Amenaza autoritaria

Nuestros orígenes venezolanos son de corte autoritario. Por nuestras venas ha corrido tanta sangre de caudillos, que no bien hemos salido de un mandamás cuando ya empezamos a añorarlo. Así nos duela, esa es la dura verdad.

Me siento compelido a hacer este mea culpa a pesar de no haber votado nunca por autoritarios civiles o militares, porque no está de más lanzar una advertencia a los cuatro vientos, porque el mesianismo nos persigue.

Para refrescar en la memoria colectiva casos incontestables que demuestran la certeza de mi afirmación, en estas líneas me limitaré a los de Marcos Pérez Jiménez y el de Hugo Chávez Frías. Y lo hago porque muchos de quienes el 23 de enero repudiaron al dictador defenestrado, sólo 10 años después votaron por su senaduría por el Distrito Federal y, de la misma manera, cientos de miles de quienes en 1992 condenaron el golpe de Chávez, es decir, apenas seis años más tarde, en diciembre de 1998 lo eligieron presidente.

Pérez Jiménez huyó con maletas repletas de dinero y, en sus apuros, al pie de la escalerilla del avión olvidó una con títulos pagaderos al portador y pacas de dólares. Tenía yo once años, pero recuerdo la algarabía en las calles de San Cristóbal, cuando jóvenes salieron a patrullar la ciudad en previsión de disturbios que por fortuna no ocurrieron. Él dejó interminables listas de muertos, torturados y desaparecidos por su régimen. Todo documentado de manera exhaustiva.

Al ver el peligro que se cernía sobre ellos y contra el sistema, Acción Democrática y Copei activaron sus influencias en la Corte Suprema de Justicia para impedir la vuelta al poder de MPJ. Luego se estableció la enmienda constitucional que lo inhabilitó políticamente.

En febrero de 1992, Chávez intentó un magnicidio y causó decenas de muertos, heridos e innumerables daños, pero Rafael Caldera sobreseyó la causa judicial que estaba en curso, y, así, se puso en marcha la maquinaria propagandística que en diciembre de 1998 logró la victoria. Desde La Habana, Fidel Castro celebró como propio el triunfo.

Ahora, cuando está en marcha el proceso que en algún momento culminará con nuevas elecciones y nuevo presidente de la República, es saludable refrescar estos hechos porque asoman síntomas de autoritarismo civil. Y aunque lo he dicho con insistencia, lo repito de nuevo: formulemos votos por el surgimiento de partidos sólidos que garanticen el equilibro de poder, para que desde el Ejecutivo Nacional no se cometan excesos. ¡Que renazca una democracia sana!

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