Al escuchar los discursos de la convención demócrata y los de las dos primeras noches de la convención de Trump, ambos discursos se intercambiaban, el bueno y el malo, en ambos la imagen del buen hombre, comprensivo, humano, se acentuaba en el relato.
Si el Principito hubiera aterrizado en los Estados Unidos, y no en el Sahara, como en la novela de Saint-Exupéry, y en vez de encontrarse con un aviador se hubiera encontrado con un quiosco de diarios, al leer los titulares se habría preguntado, ¿dónde he caído? En este mundo el bueno es malo y el malo es bueno, o el bueno tiene algo de malo y el malo algo de bueno, y con una delgada vocecilla hubiera pedido: ¿me puedes dibujar la bondad?, ¿me puedes decir cuál es el precio de una vida humana en este extraño país?
El primer día comenzó sombrío en la convención republicana, con un discurso mediocre de Pence y otro mediocre de Trump, y en la noche cambió bajo las luces.
Una escenografía, simple, puritana, se levantó monumental frente a nuestros ojos. Sólida como el concreto armado enviaba el mensaje dominante: fortaleza irreductible, defensa inexpugnable, barrera frente a los bárbaros, muro de contención, y sin que apareciera, se delineaba en ella la figura todopoderosa del líder, Trump, el Supremo.
Sólida como el sistema, gris como el pensamiento, sólida como lo fue en la Unión Soviética cuando el Politburó se subía a presidir los desfiles en la plaza roja, sólida y austera como las tribunas en que se subía Hitler en los estadios antes de comenzar sus discursos iluminado por un bosque de antorchas que ensombrecía la humanidad, oscura y opresiva como la ciudad que hizo construir en su honor Mussolini en las afueras de Roma, los ojos cubiertos por espesos anteojos negros como los de Pinochet tras el golpe de estado que derrocó a Allende.
Una escenografía tiene vida, tiene cuerpo, tiene una intencionalidad: eleva, endiosa, al personaje principal para aplastar a sus enemigos.
En una convención, la demócrata, se denunció el racismo, la supremacía blanca, la violencia institucional, el hecho indiscutible de que el bando contrario se estaba robando, destruyendo el alma de América.
En la otra, la de Donald Trump, se denunció que las hordas avanzaban sobre los suburbios, que el caos y la destrucción había comenzado, que los valores de América estaban en peligro, que elegir al candidato opositor es el fin de la democracia y el comienzo de la destrucción de América, del alma de América.
En una se levantó la imagen del candidato humano, en la otra se busca crear la imagen del guerrero humano.
La campaña electoral entró en su etapa final, ambos bandos buscan seducir a los indecisos, a hacer cambiar el voto, ambos necesitan ampliar su base sin ahuyentar a sus fieles, ambas campañas necesitan convencer de que todos caben en sus filas.
El pantanoso terreno de los indecisos a los que apunta Trump, aquellos que moralmente se preguntan si votar o no por él:
-dicen que es racista. Pero no tanto responden los discursos, fiuuu, yo no soy racista mientras permanezcan en su lugar, mientras no vengan a mi barrio, mientras no hagan bajar el valor de mi propiedad. Por lo visto Trump no es tan racista como dicen, y los mantendrá en su lugar.
En el fondo si el racismo es eso, yo, yo y lo que poseo, visto así al fin y al cabo, todos somos un poco racistas.
-si el bien común significa subir mis impuestos, ello puede significar que mi bienestar será menos bienestar y las reglas en América son claras: se puede realizar el sueño americano, y el que no lo logra es su culpa. Se puede mostrar compasión, pero la compasión tiene un límite: la billetera.
-América está en peligro, el socialismo asecha, el progresismo nos invade, frente a él, el Cid campeador, Donald, la ley y el orden, y si a veces se le pasa la mano son accidentes de la historia, la buena intención es lo que cuenta.
Se trata de recuperar América, arrancarla de las garras del caos, recuperar los valores, dios, orden, propiedad privada y libertad.
El discurso no cambia día a día, es la forma de presentar la narrativa, la batalla final, se motiva con el miedo, se trata de movilizar, la masa, no el pensamiento.
