
En el 2017 que ya casi acaba, el alcalde Bill de Blasio no ha podido sacudirse de las acusaciones de ser un abanderado del ‘pay-to-play’ (aporta y serás beneficiado).
Asimismo, su gestión no ha detenido la ‘gentrificación’, o sea, que personas con mayores ingresos desplacen de sus vecindarios a los menos solventes o de menores ingresos.
Como consecuencia, muchos viejos pobladores han continuado abandonando sus barrios. Bajo su gestión se ha dado carta libre a la proliferación de los grandes inversionistas, que solo dejan minúsculas concesiones a los trabajadores que ganan menos o perciben bajos salarios.
Asimismo, una de sus grandes deficiencias ha sido no ser capaz de dar una solución relista a los desamparados (homeless), que se han multiplicado por la permisividad de su administración. También, los pequeños negocios han carecido de protección bajo su mandato, y miles han cerrado o han reducido su presencia.
Aunque De Blasio ganó la reelección en noviembre reciente, su respaldo fue pírrico, en porcentaje de la población electoral existente.
Ha quedado flotando en el ambiente la participación de sus aportantes a su campaña, como el lobista James Capalino.
Este dio $50 mil a la campaña de reelección de Blasio. Capalino, de acuerdo a las denuncias, representó al vendedor original de un asilo de la calle Rivington en el Este del Bajo Manhattan y al urbanizador, que luego cambió a condominios de lujo.
El asilo se vendió en $28 millones, pero como condominio de lujo se valorizó en $116 millones (De Blasio supuestamente no sabia nada, pero el negociante era aportante a su campaña).


























