Testosterona: Fuera de casa con faldas cortas, paradigma de la pérdida de todos los derechos.

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Por Karina Borodnikoff

La Organización Mundial de la Salud determinó que la violencia contra las mujeres es “un problema de salud global de proporciones epidémicas”. La violencia física o sexual es un conflicto de salud pública, que afecta a más de un tercio de todas las mujeres a nivel mundial.

En el siglo XXI, el cuerpo de las mujeres continúa siendo apropiado por una cultura machista y misógina, que ejerce sobre él todo tipo de violencia. Los femicidios, las violaciones y los golpes son las formas visibles de una violencia que se gesta desde dispositivos más sutiles. Que se sostiene y se legitima desde el lenguaje, desde las representaciones culturales y desde el poder simbólico. Las mujeres son presentadas en sociedad como mercancías, como objetos de consumo, como seres sin cabeza, con cuerpos fragmentados y reducidos sólo a aquellas partes deseables y consumibles. Salir del ámbito de lo doméstico, para participar en la esfera pública, sigue encontrando resistencia en muchos sectores-, a pesar de los avances en cuanto al rol de las mujeres en la sociedad. Se han heredado mandatos fortalecidos durante siglos, establecidos por una sociedad patriarcal que planteó una serie de dicotomías, naturalizadas hasta el hartazgo. La mujer es cuerpo, el hombre mente. La mujer es naturaleza, el hombre cultura. A la mujer se le atribuye la procreación y al hombre la creación, a la mujer lo privado, lo doméstico y al hombre lo público. El hombre es entendido como individuo, representa lo universal, mientras que la mujer es género. La identidad social y cultural de las mujeres fue construida por la sociedad patriarcal, a lo largo de muchos años de historia. Una identidad dominante que habló en nombre propio y en nombre de los demás, ubicando a las mujeres en un lugar de subalternidad. Cambiar estas reglas, abandonar los lugares a los que fueron confinadas las mujeres durante cientos de años, aún despierta violencia y resistencia en aquellos que sostienen un sistema de dominación perverso sobre el cuerpo y mente de las mujeres.

¿Por qué es tan dura la batalla para las mujeres? ¿Cómo es posible que algo que debiera ser natural aún encuentre tanta resistencia? Disponer del cuerpo de la manera en que se desea, ejercer una sexualidad plena, habitar y recorrer todos los ámbitos de la sociedad y del mundo de manera libre, dejar de rendir exámenes suplementarios a modo de certificado de que no somos seres intelectualmente inferiores. Y esto va más allá. ¿Por qué, aún hoy, existen legitimaciones aberrantes para los golpes, las violaciones, las mutilaciones y las muertes de tantas niñas y mujeres?

Probablemente, una de las explicaciones tiene que ver con que hay muchos que no están dispuestos a ver a las mujeres por fuera de lo que, durante siglos, se determinó como su hábitat natural: lo doméstico. Y porque también son muchos, demasiados, los que no están dispuestos a entender que la mujeres no son un ser para los otros. Pareciera que salir de ese lugar de encierro -aggiornado- es uno de los dispositivos legitimatorios de la violencia. ¿Qué hacían por fuera de los lugares ya consensuados (¿por quién?) dentro de los cuáles debían permanecer las mujeres? Salirse de esos espacios es ingresar a otro mundo, con otras reglas en donde se nos sigue cobrando peaje y precios demasiado altos. Esto incluye perder el derecho sobre nuestros cuerpos que, fugados del lugar de pertenencia establecido por una sociedad machista, deja de pertenecernos. Fuera de casa con faldas cortas, paradigma de la pérdida de todos los derechos.

¿Por qué cuesta tanto desarraigar y romper con estos mandatos? ¿De dónde viene esta herencia tan pesada?

