Todos conocemos los efectos de las rabietas de un niño caprichoso, rompe lo que tiene a mano por lo que no se le dio el gusto, grita, patalea, puede hacer y hacerse daño.
Los padres sabemos que hay que tener calma, que en ese momento actúa irracionalmente, que hay que tomar las medidas necesarias para que no se haga daño y que no destruya la casa.
Todos sabemos que los autócratas se resisten a dejar el poder, que se muestran irracionales, o aumentan su irracionalidad, que intentan destruir lo que piensan les hace daño, que están dispuestos a desafiar, desafiar la lógica, desafiar la ley, desafiar la realidad.
A un niño caprichoso se le pasa la rabieta, a un autócrata no se le pasa el ansia de perpetuarse en el poder.
Todos sabemos que cuando se conjugan la rabieta con el ansia del poder, que cuando no es un niño malcriado sino el presidente de los Estados Unidos, hay que mantener la calma.
Donald J. Trump, no quiere ganar la elección, quiere cambiar el resultado de la votación, quiere imponer su reelección, no quiere aceptar el poder del pueblo.
Sabe que la constitución le otorga enormes poderes, sabe que militares y civiles deben obedecerle, y cual niño caprichoso intenta usar esos poderes para destruir a los Estados Unidos.
Se niega a abandonar el poder, se niega a asegurar una transición democrática, no por lo que “es la tradición”, por lo que es la ley, y al hacerlo nos pone en peligro; en peligro frente a la peste, en peligro al jugar con nuestra salud. Es la amenaza, no del niño malcriado sino del dictador: conmigo o mueres.
Más grave aún, pone en peligro la democracia al encaminar a los Estados Unidos hacia una dictadura. Cambia los militares al mando para asegurar su comando, habla de mandos militares leales y no leales, llama a una peligrosa división a aquellos cuyo primer deber es acatar la ley y la constitución, a quienes deben negarse, por mandato constitucional y moral, a usar la fuerza en contra de su pueblo, a quienes deben cumplir la primera de sus tareas: defender la democracia y la voluntad popular.
Durante 4 años, los caprichos de Donald J. Trump prepararon el terreno, nos acostumbraron a que sus rabietas se pasan, a que todo se puede arreglar, nos acostumbramos a pensar en lo transitorio, sin pensar en el mal que puede causar más allá de sus cuatro años en la presidencia.
Hoy el presidente derrotado, el aspirante a dictador, amenaza con destruir nuestros valores, hoy sus rabietas son más peligrosas que nunca, hoy, en la calma, nos obliga a tomar medidas para evitar la tormenta, todos somos responsables de proteger la democracia, protegernos de las tentaciones insanas de un dictador en potencia.
Hoy cada republicano, cada demócrata, cada independiente, cada militar, cada senador, cada diputado, cada juez, cada uno de nosotros tiene un deber: impedir la deriva antidemocrática a la que intenta llevarnos Donald. J. Trump, impedir que haga daño en su rabieta, daño a las instituciones, daño a la constitución, daño a nuestra salud.
No se trata de esperar que se le pase la rabieta, se trata de hacerle ver que tiene que salir, que en estas elecciones pusimos otras autoridades a cargo del país, que la fuerza no está en la Casa Blanca, que la fuerza está en el pueblo, que esto es los Estados Unidos y no aceptaremos una dictadura.
No se trata de una transición de un presidente a otro, se trata de continuar caminando por la senda de la democracia.
El secretario de Estado de EE.UU. evita reconocer la victoria de Biden



























