La larga travesía que continúan realizando quienes buscan llegar a la tierra de la libertad y al hogar de los valientes, es digna de una película.
Cada historia es única y diferente, ahora compartimos en exclusiva la de un joven refugiado venezolano, a quien llamaremos José Luis, con detalles de su increíble odisea.

José Luis, nació en Caracas al igual que sus progenitores, pero se enorgullece al contar que sus ancestros son inmigrantes de otros continentes, que llegaron a América desde las islas Canarias e incluso de la India.
A los diecinueve años inició su propia familia, trabajaba como contador público y junto a su esposa, estudiante universitaria y su pequeña niña de dos años, en el 2010 viajó a Estados Unidos de turismo. En Venezuela tenía su casa, su auto y todo iba bien hasta el 2012, cuando cumplió veintitrés años.
DE VENEZUELA A ECUADOR
En el 2013 comenzó a sentir los cambios de la política interna en Venezuela y la persecución ideológica a quienes no simpatizaban con el gobierno. En su trabajo fue uno de casi treinta empleados despedidos por razones políticas. En el 2016 su hija ya tenía ocho años y su hijo menor cuatro.
En agosto de 2016 emigró a Ecuador solo, cuando los venezolanos no necesitaban visa para ingresar al país. A los tres meses ya era residente. Llegó a Quito, se alojó inicialmente donde unos compatriotas que estaban de paso hacia Chile. Conoció a un sacerdote y fue voluntario cocinando y haciendo todo tipo de labores en un convento, hasta que por internet consiguió trabajo en Ambato, donde laboró seis años como administrador de un hotel.
¿Por qué escogiste a Ecuador para emigrar?
- Busqué por Internet y Ecuador en ese momento tenía estabilidad económica, los sueldos eran en dólares. Otra opción era España, pero habría sido más problemático viajar a Venezuela para ver a mi familia. Ecuador tenía de los mejores salarios en el continente y mayor facilidad para legalizarse. Cuando llegué a Ecuador, no había inmigrantes venezolanos.
¿Cómo fue tu experiencia en Ecuador?
- Siempre estuve legal, tengo muy buenos recuerdos, dejé muchos buenos amigos, no recibí malos tratos. Mis hijos también entraron legalmente a Ecuador, pero cuando mi hijo llegó, en la escuela pública sufrió mucho bullying de los niños, muy fuerte, incluso necesitó ayuda psicológica. Mi hermana menor también emigró a Ecuador. Mi esposa se quedó en Colombia y ahora estamos divorciados.
En junio de 2022 decidí emigrar a Estados Unidos para darles a mis hijos mejores oportunidades educativas. En Ecuador estaba económicamente bien, ganaba tres veces el sueldo básico, paseábamos todos los fines de semana, visitamos todas las provincias de Ecuador.
¿Cómo fue el viaje de Ecuador a Estados Unidos?
- Mi hija y yo teníamos la visa renovada desde nuestro primer viaje a Estados Unidos, pero mi niño no, porque cuando viajamos él aún no había nacido, por eso debimos viajar por tierra. Tomé la decisión por una amiga que lo hizo antes, ella llegó con su hija discapacitada y me dio el contacto.
Salimos el 8 de septiembre de Quito a Ibarra y de ahí hasta la frontera, donde hicimos el proceso para salir legalmente de Ecuador y entramos legalmente a Colombia. Éramos un grupo de treinta y cuatro personas, incluyendo tres niños, siete éramos venezolanos, pero todos hicimos una familia, nos apoyamos y todos cruzamos la frontera a Estados Unidos.
¿Qué se lleva en el equipaje para este tipo de viaje?
- Dos mudadas de ropa extra, una para dormir y otra para cambiarse, botas de montaña y un par de zapatos extra, panela, sopas de fideos instantáneos, atún, chocolate, pan en tajadas y dinero.
¿Cuál fue el trayecto?
- De Medellín en autobús hasta Necolci, de ahí en lancha a Capurganá, un viaje de dos horas y media. Conseguimos un guía que nos introdujo al Darién, hasta un pueblo llamado Acandi, esa es una de las varias entradas de esta región.
En el Darién duramos tres días solo caminando, -desde que salía hasta que se escondía el sol-, la noche acampamos en carpas, comíamos comida rápida, galletas, atún, pan, dulces. durante el día no se puede detener, solo muy rápidamente para algo básico, puedes perderte del grupo.
