EDITORIAL
La palabra migración viene del latín “migratio”, la cual de acuerdo con el diccionario de la Real Academia Española tiene dos significados similares: “Acción y efecto de pasar de un país a otro para establecerse en él”.
Se usa hablando de las migraciones históricas que hicieron las razas, etnias o pueblos enteros”. Y segundo: “Desplazamiento geográfico de individuos o grupos, generalmente por causas económicas o sociales o políticas”.
A los millones de personas que llegan a Estados Unidos con el objetivo de establecerse por tiempo determinado o indeterminado, se le llama “inmigrante”, muchos de ellos, mueren lejos de sus países sin ni siquiera poder un documento legal que les permita circular dentro del país libremente, por razones laborales o de ocio.
Por lo general el inmigrante se enfrenta con varios aspectos: en idioma inglés, una cultura diferente y una fisionomía completamente distinta.
En la ciudad de Nueva York, por ejemplo, la migración es un fenómeno que ha existido desde tiempos inmemoriales y que formado parte del desarrollo y de su evolución social, acelerado además por la globalización que, como proceso de internalización de las actividades sociales, políticas, económicas y financieras propician el escenario
perfecto para que con mayor frecuencia se produzca.
A la Gran Manzana sigue creciendo, en los últimos 10 años llegaron a la ciudad más diversa del mundo más de 629,000 personas, de los 8.175 millones medidos en 2010.
Cientos de esas personas son inmigrantes indocumentados que aportarán al dinamismo económico de una ciudad culturalmente diversa que se recupera a un ritmo acelerado después de vivir los embates de la pandemia del COVID-19.
Emigrar se ha convertido especialmente en los jóvenes, en una acción cada vez más común debido a la facilidad que hay en la actualidad para viajar y al hecho de que los canales de comunicación son cada día más avanzados, facilitando la información.
Sin embargo, el emigrar no es una decisión que deba tomarse a la ligera por varias razones de peso.
Lamentablemente, hay ideas erradas sobre el emigrar que han fomentado a la normalización de esta acción. Se ha hecho poco eco sobre los riesgos emocionales y psicológicos que pueden acarrear una mala o repentina decisión emigratoria, como los beneficiarios del programa DACA que llevan años esperando con ilusión obtener un
documento que les permita visitar a sus familiares en el exterior.
Las migraciones como fenómeno humano constitutivo de la sociedad latinoamericana hacia Estados Unidos, es otro severo desafío que enfrenta la región.
Por un lado, muestran las contradicciones y el grado desigual de desarrollo de las sociedades que viven en el continente, sobre todo en el Triángulo Norte centroamericano con el acoso por pate de los grupos delincuenciales organizados, desnudando las dificultades de miles de miles de personas que arriesgan todo para lograr una vida
acorde a sus expectativas en el lugar donde nacieron y crecieron.
Por otro lado, implica una constelación de nuevos problemas sociales, legales y culturales, para los que buena parte de las políticas públicas tradicionales no estaba preparada: nuevos desafíos de integración social y de tolerancia cultural en un mundo crecientemente competitivo y tenso.
Las migraciones significan, además, un escenario de crisis para la familia que la vive, ya sea porque el jefe o los jefes de familia parten dejando atrás a sus hijos, por el traslado de toda la familia en búsqueda de nuevas perspectivas trae aparejada la instalación en un nuevo medio que muchas veces es desconocido, hostil, que reacciona con diversas formas de resistencia al que llega del extranjero y en el que el migrante no encuentra el mucho o poco capital social que tenía en su país de origen.
Esto significa que la familia, y en particular sus miembros más sensibles viven usualmente con la migración una situación de alta vulnerabilidad; es decir, un aumento de los riesgos y la posibilidad de que sus derechos se vean dañados o su integridad afectada, lo que es muy grave en las migraciones no queridas o no buscadas.
Asimismo, las urgencias socio-económicas llevan a la familia migrante a vincularse tempranamente a las primeras formas de sobrevivencia que encuentra en el nuevo medio, aceptando empleos informales, malsanos y de baja remuneración.
En este contexto, el peligro para los niños es grande. La pérdida de cohesión, las dificultades de integración al nuevo medio, la falta de referentes, las rupturas de los vínculos entre los padres, generan situaciones de abandono, donde el riesgo social de desembocar en la renuncia a la escolaridad, la mendicidad, el delito, los trabajos nocivos
o inconvenientes, son proporcionales a las dificultades para encontrar una vida familiar en el nuevo país de residencia.
Por esto es que el aumento vertiginoso de los casos de trata de niños y de mujeres en la región no puede dejar de vincularse a la emigración y los desplazamientos forzados: son circunstancias que terminan generando estrategias de supervivencia desesperadas.
En conclusión, emigrar no es una decisión sencilla, y como toda decisión requiere de mucha madurez para que el cambio sea lo más llevadero posible.
Los legisladores tienen en sus manos brindar un camino seguro y sostenible hacia la ciudadanía a casi 11 millones de inmigrantes, lo que permitirá entender los riesgos de la emigración y las falsas expectativas que se generan por ver como algo popular el irse a otro país.
Si se toman las debidas medidas y precauciones, el emigrar puede ser menos riesgoso e incluso llevarnos a donde queremos ir con las mejores herramientas, logrando aprovechar al máximo las nuevas experiencias.



























