La última masacre

Todos lo sabemos: los Estados Unidos aprende de la historia, somos un pueblo civilizado. Nuestros gobernantes aprenden del pasado, somos un pueblo avisado.

Los 185 muertos a balazos en un fin de semana se olvidarán con el pasar del tiempo, somos un pueblo de frágil memoria.

Nunca más será nunca más.

Por fin llegará el día de la última masacre, aquel cercano día en que quedarán solamente dos sobrevivientes, dos paseando por los caminos despoblados de América, dos, hasta que se encuentren y el largamente planeado, largamente deseado último enfrentamiento se produzca y ambos se disparen al mismo tiempo.

Lo trágico de esta historia es que no quedará nadie para decir que está consternado, para arrodillarse frente a un pozo de sangre, para depositar una flor, para intentar calmar el dolor.

Nadie.

Solamente el viento secando una última lágrima no derramada. Solamente el viento mudo testigo del triunfo de la locura, de la supremacía blanca.

Un supermercado en Búfalo, una iglesia, una escuela, una calle, una fiesta vecinal, son los escenarios de la violencia, su supermercado, su iglesia, su escuela, su calle, su casa.

La irracionalidad camina por las mentes contaminadas de jóvenes de 18 años, aquellos que comienzan la vida, aquellos que piensan que nadie puede ser igual a ellos, aquellos a quienes les inculcaron el odio, el desconfiar del otro, el sentir que les están robando su futuro, sus posibilidades, que América la grande se empequeñece.

Aquellos que creen que el color de su piel les garantiza una vida confortable, les da derechos sobre el otro, aquellos que se sienten humillados si el otro llega a una mejor universidad, si el otro aspira a, y obtiene, un mejor trabajo, si el otro le tiende la mano en vez de besarle los pies.

La América racista, la América de los supremacistas blancos, la América del resentimiento no es la América del futuro, pero desgraciadamente es la América del presente.

¿Soluciones?

Educación. Entregar las herramientas para entender el mundo en que vivimos, las herramientas para entender al otro, para eliminar toda violencia, desde la escondida tras cuatro paredes en los hogares, esa violencia de la cual son testigos, y aprenden, nuestros hijos, nuestras hijas, hasta la violencia ciega de serpientes enrollándose en las banderas.

Enseñar a amar los colores, la diferencia en la piel, la diferencia en el pensamiento, enseñar a descubrir la riqueza de la diferencia en vez de la pobreza de la uniformidad.

El proceso será largo.

En el intertanto no quiero más promesas, más personas arrodilladas frente a una sangre secándose antes de convertirse en polvo y ser barrida por el viento, más declaraciones que por repetitivas pierden todo su sentido y nadie las cree.

Quiero ir al supermercado y no tener que mirar por sobre el hombro temiendo que tras un tomate esté la muerte.

Quiero que los creyentes, cualquiera sea su fe, se puedan arrodillar en una iglesia, templo o sinagoga para orar y no para llorar, que en las escuelas sea la fraternidad la que impere, que se enseñe que hay diferentes valores y que ello es justo y válido y que se deben respetar.

En fin, quiero que nunca más.

En el intertanto, aquellos que nos gobiernan tienen la responsabilidad de sacar las herramientas de muerte de las manos de la población.

No quiero un mayor control, es inútil, siempre se pueden adquirir.

Pido sacarlas de una vez y por todas de manos de los civiles hasta el día en que nadie crea que debe tenerlas para defenderse, ¿defenderse de quién?, para alimentar sus fantasmas quitando la vida a otros en un supermercado de un barrio con población mayoritariamente negra, en un supermercado de un barrio población mayoritariamente latina, en un supermercado de un barrio con población mayoritariamente asiática, en mi supermercado.

Cambiemos, primero nosotros, luego la historia para que no llegue el día en que la irracionalidad triunfe.

Y ello no depende de los otros, depende de cada uno, de cada una, por ahí se comienza. Recordemos que uno, más uno, más uno, podrán cambiar la América del odio, del resentimiento, del racismo, de la violencia extremista, de la violación de los derechos del otro, de los derechos de las mujeres, y construir una nueva América.

Nosotros tenemos la palabra, el gobierno y los políticos la responsabilidad.

No los quiero arrodillados junto a mí frente a otro charco de sangre secándose, los quiero de pie tomando las medidas necesarias, la primera, arrancar las armas de guerra de las calles y prohibir su posesión a civiles. Es inmoral y debería ser ilegal.

* Escritor, poeta y director de teatro chileno, miembro correspondiente de la Academia Norteamericana de la Lengua Española. Reside en los EE. UU.

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