La Madriguera,
una obra de acción que buscó inspiración en la lucha libre
Por Nilda M. Tapia IMPACTO LATIN NEWS
de "La Madriguera".
Producción del Grupo Teatro del Arte N.Y. bajo la creativa dirección de Juan Carlos Mañón.
Presentada en el IV Festival de Teatro Hispano del Comisionado Dominicano de Cultura en Los Estados Unidos, celebrado desde Febrero 18 a Marzo 27, 2014, en su sede del Alto Manhattan en Nueva York.
Nueva York.- La Madriguera es una obra dramática de dos personajes del dramaturgo Jairo Aníbal Niño. Trata de la lucha desenfrenada del hombre por el poder. Para acentuar el drama, la acción transcurre en una cueva, donde un dictador es forzado a huir y esconderse con su edecán más inmediato para burlar la persecución de las fuerzas que lo han destituido de su poderío dictatorial. Allí, en un espacio reducido y desprovisto de los más elementales requisitos de comodidad, el dictador abusa de su ayudante, al punto de pretender reducirlo a un servil objeto. El ayudante, que en otro momento le sirvió con humildad y respeto, capta el temor de su jefe a la soledad. Con este referente, el humillado va cobrando valentía y fuerzas para enfrentarse al desenfrenado personaje, que al ver que su poder se le diluye de sus manos, acude a cuanta artimaña puede para pisotearlo y exigirle el respeto que presiente ya perdido. Hay confrontaciones y luchas en varios momentos de la obra, y en ellos, la acción va delineando las inclinaciones y recursos de cada uno de los personajes. Cabe destacar que tanto el diálogo como la acción son elementos muy importantes en esta pieza en que cada personaje juega constantemente con el deseo de sobrevivir y el desenfreno de mantener o ganar un poder que avasalla y no parece tener ninguna medida.
El actor de carácter, Gustavo Peña, encarna al dictador mostrando una gran determinación de llevar su personaje a los excesos más detestables que un ser humano practica para lograr su bajo cometido. Pero también nos hizo sentir sus vulnerabilidades con la debilidad animal de un león herido. Sus momentos intensos, tanto de bravura como de temor los entregó con una gran fuerza natural en su actuación, recurriendo más a su instinto primitivo varonil que a su técnica – un recurso muy loable en este actor que se nutre más de su experiencia escénica que de lo que le pueda brindar el método teatral. Nos recuerda los grandes actores de nuestro cine de antaño, donde las grandes figuras aprendían allí, actuando frente a las cámaras, porque la ocasión de actuar les llegaba mucho antes que la transmitida y estudiada técnica.
El actor elegido para su contrincante parece haber sido una excelente determinación del director de escoger una figura que, como Ramón Hierro, sí se nutre de esa técnica que le ayuda mucho en la parte intelectual del personaje. A cargo del papel más difícil en este tipo de escenificaciones, es el débil que va adquiriendo valentía a medida que la ansiedad crece con el encierro en el personaje más fuerte y va mostrando su vulnerabilidad. Hierro recurrió a una actuación más orgánica y estudiada. Su labor escénica fue excelente, mostrándose sumiso y reverente en los comienzos para ir cobrando bríos y astucia hasta alcanzar la brillantez en la lucha cuerpo a cuerpo. Más que una obra de teatro, parecía una contienda de lucha libre entre avezados luchadores del bíblico valle del Punjab: una verdadera y avasallante muestra de confrontación humana, con un convincente pero sorpresivo desenlace.
A Juan Carlos Mañón lo recordaremos como el director que maneja la acción con la destreza del mejor de los entrenadores digno de preparar a cualquier deportista que se las quiera jugar… Comencemos por aplaudirle la elección de estos dos actores: el natural, con su avasallante fuerza varonil y su estampa innegable del hombre fuerte y temerario, que todo lo puede, frente al actor de mucha técnica, al que se le puede pedir los milagros que debe de consumar una actuación interna y profunda para pasar de un personaje débil y sumiso, al aguerrido y valiente confrontador de un imposible. Aplaudible también fue su dirección escénica y la creíble fuerza en la acción que generó su batuta. Quizás necesitemos a Juan Carlos para que monte este tipo de obra, tan necesaria para el teatro en español (TeE) en la tarea de atraer a ese público que prefiere el deporte al arte… El teatro sigue aceptando este tipo de espectáculos para ganarse al común denominador de ese silencioso y respetable elemento teatral que se llama precisamente así, el respetable público… O acaso los clásicos en el Siglo XVII no acudieran a la caballería para atraer a ese vulgo campesino y mercader a sus presentaciones rudimentarias en los albores de la escena teatral.



























