David Bowie y su cielo protector

 

 

El álbum "The Next Day", del británico David Bowie, alcanzó el número uno en las listas de ventas del Reino Unido en su primera semana en el mercado, convirtiéndose en el trabajo que se vendió con mayor rapidez del año, informan hoy los medios británicos.

Un día, en el que amanecemos como cualquier otro, nos sentamos en el consultorio de un médico y escuchamos las palabras que cambiarán inexorablemente el rumbo de nuestra biografía. ¿Cuántos vocablos son necesarios para decirle a una persona que va a morir? ¿Cómo se articula un discurso para comunicarle a un ser humano que su existencia tiene fecha de vencimiento próxima? Mientras se leen estas líneas, no hay rincón del mundo que escape a la reunión de todas las reuniones, a ese encuentro en donde dos seres humanos van a juntarse para hablar de la muerte de uno de ellos.

El 10 de enero, despertamos con la triste noticia de la muerte del cantante David Bowie. El cáncer puso punto final a la vida del Duque Blanco del rock, en plena presentación de "Blackstar", su último disco, lanzado apenas dos días antes. Cuando alguien con la potencia vital de Bowie muere, el impacto suele ser mayor, porque nos recuerda que no hay manera de escapar. Difícil no pensar en el momento exacto en que el músico tuvo su reunión maldita, con el encargado de articular las palabras que nadie quiere escuchar.

Una noticia así se recibe como si nos estuvieran informando que no somos inmortales, cuando, en realidad, lo que se nos está diciendo -o lo que se nos puede comunicar, tarde o temprano, a muchos de nosotros (cómo cuesta utilizar la primera persona) - es que eso que ya sabíamos que ocurriría, ahora nos sucederá con una fecha más precisa.

La cultura nos ha impuesto una relación poco llevadera con la muerte. Una concepción en donde, en el mejor de los casos, vivimos como si ella fuera evitable y con la certeza de que es algo malo, a pesar de ser una parte inherente, inseparable, de nuestra existencia. Ninguno de los que estamos vivos podremos evitar este binomio indisoluble; vida-muerte. La condición de vivir, y su única certeza, es la muerte. No existen credenciales, títulos, ni talento que puedan evitar que nuestra biología nos juegue eso que tomamos como una mala pasada. Nuestro cuerpo, en algún momento, dirá que ya es suficiente. Pero también, cada uno enfrentará esta verdad dolorosa con los recursos emocionales o espirituales que logró desarrollar a lo largo de una existencia, más o menos larga.

El escritor estadounidense, Paul Bowles, en "El cielo protector", libro que publicó en 1949, describe cierto vínculo que puede establecerse con la muerte, cuando no estamos listos para enfrentarla, o nos hacemos los distraídos: “La muerte está siempre en camino, pero el hecho de que no sepamos cuándo llega parece suprimir la finitud de la vida. Lo que tanto odiamos es esa precisión terrible. Pero como no sabemos, llegamos a pensar que la vida es un pozo inagotable. Sin embargo, todas las cosas ocurren sólo un cierto número de veces, en realidad muy pocas. ¿Cuántas veces más recordarás cierta tarde de tu infancia, una tarde que forma una parte tan entrañable de tu ser que ni siquiera puedes imaginar la vida sin ella? Quizá cuatro o cinco veces más. Quizás ni eso. ¿Cuántas veces más verás salir la luna llena? Quizás veinte. Y sin embargo todo parece ilimitado".

No sabemos cuál fue la primera reacción de David Bowie, frente a la certeza más importante de su vida. Si lloró, si se abrazó a sus seres queridos, lo que hizo o dijo o si, simplemente, no puedo reaccionar. Lo que sí sabemos es que no murió en esa reunión, en ese instante, en ese día, ni en esa semana. Bowie, con plena certeza de que su vida ya no era un pozo inagotable, tomó una vez más el control de su destino -dentro de lo humanamente posible- y llevó adelante cada día, de lo que seguía siendo su vida, de la manera en que decidió escribir las últimas páginas de su biografía. Bowie construyó su final con más música, se despidió con arte. No pudo decidir cuándo morir, pero sí cómo recorrer ese último tramo de una vida que le seguía perteneciendo.

La salud de Bowie había preocupado en el año 2004 cuando, al terminar un recital en Alemania, sintió un fuerte dolor en el pecho. Inmediatamente, lo ingresaron a un quirófano para realizarle una cirugía que permitiera destapar una arteria que tenía obstruida. Poco tiempo atrás, comenzó a correr el rumor acerca de que su salud estaba vulnerable nuevamente. Sin embargo, todos aquellos que trabajaron con él en el último disco coincidían en que no era posible que Bowie estuviera mal de salud, puesto que hacer el disco requería de muchísimo esfuerzo. Les resultaba imposible imaginar que una persona enferma tuviera tamaña energía para cumplir con las exigencias que demandaba "Blackstar". Las largas sesiones de grabación y la potencia de la voz del Duque, desviaron cualquier sospecha. Bowie quizás sacó fuerzas de la pasión que sentía por la música o de algún otro sitio que que sólo él conoce. Lo cierto es que la noticia sobre su muerte cercana no lo venció.

Paul Trynka, biógrafo del músico, aseguró que este último álbum está "repleto de señales sobre la muerte (...) es básicamente el retrato de Bowie mirando su propia partida". Seguramente, el último disco de Bowie sea de una excelencia musical de la gran calidad a la que nos tiene acostumbrados. Pero, si sabemos oír, quizás descubramos ciertas pistas para poder sobrellevar una existencia con menos temores, cuando caemos en la cuenta de nuestra existencia finita. El Duque Blanco nos deja rock, show, y un poco de inmortalidad, desde su cielo protector, cada vez que volvamos a escucharlo.

 

 

 

 

 

 

Compartir
[fbcomments]