
El conflicto entre Rusia y Ucrania está marcado por un lazo que se extiende por siglos, pues este país de Europa Oriental ha vivido desde la Edad Media bajo la reclamación de territorios y el poder de Moscú.
En 1991, tras el colapso de la Unión Soviética, Ucrania logró consolidarse como un país independiente y mantuvo una sintonía inicial positiva con Rusia que había sido la República Soviética más grande e influyente.
Sin embargo, más tarde, Ucrania fue acercándose hacia Occidente, hasta llegar a elaborarse, en 2012, un acuerdo de asociación entre este país y la Unión Europea, pacto que pretendía acelerar las relaciones políticas y económicas entre las partes.
La alianza no solo integraría a Ucrania al bloque europeo, lo que le traería potenciales beneficios comerciales, sino que, tal vez, lo más importante desde el punto de vista de la identidad, la alejaría de Moscú, algo que incomodó profundamente al gobierno ruso.
Vladímir Putin reaccionó y ejerció presión, al punto de que cuando todo estaba listo para la firma en noviembre de 2013, el entonces presidente ucraniano, Víktor Yanukóvich, suspendió el acuerdo. La repentina decisión provocó que miles de personas se agolparan en la Plaza de la Independencia de Kiev, pidiendo que se retomara el diálogo con la Unión Europea.
Comenzaba, así, el llamado Euromaidán, una serie de protestas y disturbios de índole europeísta y nacionalista (aunque también con apoyo de ultraderechistas), que se extendieron por gran parte del país, durante varios meses. Estas revueltas se saldaron con más de cien muertos, y continuaron hasta 2014, cuando Yanukóvich huyó de Ucrania.
La crisis fue aprovechada inmediatamente por Putin. Grupos armados rusos y pro rusos, apoyados por Moscú, tomaron las principales instituciones de la península de Crimea (especialmente llamativa, pues se encuentra la principal base naval rusa), izaron la bandera y convocaron a un referéndum de independencia. En apenas unos días Crimea pasaba a ser dirigida de facto por Rusia. Este movimiento marcó un punto crítico en las relaciones con Occidente.

Las consecuencias no se hicieron esperar, esta acción provocó la expulsión de Rusia del G8, el grupo de países más industrializados del mundo, y la Unión Europea reaccionó a la anexión de Crimea, decretando duras sanciones económicas para Moscú, que aún siguen vigentes.
Un mes después, fuerzas rusas tomaron también varias localidades de la zona del Este de Ucrania, tras lo cual se iniciaron enfrentamientos armados con el ejército ucraniano.
Desde que comenzó la llamada “Guerra del Dombás”, entre ucranianos y fuerzas pro rusas por la soberanía, como reacción contraria al Euromaidán, la OTAN (Organización del Atlántico Norte, cuyo fin es garantizar la paz de sus países miembros, por medios políticos y militares), ha acusado a Rusia de apoyar militarmente a los separatistas, algo que Putin niega rotundamente.
Desde entonces, las negociaciones de paz han intentado sin éxito un alto al fuego.
El conflicto sigue asolando a Ucrania con más fuerza, y dejando miles de víctimas. Naciones Unidas ha advertido de los crímenes de guerra que se han sucedido desde 2014, así como del alarmante deterioro de los derechos humanos, además de las ramificaciones geopolíticas más allá de sus fronteras.
Si bien, las actuales intervenciones militares rusas y la guerra por territorios ucranianos es una situación que se ha cocinado muy lento, los costos; pérdidas humanas, exilio, ciudades reducidas a escombros y el deterioro de la economía mundial se patentan como resultados acelerados tras el poder ambicioso y enajenado de Putin.
Hoy, el presidente de Rusia teme verdaderamente la posibilidad de que Ucrania se pase a Occidente y que el paso decisivo en esa dirección sea ingresar a la OTAN, hegemonizada por Estados Unidos, en la cual participa Canadá y el grueso de Europa Occidental; Alemania, Francia, Gran Bretaña.
La situación le inquieta, porque en un escenario hipotético de Ucrania como parte de la Organización, al entrar Rusia en conflicto con esta nación, también lo hará con la OTAN, es decir, con los países miembros, lo que se traduce en una conflagración con el conjunto de las naciones que son parte de ella.
Frente a la casi nula posibilidad de salida pacífica al conflicto (hasta ahora), se suman los dichos-amenazas de Putin, ante la intención de la OTAN de enviar una misión de paz a Ucrania. El gobierno ruso señaló que habrá un enfrentamiento directo con sus tropas, si esto sucede. Y en medio de este caos, el mundo recibe sus ramificaciones a todo nivel.
Sin duda, las pérdidas humanas y el desarraigo muestran la cara más apocalíptica de la situación, sin embargo, el ámbito financiero también ha hecho su trabajo, los consumidores de todos los rincones ya están sufriendo los costos, viviendo el efecto dominó a través de la economía mundial, pues la inflación ha empeorado el escenario que las personas ya venían soportando con la pandemia de Covid19.
Un escenario difícil, si se piensa que Rusia es el gran proveedor de gas natural y petróleo del mundo. En 2021, Rusia produjo 9,7 millones de barriles al día. El 72% de las exportaciones de su gas natural van destinadas a Europa, las cuales representan un 35% de la demanda de Europa Occidental, por lo que el impacto es tremendo.
En este contexto, y a pesar de que tan solo el 1% de estas exportaciones vienen a Estados Unidos, ya se evidencia el alza de la gasolina y el aumento del precio de la canasta familiar, debido al alza del petróleo West Texas Intermediate y el Brent, que se dispararon este lunes más de un 5%, llegando a un valor de $110.41 y $114.40 dólares, respectivamente, y se esperan nuevos aumentos, a medida que el conflicto de Rusia y Ucrania continúa.
El presidente Biden, al prohibir de manera total e inmediata las importaciones de petróleo, gas natural licuado y carbón ruso, también, dejó en evidencia la vulnerabilidad a la que se ve expuesta la economía norteamericana.
El mandatario ha asegurado que quiere que se note la diferencia en el precio de la gasolina y, para ello, liberará 50 millones de barriles de petróleo de sus “reservas estratégicas”, para hacer frente al incremento de los precios que hoy está afectando la economía de los ciudadanos.
Esta medida no solo se limita a Estados Unidos, sino que Biden lo hizo en coordinación con otros países; China, Japón, Reino Unido, India y Corea del Sur, quienes también liberarán la oferta en el mercado de crudo, tratando de evitar más acrecimientos, sin embargo, el problema fundamental está en el precio internacional del petróleo. Por lo tanto, esta decisión parece unilateral, pues son tres sectores los que deberían intervenir para buscar una solución: los productores, los consumidores y el sector financiero.
Con una inflación más alta y las sanciones a Rusia, el mercado de valores se ve tremendamente afectado, así como los depósitos de jubilación de millones de estadounidenses, la tasa de interés en los créditos para automóviles, las tarjetas de crédito e hipotecas.
Respecto a la repercusión desde Ucrania, gran productor de trigo, se está generando un gran impacto a nivel mundial en el precio del grano y, en particular, en el pan. En una sequía previa, parte de la revolución árabe que recorrió el medio oriente (que se originó en las malas cosechas trigueras de Ucrania), ya hizo subir el pan en Egipto, por ejemplo, en donde su población más vulnerable destina cerca de un 70% al alimento triguero. Lo propio viene para el resto de los países, mientras el conflicto no tiene una fecha de término.
Un mes de guerra con más de 700 civiles muertos y millones de refugiados



























