Por Karina Borodnikoff
El avance de las tecnologías de la información reconfiguró todo el ecosistema de los medios de comunicación.
La información dejó de ser patrimonio de los periodistas y la legitimidad de su naturaleza comenzó a ser cuestionada de varias maneras. Años atrás, lo que se leía en un periódico, o lo que se decía en un noticiero, era casi una verdad incuestionable para la mayoría de la población. Gran parte de lo que conocíamos sobre el mundo era producto de un relato, propiedad casi patrimonial de unos pocos medios. La construcción de la realidad era –y lo sigue siendo en gran medida- una tarea de los medios y se bajaba a la opinión pública de una manera unidireccional, sin demasiado lugar para la interacción y el cuestionamiento. Sabemos, lo vivimos a diario, que la información se ha convertido en una especie de “work in progress”. Existe un ida y vuelta permanente entre los lectores y los periodistas. Se ha desmitificado cierto carácter “sagrado” de la noticia. Los medios proliferaron en nuevos formatos y se multiplicaron. Todas las personas tienen la posibilidad de manifestar su opinión desde blogs, redes sociales y en la sección de comentarios para los lectores, de cada diario. En la actualidad, cada persona es un medio de comunicación en sí mismo. Claro que el impacto e influencia no se compara al de los grandes y tradicionales medios.
A pesar de los avances y de la experiencia, la sociedad aún no ha internalizado por completo este aspecto cuestionable de la verdad objetiva. Por este motivo, el impacto de los medios hegemónicos, a nivel global, aún conserva la delantera al momento de dar cierto veredicto final sobre la verdad de los acontecimientos. A veces, son los propios periodistas los que perpetúan su poder e influencia. Aún hoy, se leen frases que citan a determinados, prestigiosos e influyentes, periódicos como los únicos guardianes de la verdad. Información que han publicado y cuyo contenido se toma como una verdad, por momentos, incuestionable. La salud de las sociedades y de las democracias depende mucho de poder conservar un análisis lúcido y crítico sobre todos los medios de comunicación y, en especial, sobre aquellos que más impacto causan a nivel global. La construcción de la realidad política y social del mundo, tal cual la percibimos, muchas veces se elabora en las cocinas de los grandes medios. Es importante que valoremos la información de los medios que se han ganado el prestigio, pero es fundamental que siempre tengamos presente que, aún los comunicadores más prestigiosos, vuelcan en las páginas de estos diarios contenidos editorializados, que debe ser analizado. Por acción u omisión la realidad se construye con una intencionalidad determinada. Este recorte exprofeso para contar lo que sucede requiere ser filtrado y sometido a análisis.
Es bueno tener presente ciertos ejemplos que nos recuerden que la crítica es un ejercicio sano y necesario.
Wikileaks nos permitió comprender la naturaleza cuestionable del periodismo tradicional de una manera muy contundente. Veamos un “caso cerrado a nivel mundial”, cuya verdad jamás se hubiera conocido sin la desclasificación de los secretos de estado norteamericanos:
Hacia fines del año 2001, los grandes medios de comunicación del mundo difunden en sus primeras planas, en sintonía con la Casa Blanca, titulares que aseguran la existencia de armas de destrucción masiva en Irak. Los siguientes fueron algunos de los titulares en la portada del New York Times: "Un iraní habla de los nuevos emplazamientos de armas químicas y nucleares", "Arsenal secreto (de Irak): en busca de las bacterias de guerra", "Un desertor describe los progresos de la bomba atómica en Irak".
En el mismo sentido, publicó el Washington Post y replicaron todos los medios de comunicación más poderosos del mundo.
Los efectos en la opinión pública y en la comunidad internacional fueron, nada menos, que el apoyo a la guerra, a la invasión de Irak.
El 20 de marzo de 2003 comienza esta invasión.
Pero, la historia y el tiempo pusieron luz sobre estos acontecimientos y se supo, fehacientemente, que nunca existieron tales armas de destrucción masiva, ni planes para construirlas- el motivo de la guerra. Esta información fue reconocida por los servicios de inteligencia y el Departamento de Estado norteamericano, en cables secretos. Secretos que fueron interceptados por Wikileaks y difundidos al mundo. Ya no había forma de seguir manipulando frente a evidencia tan contundente.
El 25 de agosto de 2004, el jefe de redacción del Washington Post, Steve Coll, renunció a su cargo, tras reconocer su mala praxis periodística y las mentiras difundidas en este periódico.
Otras renuncias sucedieron en el New York Times, que expresó su mea culpa y reconoció su falta de rigor en la presentación de los acontecimientos que condujeron a la guerra. Se lamentó por haber publicado “informaciones erróneas”, palabras textuales de este periódico.
El 2 de diciembre de 2008, Bush admitió públicamente que fue "un error"
Con apoyo de la comunidad internacional y de la opinión pública (que estuvo a favor de la invasión. Llegó a la conclusión que era lo más conveniente, por lo leído en los medios de comunicación más influyentes), el resultado de este conflicto fue: más de un millón de muertos, torturas y crímenes de lesa humanidad.
La realidad se construye. No es una entidad objetiva que nos presenta las cosas tal cual son. En un momento en que el mundo se está reconfigurando, a partir de las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación, resulta determinante poder entender en qué lugar estamos parados y desde dónde miramos.




























