EDITORIAL
Cada persona en cada una de las comunidades y barrios de la ciudad, está llamada a trabajar para que su vecindario sea seguro y para ello cuenta con varios recursos, además de una serie de herramientas de fácil acceso, facilitada por la alcaldía, hay muchas posibilidades de trabajar con los medios de comunicación, con la policía, con organizaciones de asistencia legal.
Oficialmente la ciudad de Nueva York se mantiene en pie de lucha contra la violencia, expresada en diferentes formas, incluyendo el racismo, pero ante todo ante el crimen que atenta a la vida, seguridad e integridad de todos sus habitantes y que se ha disparado con la pandemia del Covid-19.
A nivel legal, la ciudad ha promulgado algunas de las leyes de armas más estrictas del país y fue pionera en un modelo policial basado en datos, CompStat, que ayudó a impulsar una disminución del ochenta y tres por ciento de los homicidios entre 1993 y 2016, pero no se puede dejar todo el trabajo a las autoridades y a la policía.
Los concejales tienen una gran responsabilidad como legisladores locales, que no deben respaldar al crimen en nombre del llamado progresismo, porque muchas de las leyes que han provocado esta explosión de violencia en la ciudad, han creado graves grietas por donde el crimen organizado local, escudado en los derechos humanos y libertades civiles, puede actuar con mayor libertad, mientras promueve una campaña en contra de la autoridad, representada precisamente por quienes tienen como responsabilidad hacer cumplir las leyes.
La ciudad por un lado realiza grandes esfuerzos en tecnología y lucha contra las armas, mientras simultáneamente se crean leyes para permitir mayor criminalidad. Desde que se redujeron las penas y el encarcelamiento por delitos menores, -para considerar el tema de la ineficiencia carcelaria-, nadie puede hacer nada cuando una persona orina en lugares públicos, ni siquiera un oficial de policía puede decir o hacer algo.
Y aún cuando ese no sea un crimen grave, es una conducta que va en contra del sentido común, del buen juicio, de la sanidad pública, del ejemplo para niños y jóvenes. Si ya no existe ningún tipo de censura, cada quien hace lo que le da la gana y comienza el caos social, perfecto caldo de cultivo para la anarquía y el crimen.
La reducción de la violencia armada si bien requiere enfoques innovadores, que se extiendan más allá de la aplicación de la ley, -como lo afirman las autoridades civiles-, requieren una firme autoridad representada por la policía, que está - o debería estar-, lo suficientemente bien entrenada para aplicar la ley sin violar los derechos humanos y libertades civiles.
Los policías son entrenados en técnicas de manejo de criminales y eso es lo que se requiere ahora más que nunca, pero además deben ser educados en otras áreas de la sicología humana y si la ciudad requiere una fuerte protección policial, también requiere una fuerte defensa de los derechos humanos y civiles, comenzando con la policía, pero sin restarle su autoridad, porque la sociedad la necesita, para su protección.
La revisión permanente del funcionamiento de programas, de tecnología, de tácticas y estrategias, es parte del crecimiento de una sociedad. Tampoco se puede caer en el extremo de usar la presión por parte de un movimiento que ha servido como catalizador de una serie de conflictos sociales de larga data y con el cual se han identificado varios grupos tradicionalmente desatendidos, ignorados o discriminados, para cambiar las cosas en favor del crimen.
No se debería permitir que la protesta, -sobretodo la que promueve violencia-, sea una instrumento para forzar a que se realicen cambios en beneficios de un grupo que, en lugar de presentar un proyecto y propuestas claras para realmente lograr un progreso comunitario, está utilizando el caos para legitimar el crimen.
Algunos grupos de base apoyan la reducción del presupuesto de la policía para tener más recursos. Ya es momento de que aprendamos a generar recursos y no esperar ni depender solo de los recursos del gobierno local, estatal o federal. No se trata de desvestir a un santo para vestir a otro, se trata de prioridades y la seguridad, que significa protección a la vida, al bienestar y a la paz de todos los habitantes de la ciudad, es una prioridad.
La educación es fundamental, los valores que se transmiten a los niños en los hogares y escuelas, pueden promover un cambio importante de normas sociales, más tolerancia a la forma de ser, de pensar, de verse de todas las personas, es un asunto educativo, el respeto a la divergencia, a la libertad de expresión, de todas las personas.
El inculcar el valor del trabajo como único medio legítimo de progreso social, la conquista de nuevos horizontes a través de la capacitación y la preparación académica o laboral, la integridad, la honradez, la honorabilidad, la compasión y benevolencia.
Todo es parte de un proceso y esperamos que el cambio sea positivo, que la violencia como manera de expresión de los conflictos mentales, humanos, sociales, pare y logremos como comunidad, construir otros medios no violentos de comunicación.
Independientemente de las múltiples diferencias que son la riqueza de diversidad de la ciudad de Nueva York, todos sus habitantes quieren vivir en paz, en integridad, en respeto a la vida, al bienestar y al progreso. ¡No más violencia!


























