
Uno por uno Trump fijó sus objetivos. Fue un discurso programático, incisivo, sin adornos. Salvo una bufonada en el medio para ocultar su edad y las limitaciones que le impone esa edad, fue la voz del racismo, del desprecio a la Constitución y a las leyes, de la negación de la ciencia, fue la voz de la crueldad y el desprecio por la vida.
Fue el discurso de todo autócrata en el momento en que desafía la razón y a su pueblo.
Venenoso lingüista utilizó una sola palabra en idioma extranjero, en español, “hombre”, para estigmatizar a los hispanos en medio de una fábula, la de una joven mujer que se encontraba sola en su casa, por lo que el marido, vendedor viajero, se encontraba fuera, joven mujer que ve un “hombre” fuerte forzando la ventana y llama al 911 y le responden, ese número ya no funciona.
Como toda fábula tiene su lección, fueron los demócratas prisioneros de los terroristas, los violentos, los destructores quienes pidieron reformar la policía, ya no tenemos quién nos proteja.
Quien entra por la ventana, ladrón y posible violador, es un hispano. Racismo primario, discurso del odio, de la división; no es una estrella amarilla cosida en la vestimenta, es una marca a fuego en nuestra frente: “hombre”, equivalente a ladrón y violador.
Llamó a fortalecer la policía, pobres agentes de la ley víctimas de la violencia de las masas. Ni una palabra de compasión, ni una palabra para reconocer a las víctimas de la violencia policial.
En su discurso llamó a negar la realidad, a no escuchar la voz de aquellos que “no valen nada” reclamando justica para todos.
Insistió Midas en la riqueza. En la lejanía, en Florida una fila interminable de madres esperaba el reparto de bolsas de comida gratis para calmar el hambre de sus hijos. Pero las acciones recuperan su valor, seremos aún más ricos, repetía el presidente.
Atacó la defensa del medio ambiente, nuestro futuro, atacando a Alexandria Ocasio-Cortez, una de las voces más valientes que sin miedo se elevan contra el presidente y su política, atacó a Ilham Omar por su origen, olvidando que es ciudadana, que es diputada, racismo ordinario para alimentar al racismo institucional.
Entregó su interpretación del sistema judicial: servicio al poder, jueces sumisos en las cortes, más jueces conservadores en la Corte Suprema, un sistema judicial al servicio del capital y sus designios, y pobre de aquel que intente investigarlo a él o a sus amigos.
Atacó nuevamente a los DACA. El rechazo de la Corte Suprema a eliminar su protección fue, según él un triunfo puesto que le permite volver a presentar el caso, y lo hará. En sus Estados Unidos no está permitido soñar.
Acusó a los que marchan de tomar prisioneros a Biden y los demócratas. No entiende que esos jóvenes marchan también para transformar al partido demócrata, para evitar un regreso al pasado. Si no entiende esto difícilmente entenderá las voces que, en su partido, el republicano, comienzan a levantarse contra él por lo que no quieren ser arrastrados a un aventurerismo destructor, por lo que sienten que se va contra la razón y la Constitución, por decencia y vergüenza ajena.
Glorificó los símbolos del pasado esclavista, los símbolos adorados por los supremacistas blancos, los símbolos vergüenza de América.
Escondido en la distancia del podio se rio de la muerte y de los muertos por el coronavirus, 120.000. “Eso no es nada, pudieron ser millones”, dijo el aprendiz de brujo, atribuyéndose una victoria.
En Tulsa tuvo la oportunidad de decirle a sus seguidores, sigan las recomendaciones de los médicos, tomen distancia social, hay espacio para que se sienten asiento de por medio, o cada tres asientos, protéjanse, es su vida, pero no lo hizo.
Bufón, y manipulador de masas, se burló de sí mismo, de la mano temblorosa sosteniendo un vaso: tenía que proteger mi corbata de seda, saludé militarmente 600 veces, 600 veces, me daba el sol de frente, y al bajar una rampa que parecía pista de patinaje en hielo, con mis zapatos de suela tuve que pedirle al general que me acompañaba me diera el brazo para bajar a tierra.
E imitaba, al compás de las risas, a un anciano caminando encorvado, de pasos lentos, cuidando su vida, pues una caída puede ser fatal. Los seis mil reían, no todos, los ancianos se sintieron avergonzados, la vejez no es motivo de burla.
Nada hay más patético que aquel que negando el paso del tiempo intenta parecer joven y dinámico y trata de correr sobre el escenario aunque al llegar a casa no pueda moverse del dolor de huesos.
El discurso de Tulsa pasará a la historia puesto que refleja el camino que conduce de la democracia a la autocracia.
No nos engañemos, los asientos vacíos, el bajón en las encuestas, la imagen de un hombre abatido, golpeado su ego, bajando del helicóptero presidencial la noche del sábado, la camisa desabrochada, la roja corbata de seda colgando, los hombros y la cabeza gacha, rostro sombrío, caminando hacia la Casa Blanca no garantiza su derrota.
Hace muy poco tiempo, antes del coronavirus se dio por derrotado a Joe Biden, y Biden es hoy el candidato que se opone a Trump.
Puede haber sorpresas en el camino.
Hasta noviembre y más allá de noviembre la tarea no está terminada si es que queremos cambios, cambios reales.



