LA SELVA DEL DARIEN
En el Darién hay ríos, muchos peligrosos que hasta se ahogan, ríos fuertes los cruzábamos con sogas,escalando entre las rocas. Esa zona es de monte, lodo, subidas, bajadas, uno se cae se levanta. Si se moja el equipaje igual hay que caminar cargándolo, por eso se ve ropa por todos lados, porque la gente la desecha por el peso.
Fue una área tranquila, porque el Darién se divide en zonas dependiendo del peligro, unas cuestan de treinta a cuarenta dólares, ahí roban, matan y violan. Hay una área que cuesta mil dólares cruzar y solo se camina una hora, eso no pude financiar, éramos cuatro en mi familia y no teníamos cuatro mil dólares solo para ese trayecto. Nuestra ruta por Acandí costó trescientos dólares por cada uno, los únicos que no pagan son niños bien pequeños que van en brazos.
Desde Acandí cruzamos a un refugio en la falda de la montaña en motos, horrible por los golpes. Desde el campamento se sube la montaña hasta la frontera con Panamá, después de dos días llegamos a Bajo Chiquito, ahí finalmente encontramos baños y chozas, llegamos en canoa gracias a que el río estaba crecido, caso contrario se debe caminar. Las canoas cuestan veinticinco dólares por persona.
DE PANAMÁ A COSTA RICA
En Bajo Chiquito hicimos el registro migratorio con las autoridades de Panamá. Es un cuaderno en los que la policía escribe, nombres, apellidos, de donde vienes, a donde vas y quién te acompaña. Descansamos, no en las carpas, porque todo se bota en el camino, no hay hoteles, rentan el espacio debajo de las viviendas por dos dólares por persona, pero como les compramos la comida, nos dejaron dormir gratis. Fue lo más civilizado que conseguimos en tres días.
Después de una noche de descanso, continuamos en una piragua que cobró veinte dólares por persona para llevarnos a un refugio de Naciones Unidas, donde dan atención médica, psicológica, hay entretenimiento para niños, ahí se escuchan historias y tragedias, lo malo que le pasa a la gente que no paga la seguridad en el camino.
Ahí pasamos dos días, recogimos basura, limpiamos los albergues, repartimos comida. Ayudamos para que no nos cobren cuarenta dólares que cuesta el pasaje hasta ciudad David, desde donde salimos en van hasta la frontera con Costa Rica, caminamos hasta llegar a Neily y luego a San José.
Continuamos hasta Los Chiles, donde nos esperaba un guía que nos ayudó a cruzar por El Naranjal. Fue el peor trayecto, dos horas y media a pie, en un pantano, no había agua, consumimos las naranjas amargas en el camino, hasta llegar en lancha a La Esperanza, donde descansamos un día en la casa del guía. Cruzamos Costa Rica en dieciséis horas.
DE NICARAGUA A HONDURAS
A las once de la noche salimos de esta zona, para cruzar el punto migratorio Pájaro Negro. Salimos en camionetas cuatro por cuatro, iban a toda velocidad por calles bien oscuras y llegamos a un punto donde las camionetas pararon súbitamente y salió un grupo de gente con machetes y linternas que nos hicieron meter a una montaña, para pasar cobraron cincuenta dólares por persona, incluidos niños.
Atravesamos las montañas llenas de lodo, salimos a una carretera bien sucios, nos caímos frecuentemente. Caminamos totalmente a oscuras hasta que nos subieron a un camión para transportar ganado. Dos horas viajamos sesenta, como sardinas en lata y llegamos a un pueblo a las tres de la madrugada, a un terminal de buses de donde salimos a Managua y de ahí a Ocotal, luego a Trojes, Honduras.
Ahí duramos dos días, porque nos dieron un salvoconducto para atravesar este país. De Trojes viajamos tres horas a Danlí y de ahí a la capital Tegucigalpa, de ahí hasta Corinto en la frontera con Guatemala.
DE GUATEMALA A MÉXICO
En Guatemala la misma policía extorsiona a los migrantes, se suben a los buses para quitarles el dinero. Guatemala fue el peor trayecto, demasiada corrupción, los policías uniformados nos hacían bajar y nos pedían cien quetzales por cada uno o lo que ellos querían y debimos darles algo, lo que tuviésemos, para que no nos regresen a la frontera a Aguas Calientes, en Honduras.
Al llegar a Ciudad de Guatemala dormimos en el terminal de autobuses, a donde debimos correr para que no nos hicieran nada. No hay control, los pasajes publicados dicen un precio y en los autobuses cobran lo que quieren, diez veces más.
Salimos en bus a Tecún Umán y luego pasamos el río en unas llantas de caucho gigantescas con madera encima y en diez minutos llegamos a Ciudad Hidalgo, no pasamos por el puente de imigracion.
