
El impacto de la pandemia del Covid, que todavía resuena, puede tener diferentes matices y muestra de ello es la historia de Angela Marín, la cual compartimos a continuación.
Angy es una inmigrante chilena que vive en Westchester, al norte de Manhattan, desde donde viaja de lunes a viernes para trabajar en una oficina de la calle 41, al lado este de la isla. A ella siempre le han gustado los perros y comenzó teniendo dos perros, a los que ama y diariamente saca a pasear.
Un día, durante uno de esos paseos, se encontró con su vecina Teresa y su mascota. Entablaron amistad y sus mascotas también, hasta que éstas tuvieron una camada de cachorros, de los cuales Teresa se quedó con tres. La amistad se fortaleció, compartían cada vez más tiempo. Su vecina era una persona de la tercera edad, una enfermera retirada que también amaba a los animales.

MASCOTAS DE LA PANDEMIA
Cuando comenzó la pandemia, la vecina de Angy enfermó y mientras estaba en el hospital, Angy cuidó de sus cuatro perritos, pero su vecina falleció. Lamentablemente Angy vio como la familia de Teresa “solo se dedicó a buscar las cosas materiales que quedaron, pero de los perros no se interesaron”. Entonces Angy decidió quedarse con los cuatro perritos. Sobre esta decisión Angy afectuosamente dice: “Yo no podía abandonarlos, ya que perdieron a su mamá, que era mi amiga. Claro que la vida se me hizo difícil, especialmente en tiempo de pandemia”.
La buena acción de Angy fue noticia en su barrio y una pareja de vecinos, también de la tercera edad, al enterarse de lo que hizo Angy, le pidió hacerse cargo de su perrita.
Ellos tenían miedo que si les sucedía algo, su mascota se quedaría sola. A Angy le dio mucha tristeza el ver la amargura que sentían sus vecinos, al pensar que si les sucedía algo, su perrito se quedaría totalmente solo y abandonado. Una vez más Angy aceptó tenerlo y nuevamente, otro perrito llegó a su familia.
Angy se sentía angustiada, -porque no tenía el dinero suficiente para los gastos de la creciente familia perruna-, pero tenía fe de que los compañeros de su amiga enfermera pudieran ayudarle y así sucedió, ellos hicieron una colecta a través de una página web.
Con eso Angy esperaba tener ayuda para las vacunas, pero sobre todo para los gastos especiales de uno de los perritos, que tiene un problema de riñón. Angy con decepción nos cuenta que “Lamentablemente existe gente mala, que se aprovechó de la situación”. Ella no recibió la ayuda.

BUSCANDO ALTERNATIVAS
A pesar de las desavenencias, Angy siguió adelante en su empeño por cuidar de la familia perruna y para ello vendió un vehículo, necesitaba el dinero para costear los gastos, sobre todo del perrito que recibía diálisis. En ese proceso, una amiga de Teresa, que se dedica a cortar el pelo y arreglar acicalar perros, le dijo que le ayudaría con el corte de pelo para sus canes, sin cobrarle, ya que su amiga fallecida había gastado mucho dinero llevándolos donde ella para su corte y baño. A pesar de ello a Angy ya no le alcanzaba el dinero y buscó un trabajo en la tarde y en el fin de semana.
Angy llevó una vez a los perritos, pero después nunca más la persona del arreglo de canes le dijo que fuera para que los bañara y cortara el pelo. Esa fue una nueva decepción, se sintió triste y decepcionada, pero pensó mucho para encontrar una solución sobre como poder costear vacunas, alimentos y decidió estudiar peluquería de perritos, para así ahorrar en el arreglo de su familia perruna.
Angy comenzó a trabajar en una empresa para arreglar a los canes a domicilio. En el camino hacia su trabajo, encontraba personas que le decían que no sabían qué hacer con sus mascotas, porque estaban mal por el tema del Covid, así Angy terminó adoptando a un hurón hembra y a una pequeña tortuga. Nuevamente se unieron a su familia perruna dos mascotas.
Su padre y su madre le ayudaban con el cuidado de sus mascotas, mientras ella trabaja, pero su padre falleció y a pesar de su enorme tristeza, Angy sigue adelante luchando por su familia adoptiva.

Diariamente Angy sale de su trabajo de oficina en Midtown Manhattan, va a su casa para ver a la familia perruna, saca la van de la empresa y va a cortar el pelo de sus clientes perrunos.
Llena de cariño por esas pequeñas e inocentes criaturas, hasta el día de hoy Angy continúa trabajando los siete días a la semana para poder costear las vacunas, el tratamiento de una perrita anciana con diabetes y alimentar al resto de perritos, al hurón y a los cuatro hamsters que se subieron, como dice Angy, “al arca”, donde les salva de la tempestad del abandono.
Existen muchas historias no contadas de la pandemia que en el 2020 paralizó al planeta, ésta es una de ellas, que demuestra que en el mundo hay esperanza, porque aún hay seres humanos que se solidarizan con las demás criaturas de la creación, sin esperar nada a cambio y sin ninguna ayuda.
Es inspirador y alentador que uno de esos héroes anónimos, sea una inmigrante latinoamericana. Eso demuestra otras facetas de las contribuciones de los latinos a esta nación.




























