
Máscara o no máscara en la cara del presidente Trump en su primera concentración tras recuperarse –no completamente sanarse– de la enfermedad; máscara o no máscara en los momentos en que la pandemia retoma fuerza en los Estados Unidos y el mundo; máscara o no máscara en la cara de la máxima autoridad del estado de Florida; máscara o no máscara ignorando las recomendaciones de las autoridades médicas, no es lo más importante que surge de la primera concentración masiva del presidente Trump el día de ayer.
Analizar la voz del presidente para ver si estaba bien, la fortaleza mostrada, o el contenido de su discurso –cientos de frases, muchas no terminadas, lanzadas a una gran velocidad para hipnotizar, no dejar pensar, repetición casi exacta de discursos anteriores– tampoco es lo más relevante.
Miles y miles multiplicados por otros miles y miles dispersos en América, miles y miles hasta sumar el 40%, o el 41, o el 42, o, hasta el 45% de la población, miles y miles siguiendo al líder, miles y miles dispuestos a enfrentar la muerte para ver, escuchar al líder, miles y miles dispuestos a salir a la calle y dar la vida por el líder, eso sí es importante a analizar.
Nos encontramos con una sociedad fracturada, una sociedad en que el 40 % o más responde a las consignas y no a la razón, una sociedad en que los valores se reducen a la supuesta restauración de los valores de una minoría, valores supuestamente violados en tiempos actuales, valores individuales resumidos por el líder.
No se trata de Trump, si no hubiera sido Trump habría sido otro. Aún si Trump perdiera, aparecería otro como él en el futuro; la historia está plagada de dictadores, algunos llegaron en los brazos de los militares, algunos llegaron prometiendo democracia derrotando a otro dictador, algunos –los menos– llegaron al poder por la vía electoral.
La forma en que llegaron no es lo más relevante, su transformación, el aura de la que se rodean sí lo es.
Todos llegaron en tiempos de crisis, en tiempos en los que el diálogo se tensó tanto que se rompió y fue imposible restablecerlo.
Todos llegaron en brazos de una crisis económica, de una crisis moral, en brazos del dolor irracional.
Todos desataron, y se aprovecharon, del fanatismo, de la adoración ciega por El Salvador, el líder. ¡Y pobre del que no los adorara!
En sus discursos mesiánicos se transformaron en el corazón del pueblo, se materializaron en el pueblo mismo, con falsa humildad dijeron: no soy yo, yo soy ustedes.
Plantean lo irracional como fruto de la razón, la verdad es la verdad del líder, simplista, pero efectiva.
El discurso se transformó en una esponja que absorbió la razón. El 40 o 42% se dijo: ese soy yo, ese discurso refleja la sociedad que me robaron.
¡La sociedad que me robaron! En esta sociedad no soy nadie, en la del líder, existo, soy el hombre que renace de las cenizas, soy el hombre que nuevamente tiene derechos, soy el hombre superior y mi superioridad sobre los otros, los diferentes a mí, los que no piensan como yo, se reconoce. Yo también soy líder, parte del poder sin límites.
Para mí no son las máscaras, no es el desafío a la muerte lo más relevante de la concentración de Trump ayer en Florida, sino el fanatismo de esa masa, lo irracional del pensamiento de esa masa.
Para mí, lo importante es ver cómo llegamos a este momento de la historia, e insisto, no es Trump, es más peligroso que Trump.
Necesitamos encontrar en qué momento la sociedad en que vivimos comenzó a alejarse de la realidad, en qué momento la gente comenzó a pensar: la democracia no me representa, tengo que encontrar otra salida.
En qué momento permitimos que la desigualdad alienara a más de la mitad de la población, en qué momento permitimos que la justicia se alejara de su curso y fuera tan, pero tan desigual, en qué momento permitimos que el racismo avanzara hasta el corazón de nuestra sociedad, en qué momento comenzamos a ser responsables de la situación actual, y dimos paso a la llegada del líder. Ese líder que no importa lo que diga, no importa lo que proponga es ciegamente seguido.
Y así, paso a paso, caminamos hacia la autocracia en brazos del populismo.
Cuánto tendremos que corregir, cuánto tendremos que analizar, cuánto tendremos que aprender de la historia, cuánto tendremos que interrogarnos a nosotros mismos, para lograr evitar que el día de mañana, con máscara o sin máscara, aparezca otro Donald J. Trump en esta América en que los valores democráticos están en juego.
* Escritor y director de teatro chileno, miembro correspondiente de la Academia Norteamericana de la Lengua Española (ANLE). Reside en Nueva Jersey.
Donald J. Trump, los peligros de un presidente aferrado al poder



























