
“Pudo ser peor”, dijo el actual presidente refiriéndose a las consecuencias del coronavirus, y tiene razón, pudo ser peor. 130.000 muertos, cerca de tres millones de infectados, una proyección de 200.000 muertos para noviembre son cifras alarmantes, pero pudo ser peor.
Cierto, pudo ser peor, afortunadamente no todos siguieron las indicaciones erráticas de aquel que debió dar indicaciones claras para contener la propagación de Covid-19, no todos cayeron en la trampa de pensar que había remedios contra la enfermedad, remedios no comprobados, ignorancia para calmar la ansiedad.
Lo que no dijo el presidente es por qué pudo haber sido peor y cuál es su responsabilidad en la actual situación.
Lo que no dijo es que el negar su existencia no es solución para un problema, que eso es irresponsabilidad, una irresponsabilidad que algunos pagaron con sus vidas.
En las proyecciones para noviembre, cerca de 76.000 nuevos muertos, se dice que al menos 45.000 se pueden salvar si se toma una simple medida: el uso de máscaras por toda la población, toda, puesto que la responsabilidad es colectiva. ¿Cuántos de los 130.000 estarían vivos si se hubiera seguido esta indicación desde un comienzo?
Para ellos es tarde, para los que aún estamos vivos es una oportunidad de sobrevivir, real, no fantasías de un gobernante, no anuncios destemplados sin base alguna: que la vacuna está en nuestras puertas, que un remedio, que se demostró no operante, es la solución, que el 99.9% de las infecciones son benévolas, y en su ignorancia, en su deseo de permanecer en el poder, el actual presidente lanza al aire afirmaciones falsas.
Si estudiamos las protestas contra la violencia policial, pudo ser peor, cierto, la muerte de George Floyd o de Breonna Taylor pudieron seguir en el anonimato y pasar desapercibidas como tantas otras y la violencia racial, la violencia institucional soterrada continuar existiendo en nuestras vidas cotidianas, continuar siendo aceptadas con la ya tradicional excusa frente a los crímenes contra la humanidad, no sabía, de haberlo sabido hubiera reaccionado. No soy racista.
¿No lo sabían?
No, como cuando como sociedad “no supimos” de los hornos crematorios y el humo cegó nuestros ojos, “no supimos” de los campos de concentración en la Unión Soviética y la ideología cegó nuestros ojos, “no supimos” de las torturas en Chile y la distancia nos volvió sordos a los lamentos.
“No supimos” de la autocensura en estas tierras en la época del macartismo en los años 40, cuando cualquiera que disintiera de la política oficial, de la política de una minoría tomando la voz de la mayoría podía ser acusado de subversión, de traición, de ir contra los intereses supremos de una cierta supremacía, y la cárcel o el silencio fue el destino de las voces divergentes.
Esa autocensura impuesta por una ceguera intelectual, por una tendencia a ser dominados por el fanatismo, el deseo de tener razón, sobre los otros, tener razón e imponer nuestra razón, esa tendencia perversa a acallar las voces de aquellos que, correctos o no, piensan diferente.
Esa censura que se llamó estalinismo en otras tierras, dictadura en Chile, ese deseo de imponer una forma de pensar, un pensamiento único, la regla que inmoviliza, destruye, produce miedo, que busca uniformar y que mañana hará que seamos como ellos, aquellos o aquellas cuyo pensamiento y actuar hoy denunciamos, y que, culpables, en el futuro, cuando se destape el velo de un pensamiento mayoritario y uniforme terminemos diciendo:
No lo sabía, si lo hubiera sabido…
O como Trump, diciendo: pudo ser peor.


























