No hay mal que por bien no venga: sobre la pandemia, la ley del estímulo, la esperanza y la justicia social

 

¡Bendita pandemia, hizo caer la máscara de la pobreza, la venda de la desigualdad imperante en el mundo!

El ir a distribuir una caja de alimentos hizo que algunos descubrieran la realidad del hambre. No hay discurso más poderoso que el de un niño mirando con ojos tristes, sin comprender, una caja de alimentos, que el del rostro de una madre que, con vergüenza, hace la cola para proveer alimento a sus hijos, que avergonzada sale en una foto que prueba lo humano de un sistema donde la caridad empieza por casa. La caridad, esa bofetada en la dignidad.

¡Maldita pandemia!, ya ha matado 530.000 en los Estados Unidos, 525.035 en Brasil, 190.604 en México, uno en tu familia, y uno es demasiado.

¡Bendita pandemia!, mostró que incluso en la desgracia se es desigual, que los muertos los ponen los pobres, que vivíamos en una sociedad de la desigualdad y poníamos una venda en nuestros ojos.

¡Bendita pandemia!, desenmascaró la triste realidad de la globalización. Durante años hicimos gárgaras con la globalización: vivimos en un mundo globalizado, tenemos que pensar globalmente, la globalización es la panacea, el futuro del mundo, la nueva forma de pensar, de hacer negocios.

Sí, pero de hacer negocios sin pensar, pensando solamente en enriquecerse. La globalización tiene rostro de dólar y no un rostro humano.

La pandemia es global, y globalmente debemos enfrentarla, dicen los expertos, y es cierto, pero la pandemia es desigualmente global. Algunos países, los más ricos, tienen acceso a la vacuna, los más pobres... bueno esos son globalmente pobres y si sus gobiernos no pueden garantizar el pago de las vacunas... pues que mueran, somos farmacéuticas, empresas que se deben a sus accionistas.

Al final, tienen que pagar, están tan desesperados que encontrarán la forma de pagar, es cosa de forzarlos a través de algo así como la técnica aplicada cuando la gente deja de pagar las tarjetas de crédito, o un préstamo de estudiante, o la hipoteca de una casa, al final ceden, siempre ceden, no les dejamos otra alternativa.

¡Maldita pandemia!, los empleos desaparecieron, se esfumaron llevados por el viento de la desgracia, se puso en cuarentena a la miseria: que los miserables, los contagiados, se queden en sus cuevas, en sus barrios, los eximimos de servirnos, seres inservibles. Nos despidieron de los barrios ricos, aunque a decir verdad, nunca existimos en los barrios de ricos, nos hicieron invisibles para calmar su conciencia.

¡Bendita pandemia!, pudimos aislarnos y no ver sus consecuencias, se dijo en la cúpula del poder político y económico.

¡Bendita pandemia!, mostró que la realidad es un azote, flagela la conciencia, hace tomar conciencia, impide ocultarnos, ocultarnos en aras de la economía, de la paz social, de la globalización, se dijo en los barrios marginales.

Por una vez en los Estados Unidos se comenzó pensando en los de abajo y la ayuda no comenzó por los de arriba, los que no la necesitan. El llanto de un niño con hambre hizo caer la venda, un niño cortado de su futuro, hizo caer la venda, el espectro de los miserables sublevándose, hizo caer la venda.

Independientemente de si algunos tradujeron mentalmente el hambre en votos, o de si efectivamente se les cayó la venda, independientemente de si se preguntaron ¿qué hice yo para poner fin a la injusticia?, independientemente de si tuvieron la fuerza moral de decirse, yo soy parte del problema, yo lo vi y no hice nada.

Todos lo sabían pero la solución es muy costosa, no solo económicamente.

Políticamente una persona bien alimentada piensa mejor,

una persona mejor educada piensa mejor,

una persona que descubre que la miseria se puede evitar,

que no es una condena de los dioses,

los dioses de Wall Street,

que no se nació para servir

piensa mejor.

Independientemente de todo cálculo político se aprobó una ley de estímulo para combatir los efectos de la pandemia, los efectos del coronavirus partiendo por los más afectados por la peste de la desigualdad, ayer u hoy.

Algunos dicen que ese estímulo no estimula la economía, los pobres no consumirán, no trasformarán la ayuda en ganancias para mi empresa, pagarán deudas, intentarán bajar el monto de sus tarjetas de crédito puesto que vivieron del crédito, rebajarán lo pagado por intereses, y ello no ayuda a los bancos, ni a los bancos ni a mis acciones en los bancos, el dinero en el bolsillo de los pobres no sirve a mis bolsillos.

Algunos se preguntan ¿estímulo a la economía justo cuando la economía vuelve a comenzar a funcionar?, y añaden, aquellos individuos, aquellas familias que recibirán la ayuda se pueden malacostumbrar y pedir más o exigir soluciones permanentes. Una ley de estímulo tiene por objetivo llevarlos a consumir más, a gastar más, a no pensar en el futuro, a no intentar librarse de los tentáculos que los aprisionan:

Un arriendo no pagado y el temor a quedar sin techo, créditos que consumen lo poco o nada que se tiene, incluso librarse del temor a no tener qué comer. Una ley de estímulo debe pensar en la economía, la grande, la nacional, la global, no en los seres humanos. Debe traducirse en fábricas nuevamente produciendo bienes de consumo de duración limitada para que tengan que volver a comprarlos al poco tiempo, en la creación de empleos que no remplacen los que se perdieron, empleos que aprovechen la experiencia para tener seres que produzcan una mayor plusvalía. ¡Maldita pandemia!, dijeron, hizo que la conciencia social aflorara, que la desigualdad apareciera en toda su crueldad.

¡Bendita pandemia!, hizo que los de abajo digamos ¡nunca más!, no regresaremos al pasado, el hambre no es aceptable, los salarios de miseria no son aceptables, la miseria en sí no es aceptable, nuestra vida a cambio de otras vidas no es un trueque aceptable. No se trata de nosotros, los privilegiados, se trata de nosotros, la humanidad.

¡Bendita pandemia!, nos recordó que somos humanos, y que los que ven en el rostro de una persona un dólar deberían quitarse la venda de los ojos y recordar que la sociedad se rige por leyes de humanidad y no de mercado o mercachifles en la cúspide de la pirámide social.

Estamos en un punto de inflexión y de nosotros, todos nosotros, depende que salgamos adelante. Hoy nosotros avanzamos y la pandemia retrocede, hoy comenzamos a hablar del virus como un pasado inmediato, cada vacuna lo hace retroceder.

A los que votaron la ley de estímulo, gracias por evolucionar y pensar en los de abajo.

A aquellos que entre ellos desde hace tantos años han luchado incansablemente contra la desigualdad y por un salario mínimo digno, por energías limpias, gracias, gracias por estimular nuestra sed de justicia, nuestro deseo de proteger a nuestros hijos, nuestras hijas, nuestro planeta, de poner fin al racismo, a la desigualdad. Gracias por recordarnos que las plagas se pueden combatir, y ese combate sí es global.

La ley de estímulo no es la solución a todos los problemas, pero es un paso en la buena dirección, y si en la pospandemia hemos logrado sacar a los niños de la pobreza, alegrémonos, ellos son el futuro de la humanidad.

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