiente se va a sentir en un futuro no muy lejano.
La pandemia generó más basura y todo el avance conseguido con la reducción de emisiones de carbono de los autos y los increíbles niveles de limpieza del aire, que no se habían visto en décadas, se perderán ante el incremento de automóviles.
El reto para las autoridades de la ciudad es gigantesco y requiere de un trabajo de todos
los sectores sociales.
En Nueva York la guerra por el uso de las calles no terminará con la pandemia, que tampoco tiene una fecha cercana de culminación, particularmente por el surgimiento de nuevas y más letales variantes del COVID-19 en diferentes partes del mundo.
Solo el diálogo, la colaboración y una fuerte campaña educativa, puede ayudar a lograr una organización interna que permita funcionar apropiadamente a la ciudad y prepararse para el retorno de turistas y visitantes de todas partes del planeta.



























