Cuando un voto puede cambiar el curso de la historia

Donald Trump
En el jardín de las rosas en la Casa Blanca, Donald J. Trump daba la partida a la carrera por la nominación de la remplazante de R.B.G.
Aún no enterraban a Ruth Bader Ginsburg cuando se desataba una batahola política por su reemplazante.
Aún no se perdía en las sombras del olvido –como todo nombre de un muerto víctima de la violencia policial, o de una masacre en una escuela, en una iglesia o sinagoga el nombre de Breonna Taylor– cuando le asestaban un nuevo tiro por la espalda, linchamiento a sangre fría en las frías cortes de justicia de Kentucky.
Un procurador leía de voz pausada el resultado de cinco meses de investigación y la deliberación de un gran jurado: los dos policías que la acribillaron a balazos, inocentes. El tercero será llevado a juicio por haber disparado ráfagas de ametralladora a través del departamento de Breonna, balas que atravesaron las paredes y el departamento vecino poniendo en peligro la vida de sus habitantes.
Si en lugar de disparar a ciegas lo hubiera hecho sobre el cuerpo de Breonna, imagino que también habría sido considerado defensa propia y habría salido libre de polvo y paja. 
Nueva lección de la justicia: no se dispara sin mirar, hay que apuntar bien al blanco, perdón, al negro.
Como de costumbre, mi televisor se equivocó de color, o me estoy volviendo daltónico; como cada vez que se ejerce la violencia contra un afroamericano, es un oficial afroamericano quien da la cara.
El sistema lanza la primera piedra y esconde la mano.
El encargado de administrar justicia, descaradamente se lavó las manos: yo investigo, el FBI investiga, y pongo en las manos de un gran jurado los hechos, ellos deciden qué hacer, yo no pido condena, de acuerdo con la ley soy solamente un mandadero.

 

Cuando le preguntaron por la composición racial del jurado, una mujer blanca, uno de los cuatro blancos que se encontraban tras él, se acercó y le dijo algo al oído; el procurador negro, transmitió el mensaje: no puedo decirlo.

Hombre de teatro imaginé una sala cerrada, el calor insoportable, el deseo de irse rápidamente, tres horas para estudiar “los hechos”, deliberar y emitir el juicio limpiando de culpa a los culpables. Hombre de teatro al fin y al cabo, los imaginé a contraluz, sombras alrededor de una fogata, la balanza de la justicia ardiendo y doce encapuchados escapando de la escena del crimen y de la responsabilidad.

Ruth Bader Ginsburg, aún no había sido enterrada.

En el jardín de las rosas en la Casa Blanca, Donald J. Trump daba la partida a la carrera por la nominación de la remplazante de R.B.G.

Una abogada brillante, hábil, inteligentemente le hizo el quite al presidente y presentó sus valores, sus creencias. En bellas palabras fijó el rol de la mujer en nuestra sociedad, anunció el regreso al pasado, el regreso, sin decirlo, a la mojigatería, a la religión influyendo las decisiones de la Corte Suprema.

Ruth Bader Ginsburg, aún no había sido enterrada y un nubarrón cubrió el Distrito Federal, el derecho de las mujeres a disponer de su cuerpo, el derecho al aborto podrá ser revertido, Roe vs Wade será cuestionado.

El 12 de octubre, casualmente el mismo día en que Colón descubrió América, el senado norteamericano comenzará 4 días de discusión buscando confirmar a la jueza nominada por Trump.

Nuevamente se intentará plantar la cruz en la toma de posesión, esta vez no de los nuevos territorios, en la posesión de la justicia.

Una vez más el brillo de las baratijas evitarán ver las consecuencias de un acto, ¿cuántos derechos desaparecerán?, ¿cuántas mujeres morirán negado su derecho al aborto?, ¿regreso al pasado de las jóvenes?, ¿regreso a injustos sentimientos de culpa?, ¿regreso a la Santa Inquisición?, ¿a las llamas del infierno en oscuros cuartuchos en que se practican abortos ilegales?

La derecha conservadora pretende, el 12 de octubre, sellar la reconquista de un poder judicial absolutista, la mojigatería será clavada en el vientre de las mujeres norteamericanas.

Baratijas de la discusión, no se trata de quién deba nombrar a la reemplazante de Ruth Bader Ginsburg, se trata de sacar la justicia de manos de la politiquería, se trata de lograr una reforma judicial que garantice una justicia imparcial, una justicia igual para todos, que garantice los derechos de todos independientemente de su sexo, religión, color de piel, estrato económico.

Se trata de reformar un sistema para volverlo justo, para que los responsables de la muerte de los Georges, Breonnas, y tantos otros sean juzgados, y la sentencia aplicada.

Se trata de ver quiénes pueblan las cárceles en los Estados Unidos, ver el porqué, y eliminar sus causas.

No se trata de nombrar una persona a la Corte Suprema, se trata de sacar la justicia de manos del dinero, de la mojigatería. Al contrario de la estatuilla, se trata de quitar la venda a la justicia, de que abra los ojos, vea la realidad y en ese momento emita juicio en derecho.

No se trata de un voto para cambiar la historia, se trata de cambiar la historia para que nunca más se pelee por un voto sino por la justicia.

En unas elecciones cerradas, en que, uno de los candidatos ya lo deja planear: su resultado pueda ser objetado; cuya legitimidad pueda ser cuestionada, uno de los candidatos ya lo deja planear; en que las objeciones pueden llegar a la Corte Suprema, uno de los candidatos así lo espera, un voto puede cambiar el curso de la historia.

La desigualdad que hemos ido aceptando, en lo económico, en el derecho a la salud, en el acceso a la vivienda, en el derecho a la educación, en la discriminación por la orientación sexual del individuo, en el racismo institucional, en el derecho a la libertad de religión incluyendo la libertad de no tenerla, puede ser modificada.

Podemos construir una sociedad diferente. Hoy más que nunca la responsabilidad del cambio, de la transformación está en manos de cada uno de nosotros, nosotras, nosotres.

Un voto puede cambiar el curso de la historia, y, no se equivoque, ese voto no es el de un senador, un diputado o un miembro de la Corte Suprema de Justicia, ese voto es el suyo.

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