En el mundo aún quedan océanos y lugares prístinos, intactos, vírgenes. Paraísos de la biósfera. La humanidad está a punto de perderlos por decisiones irresponsables, como la aprobación de proyectos industriales que van a contrapelo de lo que la humanidad necesita: reestablecer una relación sana y viable con la naturaleza.
En Chile, en la región de Coquimbo, entre Punta de Choros y caleta de Hornos, existe una biodiversidad única en el mundo, la que preocupa y protegen pescadores, organizaciones ambientalistas y la comunidad, ante la inminente construcción del proyecto minero portuario Dominga, que pretende explotar hierro y cobre en la zona, por veintidós años.
Si bien, en este lugar existe pesca artesanal, la flora y fauna marina no se ven afectadas por agentes contaminantes extras o por la destrucción del hábitat del 80% de los ejemplares de pingüinos de Humboldt, de ballenas azul, fin y jorobada, orcas, delfines, lobos marinos y chungungos.

La comunidad teme al gran impacto ambiental que provocará el proyecto, pero también, se sienten seducidos por las promesas que trae consigo; la proyección de 10 mil empleos, proveer de agua desalinizada a una zona que ha sufrido sequía, privatización de las pocas fuentes de agua disponibles y la incapacidad del Estado de asegurarles este suministro básico.
La desconfianza en Dominga nace por la planta desalinizadora que utilizará un 100% agua de mar para el proceso minero, en un ecosistema marino muy sensible para las especies en su cadena alimenticia.
Andes Iron, empresa responsable del proyecto, asegura que tecnológicamente es un problema que bien hecho puede resolverse, porque no afectará directamente a la masa de vida marina que está en las inmediaciones.
Contrario a lo que Andes Iron asegura, al aspirar esa cantidad de agua del mar, también se succionan larvas y otro tipo de especies.
Es imposible no pensar que la sal que se sacará del agua y luego se devolverá al océano con químicos, no generará embates de una industrialización. El volumen de salmuera que se restituirá al mar diariamente, equivale a siete canchas de fútbol.
Organizaciones ambientales alertan un efecto devastador sobre un ecosistema único.
El proyecto minero portuario ha sido rechazado dos veces por no garantizar la protección a la naturaleza. Sin embargo, los intereses en conflicto superan a los informes técnicos.
En 2010, el comité regional de Coquimbo aprobó la termoeléctrica Barrancones, que amenazaba el mismo santuario ecológico. El actual Presidente de la República, Sebastián Piñera, puso fin al proyecto.
Aunque parece una buena causa de la autoridad, éste no se refirió a que su familia era una de las principales accionistas del proyecto Dominga, que competía con Barrancones por instalarse en esa misma área. Esta información solo se supo siete años después.
En 2017, Dominga fue rechazado en instancias regionales y en el Comité de Ministros, lo que provocó la renuncia de los ministros de Hacienda y Economía, ya que plantearon que se estaba atentando contra lo que para ellos es el “crecimiento”.
Piñera volvió a La Moneda, y con él, el proyecto Dominga. El tribunal ambiental de Antofagasta ordenó en primera instancia repetir el proceso.
A través de sus seremis, el gobierno volvió a votar en la instancia regional de Coquimbo, y esta vez lo aprobó por 10 votos contra 1.
Así, antes de marzo de 2022, el Comité de Ministros de Piñera podría volver a aprobar lo que ya había sido rechazado. Negocio redondo.
Para los grandes poderes económicos siempre hay algo que sacrificar, aunque esas inmolaciones las pague el ambiente y las comunidades que viven en él.
Para ellos es el precio del progreso, son zonas de sacrificio.
Si la humanidad depende de la naturaleza, entonces, ¿dónde está el límite de la civilización humana en su enfrentamiento con ella?, ¿cuándo deja de ser un desafío, un reto y pasa a ser un daño irreversible?
La autodestrucción, ese es el límite.
En épocas pasadas, se entendió el progreso de la humanidad como la dominación del ecosistema, es decir, la idea de poder estar en los lugares más remotos y lograr sacar provecho o rentas de su explotación.
En la estructura mental de grupos de élites de ayer y de hoy, existe el entendimiento de que el crecimiento es una forma de competir, de llegar primero, de rentar. Canibalismo político y económico.
El Panel Intergubernamental de Cambio Climático emitió un informe categórico y chocante. El cambio climático es completamente una irresponsabilidad de la acción humana.
El ser humano se ha transformado en la principal amenaza del ser humano, y no será capaz de sobrevivir como especie, si sigue en la misma trayectoria de destruir los lugares naturales salvajes que quedan en el mundo e impedir una óptima calidad de vida.
Los científicos han recomendado tajantemente que se debe proteger al menos el 30% del planeta, si se quiere preservar la biodiversidad. No obstante, actualmente se están extinguiendo especies de manera alarmante, junto a un cambio climático descontrolado.
Este impacto negativo no todas las personas lo sienten en el mismo momento ni de la misma forma. Sin duda, las élites económicas y políticas tienen mayor poder para adaptarse, comprar, trasladarse y blindarse.
Son las poblaciones más vulnerables las que sufren y a quienes más afecta en lo inmediato.
Es una situación que no solo choca con lo ecológico y lo económico, sino también, con lo ético.
El cambio climático, una de las principales amenazas para la próxima pandemia


























