Después de Trump...

 

Durante la pausa del día de Acción de Gracias, en el campo, en el norte del estado de Nueva York, en medio de la calma, de un ambiente en que se respiraba tranquilidad, esa tranquilidad que se escucha al término de una batalla cuando el ruido de los cañones se apaga, ese halo de tristeza que invade el ambiente tras una desgracia cuando los muertos se alejan cabalgando en el olvido, cada tanto salía al baile Donald J. Trump, y era lógico, el trago había sido amargo, los despreciados por la vida, muchos, y los cuatro años del aprendiz de dictador, difíciles de digerir.

El pavo se doraba en el horno, la píldora se doraba en los salones mientras un aire de esperanza recorría el futuro.

Se soñaba con el fin de la pandemia –la vacuna está a nuestras puertas–, “regresaremos a la normalidad”, se decía con infantil optimismo, ese optimismo de los cuentos de hadas que hace olvidar la maldad del ogro.

Y el pavo seguía dorándose en el horno.

Como era el Día de acción de Gracias no quise ser el aguafiestas, sonreía de esas sonrisas que ocultan el pensamiento y, contagiado por el halo de optimismo que reinaba en el ambiente, pensaba: no, no habrá regreso a la normalidad, la pandemia nos cambió, nada será lo mismo, afortunadamente no será lo mismo. Y con respecto a la vacuna para que sea efectiva debe estar a disposición de todo el mundo, y todo el mundo es todo el mundo, más allá de nuestro mundo.

Como me encontraba en casa de un abogado, no me sorprendí cuando éste me preguntó: “¿y tú qué piensas, debe Biden meter o no a Trump en la cárcel?”

Pregunta que se daba en el momento justo en que el destino del pavo se define: o se saca en el momento justo de cocción, o nos sentaremos a la mesa a comer un pavo seco y desabrido, la venganza del pavo lo llaman.

Tras la pregunta, como buen abogado, insinuó la respuesta: “hay sobrados motivos para meterlo preso, violó la ley, y por ello se le puede juzgar y condenar, pero me pregunto si al hacerlo, Biden no nos expondrá frente al mundo como una república bananera”.

¡Qué dilema!, el ser o no ser de la justicia, el ser o no ser de la ley.

“Nadie está sobre la ley”, añadió su esposa, en una frase que sonaba a recalentado cliché de campaña electoral, hasta el pavo pidió que bajaran la temperatura.

Nadie, pensé, nadie que no sea uno o una, puesto que la ley pareja es dura, y la ley selectiva, la ley.

“No”, respondí.

“¡Patético!”, se escuchó resonar en las mentes acartonadas de los repetidores de consignas.

“¿Por lo de la república bananera?”, preguntó el abogado.

“No” –respondí, sin explicar que las repúblicas bananeras son cosa del pasado, que hoy el juego de soy presidente y salgo sea al exilio sea a la cárcel se da en todas las latitudes, independiente de si producen carne o bananos, pisco o petróleo.

El pavo se asomó por la puerta del horno y, sorprendido, me miró con cara de interrogación. La mujer del abogado le cerró la puerta en las narices.

No, no me interesa Donald J. Trump, no me interesan las promesas de campaña de Biden. Cuando Pinochet murió –continué –me puse triste, no por que haya muerto, sino por lo que no se le juzgó. Me interesaba que se declarara culpable, que se le declarara culpable, la cárcel no tenía importancia. A mí me torturaron por el ejemplo, yo no meto a la cárcel por el ejemplo.

Me interesa que se estudien las razones por las cuales alguien como Donald Trump llegó a la presidencia, me interesan las raíces de la cólera, el porqué de los bajos salarios, la justificación que le da el sistema al hambre.

Me interesa no solamente que se le dé papeles al ejército de las sombras, esos 11 millones de mano de obra que trabajan sumidos en el miedo en una moderna esclavitud, me interesa una reforma migratoria, pero no basada en lo visible, la separación de los hijos de los padres, me interesa que cambiemos las raíces de esa migración, de aceptar nuestra responsabilidad en la miseria de otros pueblos.

No basta con una legalización si las causas no desaparecen y se seguirá viendo padre e hija, juntos por la eternidad en la muerte al intentar cruzar el río Bravo.

Me interesa no solamente que se ponga atajo a la violencia policial en contra de los negros y latinos, me interesa que se expongan las causas de esa violencia, que se llegue a las raíces de la violencia, a la diferencia entre salvaguardar el orden y salvaguardar la propiedad privada del asalto de los desposeídos.

Me interesa no la foto multicolor mostrando los miembros de un gobierno, me interesa el reflejo no del color de la piel para una foto, me interesa que salga a la superficie el dolor de los derechos vulnerados que se encuentran bajo el color de esa piel.

No es la vacuna –siendo la vacuna– dije para tranquilizarlos, no son los bajos salarios –siendo los bajos salarios–, no es el racismo –siendo el racismo–, no es la violencia policial –siendo la expresión de la violencia de un sistema–, no es el derecho a la salud –siendo el derecho a la salud.

Es todo ello y mucho más, es los Estados Unidos siendo parte del mundo. No se trata de un decreto presidencial, se trata de estudiarnos en el tiempo para que nunca más tengamos que decir “¡nunca más!” y podamos sentarnos a la mesa a devorar el pavo sin sentirnos culpables por no haberlo amnistiado.

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