Los discursos en la convención republicana respondieron a la escenografía, duros, firmes, sin grietas, variaciones en el tono, no en el contenido: humano, pero humano solamente si piensas como yo, dulce por momentos, pero agrio en su corazón, falso como Judas, pero perdónenlo, eran 13 monedas, y al final uno puede lavarse las manos.
Trump prometió y cumplió, ¿qué prometió y qué cumplió? Eso es parte de otra historia. No hay que hacerse preguntas, ni examinar la conciencia, se puede salir mal parado.
Una escenografía muro de contención, fortaleza, se transforma en una catedral, basta citar a dios en permanencia, eso da más credibilidad. ¡Fariseos!
En la segunda noche se repite, la repetición hace que se acepte, que se crea que lo que se dice es verdad, la repetición aturde el pensamiento el único cambio en el desarrollo de la convención:
el autócrata muestra su poder, ¿inmigración?, solucionada basta con aparecer en un acto de otorgar ciudadanía a seis personas, el presidente da la bienvenida al paraíso, el autócrata otorga el perdón a un condenado, actos oficiales, actos constitucionales que no dependen del presidente, actos desvirtuados:
el autócrata muestra quién es y lo que nos espera, soy el poder y lo ejerzo, esto es América, la ley y el orden están en mis manos, soy el garante de la paz y la concordia, decido quién entra y quién no, yo, el todopoderoso soy el alma de América.
Afuera, en la calle, en las ciudades de los Estados Unidos la vida continúa su ritmo normal, “otro hombre negro baleado por la policía, por la espalda”, siete balazos, sus tres hijos en la parte posterior del vehículo al que intentaba subirse tras su intento de separar a dos mujeres en un caso de violencia doméstica, esta vez en Wisconsin.
Tres días más tarde aún no hay explicación de la policía, nuevamente aparecen frente a nuestros ojos los videos mostrando la brutalidad policial, siete balas por la espalda, vecinos gritando para que se respete la vida de otro hombre de color, se conoce el final de esos intentos de arresto.
Nuevamente las manifestaciones en las calles, nuevamente el dolor explota más allá de las palabras y en la impotencia se queman autos, negocios, se quema la esperanza esperando que se les vea.
¡Ah, si se les hubiera visto y respetado antes!, si en vez de vagas promesas se tomara el toro por las astas, se hablara claramente, y se adoptaran las medidas necesarias para hacer respetar la vida de los negros, de los latinos, de las minorías, si se tomaran las medidas para terminar con la brutalidad policial, para controlar las fuerzas policiales, para arrancar las armas de las manos de los supremacistas, así se pierdan votos.
¿Qué es más importante?, ¿un voto o una vida?
En las sombras de la segunda noche llegaron los vigilantes a Kenosha, armados enfrentaron a los manifestantes, ¡hay que matarlos si es necesario para recuperar el alma de América!, dispararon para devolver el imperio de la ley y el orden; dos muertos, varios heridos se suman a un hombre negro paralizado en la cama de un hospital.
Ya no se trata de amenazar a manifestantes que pasan frente a mi casa, se trata de darles una lección, de acción, se trata de mostrar con hechos de que América no pertenece a todos, --mi casa es mi derecho sobre la vida de otros--, y un matrimonio sonriente, un matrimonio que se paró armado frente a su casa cuando pasaban manifestantes, en la convención republicana se muestran como héroes de la América profunda, un abierto llamado a los vigilantes, a soltar los demonios de América.
La escenografía, la puesta en escena en las convenciones cuenta. La de Donald J. Trump ha sido imponente, aplastante, amenazadoramente protectora, luces y sombra contrastando en el escenario, haciendo crecer los personajes, dándoles solemnidad y presencia, creando un ambiente sobrecogedor, una misa política.
Mientras, en las sombras, una dictadura avanza escondida en una estrategia de confrontación –lo bueno contra lo malo, no hay términos medios– pero en las calles, en los pueblos, en Portland y en Kenosha la vida es más compleja que eso, y el alma de América, aún mucho más.


























