
No se sabe si nos encontramos al fin de la primera ola del coronavirus o al comienzo de la segunda, lo que sí se sabe es que está aquí, presente y propagándose.
No se sabe si el libro de Bolton es el último de la primera ola de libros sobre Trump o el comienzo de un tsunami de libros del estilo “yo fui testigo”, con un cierto sabor a fui testigo y callé, pero soy inocente.
Las editoriales buscarán el título más vendedor y como nadie lee 500 páginas nos quedaremos con algunos comentarios del estilo “yo lo leí y lo que me impactó fue…”, y nos darán a conocer una frase impactante.
De que es ignorante, lo sabemos, de que no es el único gobernante ignorante, lo sabemos, de que la sabiduría o la inteligencia no son requisitos para ser mandatario, lo comprobamos, de que tampoco lo es la calidad moral, lo estamos viviendo.
De que priman sus intereses sobre los del país, lo sabemos, los dólares caen como cataratas sobre su familia, de que llegan pobres –y que conste, no es este el caso– y salen millonarios, lo sabemos.
De que gobiernan en función de su reelección y todo lo que pueda amenazarla se oculta, lo sabemos.
De que pidió ayuda al exterior para hacerse elegir y buscar su reelección, lo sabemos.
De que no debería estar en el cargo que ocupa y que pone en peligro a su pueblo, lo sabemos.
De que un autócrata admira a otro autócrata, lo sabemos, son especies que se cruzan entre ellos, y si en algún momento se disputan entre ellos es por lo que afecta su poder o sus ganancias.
De que se rasgan vestiduras por lo que apoya la construcción de campos de concentración en China, lo sabemos, es antiamericano. ¿Es antiamericano? ¿O es: lo sabemos, lo sabíamos y callamos?
Se torturó en Abu Ghraib, y lo sabemos, y lo vimos en los cuadros de Botero, se encerró en Guantánamo sin derecho a juicio, y lo sabemos, y lo olvidamos.
Se apoyó a dictadores en Latinoamérica, se derrocó gobiernos legítimos, se legitimó la tortura y el asesinato, pero callamos, los gritos de los torturados surgieron de los centros de detención y los silenciaron. Nuestros intereses estaban en peligro, nuestras empresas estaban en peligro, cuando el capital peligra, la vida de otros no importa.
Que el libro de las revelaciones no sirva de excusa como un sanitizer mental para que limpiemos nuestra conciencia.
Lo sabía y callé, lo sabíamos y lo ignoramos, y esa cobardía puede llevarnos a una nueva catástrofe, una catástrofe sanitaria, aquella que está poniendo en peligro nuestras vidas, lo sabemos, y hacemos la vista gorda, una catástrofe moral, lo sabemos y sin embargo seguimos en peligro, una segunda ola de Trump puede significar un cataclismo.
Enfrentados a un lo sabemos, a un tenemos conciencia del peligro, enfrentados a la ignorancia que mata, a un pasado que nos pesa, enfrentados a una elección, me pregunto ¿cuáles son los parámetros que decidirán mi voto?
¿El clamor de la desigualdad? Ciertamente.
¿El grito no silenciado de las protestas? Ciertamente.
¿El programa ofrecido? Ciertamente.
¿La capacidad mental del candidato? Ciertamente.
Lo concreto, lo real, el cambio necesario, la seguridad de un cambio, ciertamente.
Pero también algo que no se puede medir y sin embargo pesa tanto o más que lo anterior, la calidad moral del individuo que desea le confiemos el poder, y aquí la barra es alta, muy alta si queremos retomar el camino de la racionalidad, del respeto a los derechos humanos y de la dignidad y salir de la pandemia sanitaria y moral en que vivimos.



