Demoramos dos días para pasar esquivando los retenes migratorios, pasamos Tapachula, caminamos toda una noche en asfalto, que fue más duro que caminar en la montaña. Cruzamos siete pueblos, viajamos en unas pequeñas vans a San Pedro Tapanatepec, ahí esperamos dos días, nos dieron un permiso de once días para salir de México con familia, a los solteros solo les dieron siete días.
En catorce horas llegamos en bus a Ciudad de México. Pasamos por Puebla, el único punto migratorio en nuestro trayecto. De la capital salimos en bus hacia Ciudad Juárez, el pasaje costó ciento cincuenta dólares. En México pasamos muy bien, no tuvimos ningún percance, compramos comida china y tortillas a un dólar el kilo.
DE CIUDAD JUÁREZ A TEXAS
Después de un día de viaje, en Ciudad Juárez nos esperaban unos taxis que cobraron veinticinco dólares por persona. En diez minutos nos dejaron en un punto de cruce por un riachuelo, caminamos ocho minutos hacia abajo del muro fronterizo y ahí encontramos a la Patrulla Fronteriza de Estados Unidos.
En el centro de detención en El Paso entramos con nuestros pasaportes. Nos tomaron las huellas digitales, fotografías, nos hicieron guardar lo de valor en una funda transparente y botar toda la ropa, incluso cordones de zapatos, correas. Nos bañamos, nos dieron el uniforme de la prisión a todos, incluidos los niños y unas sandalias.
Al centro ingresamos el 6 de octubre, salimos el 12 de octubre, pasamos una semana durmiendo y comiendo. En el desayuno pan con huevo, queso, en el almuerzo tacos mexicanos con fríjoles o vegetales, papas con mayonesa, en la noche hamburguesa de pollo o carne. Hasta que nos liberaron y ahí fue una locura, salimos y era un desastre, la gente hablaba del título 42. Nos llevaron a un albergue a una hora de viaje, al siguiente día nos llevaron a un galpón y de ahí nos mandaron en bus a Nueva York, en un viaje de cuarenta y ocho horas.
Salimos de Texas el 14 de octubre y llegamos a Nueva York el 16 de octubre. Nos recibieron con mucha cordialidad, nos explicaron que no tengamos temor, a donde íbamos a ir, nos ayudaron en el albergue a sacar el seguro médico.
¿Te arrepientes de haber emigrado de esa forma?
- De la decisión creo que no, pero llegué en mal momento, por el clima, fue un choque, la falta de oportunidades laborales, cuantos meses sin trabajar ha sido difícil. El viaje me costó seis mil dólares y sé que los voy a recuperar cuando trabaje, la ventaja es que no vine con préstamos, ni he quedado endeudado.
¿Se puede viajar sin los coyoteros?
- No use coyoteros, la mayoría de la gente que viene actualmente no usa coyoteros, la mayoría de gente se entrega a migración directamente, la gente con coyoteros gasta diez y quince mil dólares por persona.
En mi caso, uno va viajando por su propia cuenta y cuando llega a un lugar, llama al contacto en cada lugar, mi amiga me dio los contactos, me advirtió de los peligros, ella fue quien nos alentó.
Mi tío vino antes y a él le agarró la migración en México, pasó preso dos semanas, salió y consiguió trabajo como pescador, pasó dos meses y luego logró llegar a Estados Unidos.
Para nosotros fue una aventura, cuando pasábamos los pantanos nos agarrábamos todos de las manos, nos cuidamos, todos estamos en Nueva York, nos hemos reunido, la mayoría trabaja en construcción, otros se fueron a Chicago, otros a Minnesota.
¿Vale la pena arriesgarse?
- Es algo personal, cada caso es diferente, yo no daría ningún consejo, lo mejor es no aconsejar. Me fue bien en el trayecto, pero al llegar me ha ido mal porque no encuentro trabajo.
Hay gente que llegó endeudada, porque tenían que cubrir sus gastos, pero no porque pagaron coyotes. La gente con coyotes viene en avión hasta Nicaragua o países que no piden visa.
Un mensaje final.
- Debemos aprender que, de la gente que menos esperas puedes recibir algo, o que puedes tener dinero pero no tener en donde comparar. Hay un punto de supervivencia que todos debemos superar. Este viaje nos ha cambiado a muchos, hemos aprendido a convivir con otra gente a la que veíamos como extranjeros y que en el camino se han convertido en familia.



























