Vida y muerte en los ferrocarriles de México

Subir a un tren de carga en marcha, en México, puede costar la vida de un inmigrante; detener el tren bajo la excusa de “proteger su seguridad” significa la muerte de sus sueños.

Cuando escucho el pasar de un tren cerca de mi casa en los Estados Unidos, mi mente corre, corre para abrazar al que logró cruzar la frontera, para abrazar al que logró huir del hambre, para recibir a aquel que reclama un lugar en este mundo.

En México, Ferromex, detuvo provisionalmente 60 trenes de carga en ruta hacia el norte, esa ruta permitida a mercaderías sin alma, negada a los seres humanos.

El transportar mercaderías tiene precio, y detener los trenes tiene un costo; el dejar miles a tantos a lo largo de las vías del tren con sus sueños a cuesta, no tiene un costo visible, tiene un costo moral, si es que se tiene moral.

1500 esperan en Torreón, 1000 en aguas calientes, 800 en Irapuato, otros 1000 en Ciudad Juárez, otros, otros vienen marchando por la selva del Darién, otros en Guatemala, en El Salvador, en Honduras, Costa Rica, en Venezuela, en Nicaragua, en Haití, en República Dominicana, en cada país, en cada ciudad en que la miseria reina, en cada país en que la autocracia reina, en cada pueblo en que se les roba el porvenir a los niños, esos que corren alegres tras un tren soñando con lo que existirá más allá cuando los trenes cruzan el horizonte y la frontera.

En la frontera sur, 800 nuevos guardias enviados por el gobierno para facilitar la deportación e impedir el paso, esperan que nuevamente los trenes se pongan en marcha, que “la bestia” arroje cuerpos famélicos, niños, mujeres, hombres, ancianos, carne desechable, mano de obra barata cuando se les permite entrar a la tierra de las oportunidades.

En las calles de las grandes ciudades, en los Estados Unidos, para evitar que se escuche el ruido de la bestia vagando, durmiendo en las calles, se otorga papeles de trabajo a medio millón de venezolanos indocumentados que ya se encuentren en el país y que hayan entrado antes del 31 de julio, 18 meses de espera por una incierta respuesta a un pedido de asilo, 18 meses esperando a lo largo de esta nueva vía férrea, esta vez sin vagones, cerca de mi casa.

En las frías estaciones, al interior del país, quedan 12 millones viviendo en las sombras. Para ellos los trenes de la esperanza donde se arriesga la vida o la muerte del sueño se detuvieron hace mucho tiempo atrapados en el juego de una política inhumana. En los caminos al sur de la frontera, miles de sueños esperan el vagón de la última esperanza.

¡Sube, sube, el último viaje de la bestia se puso en marcha!

Mientras tanto, en la Asamblea de Naciones Unidas se escucha un nuevo discurso, nuevos aplausos. No se habla de seres humanos, se habla de los grandes problemas de la humanidad. Al salir, los mandatarios evitan pisar al mendigo que duerme en la calle.

La bestia los observa sonriendo, sus fauces abiertas.

* Escritor, poeta, dramaturgo y director de teatro chileno, miembro correspondiente de la Academia Norteamericana de la Lengua Española. Reside en los EE. UU.

Compartir
[fbcomments]