
Quien no se comprometa es cómplice.
A las armas las carga la complicidad
Por Karina Borodnikoff
Esta vez no hay excusas. No hay más lugar para un discurso que pretenda instalar en la opinión pública la idea de “un caso aislado” y mucho menos el intento de asegurar que todo está bajo control.
El problema es real, las armas son reales y, con ellas, los muertos que se cargan.
El insoportable dolor frente al asesinato de tantas persona, tantos niños, sitúa a Newtown en el necesario punto (serio) de partida para modificar la legislación respecto al uso y tenencia de armas.
Es esta una instancia fundamental, pero nada fácil de implementar. Existen dos cuestiones, entre varias, que son determinantes y muy difíciles de sortear. Una es el multimillonario negocio de la industria armamentista, que se nutre, en gran medida, del fortalecimiento idiosincrático respecto a la necesidad y/o derech0 a la compra – venta indiscriminada de armas. Estados Unidos es un país que histórica y culturalmente ha aceptado y naturalizado la convivencia con las armas y con la violencia.
Esta situación está claramente reflejada en la pasividad generalizada y la falta de reacción frente a otros hech0s de similares características.
Esta vez, el escenario con tantos niños caló hondo y hay muchos que parecen ya no estar dispuestos a renegociar con la idiosincrasia nacional, con la Segunda Enmienda de la Constitución norteamericana y con un mercado cuyo corazón es la violencia.
Representantes del Partido Demócrata anunciaron la implementación de una iniciativa legislativa que regule y hasta prohíba ciertas armas de fuego. Intentan, en primera instancia, calmar a la población y, luego, evitar otra masacre en un país que ya no podrá explicar, justificar de manera alguna el homicidio con complicidad necesaria de la clase política.
Según una reciente encuesta publicada, el 47% de la población reconoce que tiene al menos un arma en su casa y el 69 % dice que ha disparado alguna vez.
La Segunda Enmienda de la Constitución norteamericana, redactada por James Madison, dice textualmente que “siendo necesaria una bien regulada milicia para la seguridad de un estado libre, el derech0 del pueblo a tener y portar armas no debe de ser infringido”.
Expertos en materia legislativa y judicial aseguran que la enmienda hace referencia a un período anterior a la creación del ejército estadounidense, por lo cual allí sí se justificaba, de alguna manera, el uso de armas. Las milicias eran el principal cuerpo de protección de los ciudadanos, también armados para reforzar la seguridad.
El presidente, Barack Obama, se ha puesto al frente de esta cruzada. El capitolio y la industria armamentista serán, sin lugar a dudas, duros rivales a vencer o, por lo menos, debilitar.
Conmovido, convencido, sentenció: “No podemos aceptar sucesos así como una rutina. ¿Estamos dispuestos a asumir que nos sentimos impotentes ante una carnicería de esta naturaleza? ¿Qué la política no nos permite actuar? ¿Estamos dispuestos a decir que la violencia que ataca a nuestros niños año tras año es solo el precio que pagamos por nuestra libertad?”. Ninguna ley puede eliminar el mal del mundo ni prevenir todo acto de violencia sin sentido en nuestra sociedad. Pero eso no puede ser una excusa para no hacer nada. Tenemos que cambiar”.
Y el cambio debe ser profundo. Los puntos neurálgicos son el negocio de las armas, la educación y la legislación. Arduo desafío. Es ahora. Estados Unidos no puede seguir contando muertos, el pueblo no puede seguir llorando a sus niños.
Quien no se comprometa es cómplice.
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