Emilio López Romero
Nueva York se dispone a afrontar el décimo aniversario del zarpazo terrorista. Una ciudad que ansía pasar página con un nuevo World Trade Center como mejor respuesta al fanatismo integrista.
Dicen los viejos sabios que los aniversarios de las tragedias son siempre especiales, contundentes lecciones de vida que marcan a sangre y fuego el destino de los pueblos, más si cabe cuando se alcanzan números redondos como los diez años que los neoyorquinos se preparan para recordar este 11 de septiembre.

Justo ese 11 de septiembre, casi cuatro siglos antes, el explorador Henry Hudson escribía su particular página en la historia como el primer europeo que pisaba la isla de Manhattan, la misma que 392 años después se convertiría sin quererlo en la diana del terrorismo islamista.
Los neoyorquinos hicieron suyas las palabras del entonces presidente de EE.UU., George W. Bush, días después de la tragedia cuando le preguntaron por el líder de Al Qaeda. “Hay un cartel del Lejano Oeste que dice: ´Se busca. Vivo o muerto’”.
Por una vez, y sin querer sentar precedente, la solemnidad y la tristeza desapareció por unas horas de la “zona cero” el pasado 1 de mayo para dar paso a la eufórica fiesta que se instaló en el epicentro de la tragedia, la misma noche en que el presidente Barack Obama confirmó al mundo la muerte del enemigo público número uno de Estados Unidos.
LAS OBRAS EN LA ZONA CERO
Diez años después resulta inevitable volver a dirigir las miradas a ese solar del sur de Manhattan donde un día se levantaron las Torres Gemelas, ese símbolo del poderío de una ciudad que quedó reducido a una nube de polvo y a la que aún le duele rememorar que ese día fue el terrible blanco de un extremismo sinsentido que, desde entonces, mantiene en alerta a la Gran Manzana, tal como se encarga de recordar cada vez que puede Ray Kelly, el jefe de la policía de Nueva York que ya suena con fuerza para suceder al todopoderoso alcalde Michael Bloomberg, cuando termine su tercer mandato.
Siete años tardaron en construirse los dos emblemáticos edificios idénticos del World Trade Center original, dos años el mítico Chrysler y su imponente aguja de acero, y apenas catorce meses el no menos legendario Empire State, que pronto dejará de ser la cima de Nueva York cuando la Torre de la Libertad corone el cielo con su centenar de plantas.
De momento hoy, una década más tarde de la tragedia, las grúas y los andamios siguen dominando el paisaje de la “zona cero”, empantanada en medio de trámites burocráticos y rencillas íticas que parecen no tener fin.
Los neoyorquinos quieren pasar página. Necesitan hacerlo y dejar para los libros de historia el ominoso cero con el que tuvieron que bautizar el corazón de Wall Street tras el fatídico 11-S.
“No, ya no es la zona cero y nunca más volverá a serlo. Creo que el día que matamos a Bin Laden dejó de ser la zona cero”, afirmó Dara McQuillan, un alto ejecutivo de la firma de Larry Silverstein, el promotor inmobiliario que alquila los terrenos a la Autoridad Portuaria de Nueva York y Nueva Jersey.
La respuesta de los neoyorquinos al 11-S es un nuevo Centro de Comercio Mundial, donde dos imponentes piscinas de agua rodeadas de árboles ocuparán el lugar exacto donde alguna vez estuvieron las Torres Gemelas, en un memorial que se inaugurará el mismo día del aniversario.
Ese día se podrán divisar ya parte de los seis rascacielos cuyas obras estuvieron paralizadas demasiado tiempo pero que han vuelto a despegar, a ritmo de varias plantas por semana. El más simbólico de todos, el WTC1, que los vecinos bautizaron como “Freedom Tower”, cuenta ya con 76 de los 104 pisos que espera concluir para 2013.
Diseñados por los más renombrados arquitectos del mundo, la única que está en pié es el WTC7, del estadounidense David Childs, la única financiada exclusivamente con fondos privados. Norman Foster firma la segunda torre, Richard Rogers la tercera y Fumihiko Maki la cuarta, todas en diferentes fases de construcción y con la mirada puesta en 2013.
El acento español vendrá de la mano de Santiago Calatrava, responsable de un intercambiador de transportes para el que habrá que esperar hasta 2014 y que no ha terminado de gustar por el diseño de su techo y una factura económica de proporciones estratosféricas.
“Ahora desde el mirador del Empire State se puede ver parte del One World Trade Center, con todo lo que eso significa desde un punto de vista psicológico”, destaca henchido de orgullo McQuillan, quien acepta con resignación la lluvia de críticas por los retrasos en las tareas de construcción pero que defiende, a capa y espada, un proceso que reconoce “frustrante” pero “muy neoyorquino” al mismo tiempo, y que, acto seguido, añade que será “maravilloso” cuando acaben las obras y entonces “nadie recuerde lo que tardaron en levantarse”.


























