Sucede que el caminar por este mundo me produce tristeza: revisitando la historia

 

¡Oh no!, por favor, entiéndanlo, no triste por mí, no es depresión, eso sería muy fácil, y hasta un poco mezquino.Amanecí triste de caminar por este mundo, amanecí triste de país.

Miré a mi alrededor el país que adopté, sí, no es un error, no es el país el que nos adopta, es uno quien adopta un país, y al observar la situación en que nos encontramos la tristeza me invadió.

Cerré los ojos buscando la bondad y miré la humanidad. La tristeza fue insoportable. No por la pandemia, la pandemia es algo pasajero, mortal, cierto, pero pasajero. La injusticia, en cambio, es permanente, y contra ella no hay vacuna.

Tendríamos que cambiar tanto para derrotarla, y todo cambio implica sacrificios, ¡y cuán pocos están dispuestos a sacrificarse! La tendencia es permanecer en los camerinos y no salir a la arena del circo a luchar contra los leones.

Las grandes batallas tienen un modesto comienzo, regresé de la humanidad a mi país adoptado y me encontré con un país suicida. Se dan por derrotados los grandes peligros barriéndolos debajo de la alfombra (ojos que no ven…), se les pone etiqueta de victoria a las derrotas.

Tras una cruenta guerra civil se terminó con el esclavismo, el país se sintió mejor, más humano, herido, pero más humano, el hombre reconoció en el otro hombre a su igual, mi país adoptado se lavó la cara, en realidad se blanqueó la cara.

Hoy amanecí triste, tras la cruenta guerra y el triunfo de lo humano, asistía a la derrota de lo humano. El ser humano no reconoció al otro ser humano, la igualdad no existió, ni tras la última batalla cuando muerto el combatiente, alguien se levantó para llevar la noticia: los esclavos son libres.

¿Libres?, ¿libres en la educación?, ¿en la vivienda?, ¿en la salud?, ¿en el trato que les dan los organismos policiales?, ¿libres cuando, en la noche, los encontramos en la calle?, ¿libres en los puestos de poder? Mueren en las sombras, mueren asesinados, y mi país adoptado los acepta como sirvientes, pero los niega como sus hijos.

Mi país adoptado es suicida, reconoce como victoria una victoria que es derrota, un cambio de etiquetado sobre el ser humano. Se habla hoy de respetar sus vidas, ¡respetar sus vidas!, cuando desde el primer día se debieron respetar, honrar, escuchar.

Se habla de reparación, y cierto, hay tanto que reparar, pero esa reparación debe cruzar nuevamente las grandes aguas, amontonarse en el vientre de los barcos de los traficantes de vidas humanas, saber lo que es estar encadenados dos o tres meses sin ver el sol, sin poder moverse, sin conocer su destino ni cuál era su culpa para pagar tan alto precio.

Esa reparación, para ser reparación, debe desembarcar también en África y pensar en la madre a la que le arrancaron un hijo para venderlo en mi país adoptado, al joven que arrancaron de los brazos de su novia para arrojarlo al fondo de la cala de un barco negrero, a la mujer que se quedó los brazos y el vientre vacíos.

Hoy me soñé en un barco negrero, en una caravana avanzando en Centro América, y amanecí triste, con una tristeza país.

Una nueva esclavitud se escondía en mi país adoptado. Pensé en la mujer que se quedó esperando en una choza en alguna parte del continente, en ese hilo de esperanza que comenzó su camino en fértiles tierras y que hoy, al aire libre –única libertad que conquistó en su vida– su cuerpo se seca en el desierto.

Pensé en los que cruzaron la frontera y que, sombras en la bruma, viven escondidos en los sótanos, ejército fantasma que día a día batalla para sobrevivir.

Somos un país suicida, conquistamos nuevas tierras, avanzamos nuestra civilización, viajamos del este a la conquista del oeste, bravos pioneros que desafiaron la muerte por nuestro bienestar.

En mi escritorio colgaba un cuadro de John Wayne, uno de mis héroes en las películas que veía cuando niño, no las de Buñuel en su época mexicana, las otras, en rutilante tecnicolor, en pantalla panorámica, que mostraba a John Wayne luchando contra los indios, conduciendo las caravanas de carromatos con temerosas familias que abrazaban a sus hijos cuando sobre las montañas aparecían nubes de humo anunciando su presencia, y John Wayne, siempre lograba sacarlos con vida.

Con certera puntería bajaba de su caballo al cacique haciendo que los indios pararan el ataque para ir a honrar a sus muertos, mientras John Wayne abrazaba a la heroína. The End.

Quién no se creyó John Wayne cabalgando por las praderas, salvando a la heroína y cerrando la pantalla con el triunfo del bien sobre el mal.

¿Del bien sobre el mal? Esa batalla, ese triunfo fue a costa del genocidio de los pueblos originarios, de cercarlos por el hambre matando sus bisontes, de ocupar sus tierras para encerrarlos en reductos. Les cortaron las alas a los hijos del viento y de la tierra.

Hasta hoy se celebra el triunfo y lo humano de guardarlos en reductos para proteger sus vidas, para que no mueran de hambre. Una vez más, en mi país adoptado, el ser humano hizo prueba de humanidad.

Pensé en los míos, y en los nuevos reductos en Queens, en Brooklyn, en el Bronx, en Los Ángeles y en Boston. Nuevamente nos presentaron una batalla ganada, un triunfo que oculta que en realidad es una derrota, y que en mi país suicida, algún día nos pasará la cuenta.

Hoy descolgué el retrato de John Wayne, el supremacista blanco, y lo quemé en el patio trasero de mi casa, con una manta hice señales de humo en honor de los pueblos indígenas, es mi derecho, en mi país adoptado, el derecho a la palabra, otros, otros tienen el derecho a portar armas para acallar mi palabra.

Hoy, en los tiempos de pandemia algunos cantan victoria, otros piensan que son invencibles, otros dicen: la controlamos, mientras llega el general Custer a rescatarnos a la cabeza del 7º de caballería trayendo en sus jeringas el tratado de paz, la vacuna salvadora.

Hoy tras, mal que mal controlar su propagación, aunque no en todas partes; hoy, a un mes de comenzar a reabrir el país –a decir verdad, no lo reabrieron, reabrieron las puertas del comercio–, con cautela, vigilantes se da paso a un nuevo viernes negro, un sangriento viernes negro que enderezará la economía.

Hoy, 41 estados ven aumentar el número de infectados: 67.300 en el día de ayer, 3 millones y medio en todo el país, los muertos suman 140,185. Pero fuera de sus lechos de muerte esos muertos se convirtieron en números vacíos secándose en una morgue, pudriéndose en una tumba, quemándose en las llamas de mi país suicida.

América se encuentra cercada en un nuevo Little Bighorn, los muertos –mayoritariamente negros y latinos– murieron con las botas puestas, dirá la historia al recordar la batalla contra el Covid-19 con frases de victoria, en realidad otra derrota, y como toda derrota, difícil de aceptar.

Mientras tanto, yo amaneceré triste, con una tristeza enorme, no de depresión, ¡oh no!, sería muy fácil y hasta egoísta, una tristeza de humanidad, una tristeza país, en este, mi país adoptado.

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