Crecer no debería significar dejar de hacer preguntas

pensar y crecer
¿En qué momento dejamos de sentir curiosidad?

Cuando somos niños preguntamos por todo.
¿Por qué el cielo cambia de color? ¿Cómo vuelan los aviones? ¿Por qué algunas personas hablan otros idiomas? ¿De dónde viene la lluvia? ¿Qué pasaría si…?
Preguntamos sin sentir vergüenza por no saber.
Observamos.
Experimentamos.
Nos sorprendemos.
Pero en algún momento comenzamos a crecer y algo cambia. Dejamos de preguntar tanto.
Empezamos a preocuparnos por parecer que sabemos. Nos acostumbramos a nuestras ideas, nuestras rutinas y nuestras respuestas.
Y quizás, sin darnos cuenta, dejamos de sentir curiosidad.

Cuando no saber comenzó a darnos vergüenza
Existe una frase que muchos adultos evitamos decir:
“No sé.”
Parece sencilla, pero reconocer que desconocemos algo puede hacernos sentir vulnerables.
Tememos parecer poco preparados, poco inteligentes o menos capaces.
Entonces asentimos.
Improvisamos respuestas.
O evitamos preguntar.
Sin embargo, reconocer que no sabemos algo no demuestra ignorancia. Muchas veces demuestra exactamente lo contrario: la suficiente seguridad para aceptar que todavía tenemos algo que aprender.
Nadie puede saberlo todo.
Y una de las mejores maneras de continuar creciendo es conservar la capacidad de decir:
“No sé, pero quiero entenderlo.”

La curiosidad nos mantiene aprendiendo

Aprender no debería terminar cuando recibimos un diploma.
La educación formal puede darnos conocimientos y herramientas, pero el mundo continúa
cambiando mucho después de que salimos de un salón de clases.
Hay nuevas ideas.
Nuevas tecnologías.

Nuevas culturas que conocer.
Nuevas habilidades que desarrollar.
Y también nuevas maneras de entender cosas que creíamos conocer perfectamente.
La curiosidad nos recuerda que siempre existe algo más allá de lo que sabemos hoy.
No importa nuestra edad.
Mientras podamos preguntarnos “¿por qué?”, “¿cómo?” o “¿qué pasaría si…?”, seguimos
teniendo la posibilidad de descubrir algo nuevo.

También debemos sentir curiosidad por las personas
La curiosidad no consiste únicamente en buscar información.
También puede ayudarnos a comprender mejor a los demás.
Muchas veces juzgamos rápidamente porque creemos que conocemos las razones detrás de las decisiones de otra persona.
Vemos una conducta y construimos una historia completa.
Pero ¿qué ocurriría si antes de juzgar preguntáramos?
¿Qué habrá vivido?
¿Por qué piensa de esa manera?
¿Qué experiencia pudo llevarla a tomar esa decisión?
Sentir curiosidad por las historias de los demás no significa justificar todo lo que hacen.
Significa reconocer que nuestra experiencia no es la única forma de experimentar el mundo.
Y cuando entendemos eso, nuestros prejuicios comienzan a perder fuerza.

Una mente abierta no es una mente sin criterio

Mantener una mente abierta no significa aceptar cualquier idea.
Tampoco significa abandonar nuestros valores cada vez que alguien piensa diferente.
Significa permitir que nueva información tenga la oportunidad de ser considerada.
Podemos escuchar una idea y finalmente rechazarla.
Podemos hacer preguntas y continuar pensando igual.
Pero también podemos descubrir que aquello que creíamos durante años necesitaba ser
reconsiderado.
Eso no nos hace incoherentes.
Nos hace capaces de aprender.
Una mente verdaderamente abierta no tiene miedo de examinar sus propias certezas.

La rutina también puede apagar nuestra capacidad de asombro

Cuando hacemos lo mismo todos los días, comenzamos a dejar de observar.
Pasamos por los mismos lugares.
Hablamos con las mismas personas.
Seguimos las mismas rutinas.
Y muchas cosas dejan de sorprendernos simplemente porque nos acostumbramos a ellas.

Pero el mundo no dejó de ser interesante.
Quizás nosotros dejamos de prestarle atención.
Podemos recuperar la curiosidad de maneras muy sencillas: leer sobre algo completamente desconocido, visitar un lugar diferente, conversar con alguien de otra generación, aprender una habilidad, probar una comida nueva o simplemente preguntar cómo funciona algo que siempre dimos por sentado.
No necesitamos viajar al otro lado del mundo para descubrir algo nuevo.
A veces necesitamos mirar lo conocido con ojos diferentes.

Preguntar también requiere humildad

Hay una diferencia enorme entre querer tener razón y querer aprender.
Cuando queremos tener razón, escuchamos buscando cómo responder.
Cuando queremos aprender, escuchamos buscando qué podemos descubrir.
La curiosidad requiere humildad porque nos obliga a aceptar que nuestra experiencia es limitada.
Siempre habrá alguien que sepa algo que nosotros desconocemos.
Una persona más joven puede enseñarnos.
Una persona mayor puede mostrarnos otra perspectiva.
Alguien con una vida completamente diferente a la nuestra puede hacernos cuestionar algo que siempre dimos por cierto.
Cada conversación puede convertirse en una oportunidad para aprender si dejamos de entrar en ella pensando que ya conocemos todas las respuestas.

Nunca deberíamos graduarnos de la curiosidad

Crecer debería darnos experiencia, no quitarnos nuestra capacidad de sorprendernos.
Cumplir años no debería cerrar nuestra mente.
Al contrario.
Mientras más vivimos, más deberíamos comprender lo enorme que es todo aquello que todavía desconocemos.
Quizás una de las mejores formas de mantenernos jóvenes intelectualmente sea conservar algo de aquel niño que preguntaba por todo.
El que quería saber cómo funcionaban las cosas.
El que no sentía vergüenza por decir “¿por qué?”.
El que todavía encontraba algo extraordinario en descubrir una respuesta.
Porque aprender no tiene edad.
La curiosidad tampoco.
Y quizás crecer de verdad no significa llegar al momento en que finalmente tenemos todas las respuestas.
Significa llegar a comprender que nunca deberíamos dejar de hacer preguntas

Compartir
[fbcomments]