
Si los recipientes del TPS fueran eslovenios -como Melania- o checos – como Ivanna-, póngale la firma que Donald Trump no acabaría el programa.
Pero hondureños, nicaragüenses, haitianos y salvadoreños no lo son. Entonces el fin del TPS está a la vuelta a la esquina.
El presidente Trump le dio tanta importancia a la vigencia o mantenimiento del TPS, que se marchó a Asia para ‘solucionar’ la relación con Corea del Norte y reunirse con quien admira sin disimulos, Vladimir Putin.
No dejó ninguna medida de protección para ellos. No dejó ninguna salvaguarda. Los quiere fuera, de patitas de regreso a sus países: Honduras, Nicaragua, luego vendrán Haití y El Salvador.
Muchos hondureños han vivido más de 20 años en suelo estadounidense, e hijos, nueras y nietos son igualmente estadounidenses.
En total, son alrededor de 300 mil hombres y mujeres que han estado viviendo tranquilos, sin problemas con la ley, aportando al erario del tío Sam.
Pero Trump dijo que iba a deportar a diez millones de indocumentados, empezando por “criminales”. ¿Acaso ellos lo son? Indudablemente, ¡no!
Ahora que Trump dizque se ha ‘amistado’ con el poco reconocido defensor de los derechos civiles, Jeff Sessions, secretario de Justicia, a él le ha dejado el encargo de bregar con el TPS.
Es como si a un gato le dejaran el cuidado de la despensa. Así que el TPS es kaput. Es más verosímil que nuestro primer mandatario ordene un ataque a Corea del Norte, que autorice la permanencia de los nuevos estadounidenses que viven bajo el TPS.


