"Toda la educación de las mujeres debe referirse a los hombres. Agradarles, serles útiles, hacerse amar y honrar por ellos, educarlos de jóvenes, cuidarlos de adultos, aconsejarlos, consolarlos, hacerles la vida agradable y dulces: he ahí los deberes de las mujeres en todo tiempo, y lo que debe enseñárseles desde la infancia". Así pensaba J.J. Rousseau, el intelectual, filósofo y autor de El Contrato Social, que tanto influyó en el mundo y en la Revolución Francesa. "Libertad, igualdad, fraternidad", sí, ¿pero para quiénes?

Rousseau, con su texto "Emilio o De la educación" (siglo XVIII) y Jan Amos Komenský, con "Didáctica Magna" (en el XVII), fundaron el pensamiento pedagógico moderno. Es decir, aparece una pedagogía que comienza a operar sobre la infancia, para consolidarla como grupo social. Se crea la institución Escuela. Komenský es quien plantea, y logrará que se ejecute con bastante éxito, lo que se conoce como "el ideal pansófico". Es decir: enseñar todo a todos. Esta universalidad de la escuela moderna es producto de una construcción cultural, a partir del despliegue de una serie de dispositivos que la hicieron posible. Uno de ellos fue la instrucción simultánea, puesta en práctica desde la simultaneidad áulica y la simultaneidad sistémica. Así se homogeneizaron espacios, contenidos, procedimientos y tiempos. Un calendario escolar, un curriculum unificado y todos los niños (¿y las niñas?) aprendiendo lo mismo, a la misma edad, en el mismo lugar (el aula) y de igual manera.

Imaginemos, entonces, la fortaleza de los mandatos y de los estereotipos de género. Todos los niños y las niñas del mundo -que devendrán en adultos- durante cientos de años, asimilando la supuesta condición de inferioridad de las mujeres, en el ámbito escolar, en el familiar, y reproduciendo esto en todos los espacios culturales y sociales.

Rousseau divide "El Emilio o De la educación" en cinco libros, que explican cuál debe ser la formación del niño//alumno/hombre desde que nace, en su matrimonio y durante la paternidad. Esto ocupa los cinco libros, mientras que sólo el último incorporará a una mujer; Sofía. Emilio debe casarse. Este es el único momento en que la mujer resulta necesaria. Las mujeres son definidas por Rousseau sólo en relación a los hombres. Deben satisfacerlos, cubrir todas sus necesidades afectivas, físicas y sexuales. Su educación y vidas tiene un único destino: el matrimonio. Los hombres son el canon, la medida, para los padres fundadores de la pedagogía moderna.

A este modelo educativo del siglo XVIII, se le sumará Pierre Roussel, con sus tratados de medicina filosófica acerca de las mujeres. Sostenían que las diferencias biológicas entre los hombres y las mujeres legitiman las funciones y los espacios que cada uno debe ocupar en la sociedad. Para los médicos del siglo XIX, el cuerpo femenino estaba regido por el útero, siguiendo las postulaciones de sus colegas del siglo anterior, quienes consideraban que el útero era móvil, se trasladaba de la cabeza a los pies y producía alucinaciones en ellas. Así quedó decretado que las mujeres eran sujetos completamente dominados por el sexo, por su biología. Por lo tanto, debían quedar confinadas al hogar, a lo doméstico y al "perfeccionamiento de la especie". Buenas madres y esposas sumisas. Por el contrario, los hombres debían ser los encargados de la perfectibilidad de la humanidad, del progreso, de la educación, de la política, de la cultura.

Médicos, filósofos, educadores. Todos desplegando una serie de dispositivos discursivos para legitimar la inferioridad de las mujeres, su lugar de reclusión y sometimiento. Las ciencias humanas, sobre todo a partir del siglo XIX, resignificarán los estereotipos de género construidos desde la religión. No es casualidad que del medio millón de víctimas que hubo durante la Inquisición, más del ochenta por ciento hayan sido mujeres.

Son muchas las representaciones simbólicas de género que, a través de diversos discursos, legitiman la desigualdad en las relaciones de poder entre los sexos. Mientras que el patriarcado, en tanto sistema social, se fue adaptando a los distintos contextos sociales e históricos, que le han permitido sobrevivir, tomando la forma cultural hegemónica de cada sociedad.

 

 

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