En París, miles de manifestantes salieron a las calles exigiendo ¡libertad!, libertad de no usar máscaras, para ellos símbolo de opresión, de imposición.
Coreaban la primera de las tres palabras que adornan los muros de Francia, la entrada de las escuelas en Francia: libertad, olvidando, igualdad y fraternidad. Son las tres las que dan sentido a una sociedad.
En Berlín, 30.800 manifestantes salieron exigiendo ¡libertad!, el ser humano debe tener la libertad de usar o no usar máscara.
Las banderas del imperio flamearon en las calles, las insignias del oprobio nazi surgieron de las tinieblas, llamados a Putin y a Trump a liberar Alemania se escucharon a la sombra de un muro de la vergüenza, hoy semidestruido.
En Londres, miles de manifestantes salieron a las calles pidiendo ¡libertad!, el uso de las máscaras no debe ser obligatorio. En la primera fila, la peste, la arrogancia y la ignorancia dirigían las marchas.
En los Estados Unidos, miles salieron a vitorear a Trump. Sin utilizar máscaras, cientos salieron a “liberar” las calles de Portland, de Kenosha, a, en nombre de la libertad, sentar presencia, restaurar la ley y el orden, respondiendo al llamado de Trump.
¡Libertad!, se escucha en las capitales del mundo. ¡Libertad!, se escucha en los discursos incendiarios de Trump.
En las calles de Portland, de Kenosha, de Los Ángeles el ruido de los motores sonaba como tambores de guerra en defensa de la libertad, la ley y el orden.
Esa libertad individual amenazada, la libertad de tener un arma a los 17 y matar a dos seres humanos en defensa de la libertad, la libertad de un policía de disparar siete balazos por la espalda a un afroamericano, la libertad de ejercer la violencia institucional amparado por las leyes, la complicidad y el silencio.
La libertad de sentirme superior y perpetuar el racismo institucional.
En los pasillos de la Casa Blanca la palabra libertad, prisionera, se esconde tras las cortinas buscando una puerta de escape, en los balcones, la arrojan en vacíos discursos a un suicidio colectivo. En el último suspiro de un cuerpo en la calle se alcanza a escuchar en un susurro, ¡libertad!
En los pies cansados, en las manos temblorosas, en los ojos llorosos, en los estómagos vacíos, la libertad que nos negaron avanza, la gasean y avanza, la golpean y avanza, la deforman, la asesinan y renace, bella, llena de vida en los ojos de jóvenes y ancianos, la asfixian y sigue respirando, le destrozan la columna y sigue caminando.
Cada vez que un hombre grita libertad, hay otro que grita represión, cada vez que el tirano quiere perpetuarse necesita ahogar la libertad, apropiarse de la libertad del otro en nombre de la libertad.
Estamos viviendo momentos históricos, los derechos se reclaman, tras tantos años, abiertamente, unitariamente, masivamente, se reclaman, se somete a juicio a la injusticia, se pide que la libertad baje de su pedestal, sacuda el polvo del silencio con que la encadenaron, termine el odio que nos agobia, y comience a marchar por las calles.
Mañana, en nombre de la libertad, la ley y el orden, el presidente va a Kenosha. Por fin Trump asumirá su responsabilidad como presidente. ¿Irá con una rama de laurel en la mano, a presentar las excusas de América a las víctimas, al hombre baleado por la espalda, y pasando la rama de laurel por sus heridas pedirá perdón a los miles de asesinados por la brutalidad policial? Él, el autócrata que nunca pide perdón, ¿pedirá perdón?
¿Irá a Kenosha a enfrentar a los vigilantes, a enfrentar a aquellos que en nombre de la libertad quieren tomar la justicia en sus manos?
Con una rama de laurel, ¿separará a los manifestantes, salomónico dirá: batalla de ideas, sí, la perpetuación del odio, no? ¿Les dirá el represor, a los policías: recordad, con la vara que golpeáis seréis medidos?
¿Romperá las cadenas de la opresión económica de la desigualdad y abrirá las puertas a la igualdad?
Como corresponde a un gobernante, ¿velará por el bienestar de todos y no solamente por el de los poderosos o intentará hacernos olvidar que a Kenosha le dieron el primer balazo en la espalda hace 32 años, en 1988, cuando Chrysler cerró una planta dejando a 5.500 personas, el 10% de la población, cesantes?
¿No dirá “yo”, dirá “nosotros”, o mejor aún, dirá, “ustedes”? ¿No citará los grandes nombres de la historia?, ¿citará a los olvidados de la historia?, ¿no hablará de opresión y represión?, ¿hablará de libertad de expresión, él, el opresor?
¿Dirá: aquél que intente oprimirlos en nombre de la libertad es un tirano y no merece gobernar?
¿Dirá, con la modestia que lo caracteriza: hoy he venido a aprender, no vengo a mirar las ruinas de un incendio, vengo a entender las causas del incendio, como debe ser, eso es lo que corresponde a un buen gobernante, estudiar la historia para poder cambiarla, para que nunca más un tirano vaya a pisotear la libertad, los derechos? ¿Hablará así Trump, a quien caracterizan la petulancia y la desfachatez?
Mañana el presidente irá a Kenosha, ¿será la rama de laurel o será la espada del guerrero inmisericorde la que bajará las escalinatas del avión presidencial?
Vivimos tiempos de cambios, pero me temo que mañana será el pasado el que regrese a echar un velo sobre Kenosha, a ocultar la realidad en nombre de la libertad, la ley y el orden. Mañana, me temo, será el llamado a santificar al vigilante, a desatar el odio aprovechándose de que el odio es ciego y cobra la vida en los dos campos. Será el llamado a incendiar a América, el humo favorece a los tiranos.
Saliendo de las sombras del pasado los vigilantes se preparan, siempre que el hombre intenta escapar, liberarse, de sus cadenas, los vigilantes salen a su caza, salieron durante el esclavismo, salieron en la frontera, salieron en Charlotte, salieron en Kenosha, salieron en Portland, salen hoy día.
El martes Trump viajará a ponerle grilletes a Kenosha, a desatar el miedo, su arma preferida –el enfrentamiento le favorece– a utilizar a los violentistas; vengan de donde vengan, son votos para él.
El martes volverá a aparecer el verdadero rostro de Donald J. Trump, la imagen del déspota, el autócrata, la bestia sedienta de poder, Trump el incendiario, el divisor, mientras en nuestros corazones la libertad estará esperando salir a caminar por esta tierra de la mano de los humildes, justiciera, amable, sonriente, firme en sus convicciones, firme, pero con una rama de laurel en la mano para coronar a esos miles y miles de cabezas que, la frente en alto, anuncian el futuro:
Un futuro libre de racismo, un futuro de justicia para todos, un futuro de igualdad de oportunidades, un futuro que cuide de nuestros niños, un futuro con un techo para proteger los sueños y no para aplastarlos e impedir que vuelen, un futuro que debió comenzar hace tanto, pero tanto tiempo, un futuro al que le cortamos las alas por lo que el futuro es parte del pasado.



























